lunes, 8 de junio de 2015

LIBANO 1.0 ESCALANDO EL CEDRO


Todo el mundo con arma es un check-point en Líbano.
Y en Líbano, estarías loco si no tuvieras un arma.
Aunque puedo asegurar que toda la gente loca tiene armas también.
P.J. O´Rourke, analista político internacional

Ey tú, ¿que pasa contigo? El más pequeño de la clase, arrinconado en una esquina, apaleado, humillado, bullyingizado, el que habla alto aunque nadie escucha, el que grita silencios, camuflaje del mapa físico, vedette del mapa político, extorsionado por los matones del colegio, el que durante el recreo cambia bocatas por pitis robados a su padre; raro, dicen, con suficientes problemas psicológicos a nivel interno que podría convertir a Freud en panadero, un enano a los mandos del gigante, sin nada que ofrecer, todos le abrazan cuando saca los donettes, ese es él, bienvenidos al Líbano, chiquito pero matón.

Todas las normas deben tener al menos una excepción para ser creíbles; nosotros la planificamos por adelantado, y nuestra ruta incluye un avión, el que nos eleva hasta Beirut, por encima de Siria, mientras los carros antiaéreos de Al-Asad y las trincheras del Estado Islámico, liquidan un país y unas esperanzas olvidadas en el altillo de la ropa de invierno, bajo mantas nepalís y pantalones de pana de Lampedusa.

Y volamos porque en Beirut nos espera un alma hermana, profesor Braschi, ese adulto con comportamientos preescolares, ese niño de discurso maduro y experimentado, que nos recibe desquiciado por la presión del contexto “vivir en Líbano… es una experiencia socrática, sí, cada día reconfirmo que ni yo ni nadie sabe nada”.


Una granada de mano con ansias de estado-nación, territorio reducido, cinco millones de habitantes en el espacio que abarca Asturias. Pero no habitantes cualquiera, no, la piñata más guapa en el cumple de los dioses. 

Cristianos maronitas, católicos y ortodoxos, también drusos, por supuesto sunís, más wahabitas y menos, y los chiíes, los moderados y los sectarios alauitas; todos juntos, no mezclados pero si revueltos, con sus zonas de influencia y sus ansias de expansión.

Desde la guerra civil, esa que del 75 al 90 convirtió al Líbano en la sede del mundial de “piedra-papel-tijera”, el país vive en una dramática tregua, esa hipócrita paz que transcurre entre una muerte y otra, el tiempo justo para recargar la cámara del kalashnikov.

La Constitución revisada tras la guerra ("¡se puede modificar! fucking radicals!”) establece que el presidente debe ser cristiano, el primer ministro suní y el presi del senado chiita, para asegurar que todas las comunidades están representadas de la misma mala manera.



#Beirut endémico: noria panorámica (fantasía e ilusión), junto a oruga de tanque blindado por la avenida que une la plaza de los mártires con Raushe.
Luego, ya en 2006, Hezbollah, el partido de dios, o el dios del partido, o las dos partes de dios, ya no lo sé, capturó a un par de soldados israelís en la frontera, y el presidente sionista del momento, my dear Ehud Olmert, decidió sentar aquí las bases del “coladorismo”, corriente arquitectónica transgresora y transnacional, orientada a agujerear todas las tapias, ventanas, pieles y corazones accesibles al mirador de sus M16. El coladorismo se inspira en viejos artistas bélicos de Sarajevo o Bagdad, recogiendo trazas de metralla y agonía, para hacer de Beirut la gran capital del “rascacielos en ruinas” donde todos conviven como si nada pasara.

Pero pasa, y esa es la maravilla de este Líbano, donde no hay espacio callejero para el balón, donde saltamos por encima de los esquizofrénicos taxis, donde las remesas enviadas por los libaneses exiliados, permiten a muchas familias sobrevivir, incluso supervivir en algunos casos, a juzgar por la densidad de botox, Mercedes-Benz, Prada y Louis Vuitton.

Líbano, la llamada “Suiza de Oriente Medio” por su verano templado y sus bellas estaciones de esquí a ambos lados del valle del Rift, en realidad esconde una gran y decisiva analogía con el país helvético: el secreto bancario, oh yeah! Ese que respeta la intimidad de los inversores, que convierte a Ginebra, Beirut o Hong-Kong en perfectos platós de rodaje para el lobo de Wall Street, mientras fluyen los dividendos en bolsas de basura, ante las miradas tristonas de los refugiados sirios en el valle del Bekaa, quienes se preguntan como tapar a 10 personas con una sola toalla de mano.


Camino, veo, pienso y olvido; coloco dos rodajas de pepino en mis cuencas para mitigar la ojeras. Y es que Beirut no duerme, al menos el barrio cristiano, bares cool, música funky y farlopa 24/7, donde estos dos muchachos del distrito se sienten descolocados, entre cooperantes humanitarios que dicen sufrir la presión del conflicto sirio, de la constante amenaza de bomba, de la cápsula expatriada, mientras nosotros pensamos que la resaca es un factor determinante en la falta de impacto de tantos y tantos programas de ayuda internacional.

Chamoun, Nasser y de Gaulle, FINUL, las granjas de Shebaa, Tripoli, Tyro, humus y tabule… mucha tela que cortar en este estado hobbesiano, el todos contra todos, pressing catch político religioso, en un país sin petróleo, pero lleno de brasas y ceniza, donde intentaremos jugar a gol-portero, donde la novedad será que no nos pase nada, en este patio de la cárcel, tenemos muchas papeletas para acabar de recoge-jabones.

Dijo Martin Luther King “aunque el mundo se fuera a acabar mañana, hoy plantaría un árbol”, bien, lo mismo dicen los y las libanesas, hedonismo realista por saber que, de pronto y de nuevo, puede estallar la pelea y acabar con sus planes de futuro, aunque en su escepticismo del porvenir, sustituyen el árbol por el gin-tonic.



“Insallah habibi!” (que algún dios nos proteja, tío).


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