sábado, 13 de junio de 2015

LA BOLA DE HEZBOLLAH

“A Dahiye, por fa...” –dice Gavin, aunque el taxista ni siquiera frena para escuchar el final de la frase. “Es así, en el barrio cristiano va a haber pocos taxis que quieran llevarnos”. Por ahí viene otro. “¿A Dahiye? No, escucha, hasta la entrada nada más, ¿vale?” –no quieren llevarnos. Pimer factor en contra. Tampoco nuestro árabe ni el inglés de los taxistas engrasa la negociación. Es sábado, prontito por la mañana; en Líbano, un ocioso domingo occidental. Las calles de Mar Mikhael son cristales rotos y colillas a medio apagar. Lo tenemos. A la octava intentona conseguimos un coche para rodar por la carretera del aeropuerto hasta el sur de la ciudad. “Una pregunta, chicos ¿por qué siempre tenéis que buscar problemas? –Gavin continua quejándose. Tiene sensaciones raras, aparte de resaca crónica, y pretende hacer de padre para que no nos metamos en líos, o para al menos participar en ellos. Por la ventanilla derecha se divisa el alicaído estadio de fútbol Camile Chamoun, clausurado al público desde 2005 cuando el presidente Hariri, de la falange cristiana, fue supuestamente asesinado por Hezbollah. Con el fin de evitar la violencia, los equipos juegan ahora a puerta cerrada, mientras las barricadas del ejército custodian la entrada.

La ristra de edificios con trazas de metralla y aspecto de colador, aviva el recuerdo de las llamas donde todos conviven como si nada pasara. Pero pasa, y esa es la química libanesa, sin oxigeno callejero, rally de taxis esquizofrénicos a toda pastilla, volando como las remesas enviadas por los emigrados para que muchas familias puedan sobrevivir, y otras, las menos, puedan supervivir; a juzgar por la densidad de botox, Porsche, Prada y Louis Vuitton, en el mall deluxe al que algunos osan llamar bazar.

En la mediana que atraviesa esta folklórica avenida cuelgan carteles con imágenes de mártires por la causa. El taxista frena sin aviso y nos deja a las puertas del barrio. Unas bocas fuman sisha y otras sorben té. Todas abiertas, eso sí, ante la llegada de tres extraños. Las mujeres compran panes gigantes y carnes magras que comer al mediodía; cuando nos cruzamos, bajan la mirada hasta acabarse mirando a si mismas bajo el negror de sus velos. Nada tan raro. En el aire ondean trillones de telas amarillas con un kaláshnikov verde impreso en el centro, símbolo de lucha y orgullo: la bandera de Hezbollah. El “Partido de Dios” es para algunas personas una banda criminal; para otras, casi una ONG. Y para todas, lo quieran o no, un representante político del Parlamento libanés, paradojicamete incluido en la lista de organizaciones terroristas de la UE.

Junto a ISIS y Al-Qaeda, Hezbollah siempre ha sido bien recibida en los castings de prueba para acceder al reality mediático de celebrities terroristas. “En 2006, (Hezbollah) asesinó a varios militares (israelíes) en una emboscada al sur del país, capturando además a un par de soldados como rehenes. Y como represalia, el presidente (israelí) en aquel momento, Olmert, ordenó bombardear la mitad del Líbano. Quizás pensaba erradicar así el antisemitismo, ¿verdad?” –Gavin evita mencionar las palabras tabú; es la primera vez que entra, pero no hay que ser un lumbreras para sentir que en esta tensión, toda pared es megáfono. “¡Qué ridículos! Eso es como violar a alguien esperando que acabe enamorado de ti” –replico, en referencia a los últimos ataques israelís. “Pues espero que hoy no nos confundan con el violador” – advierte Jalber, medio en coña, medio en lo otro. Agujeros en las tapias, las puertas y las pieles. Dicen que aquí nunca sabes quien te puede estar apuntando, el AKA47 de un miliciano alauita de Nabatieh, o un M16 sostenido por un soldado nacido en Haifa.
Aparte de intentar matar israelís, Hezbollah forma parte del llamado “Estado dentro del Estado”, y gestiona las comunidades con mano dura. Escuelas, hospitales, subsidios para personas vulnerables, compensaciones para familias de mártires, y rehabilitación de los cuerpos y hogares víctimas de la artillería israelí. “En realidad, (Hezbollah) ha demostrado preocuparse por su gente bastante más que el Gobierno, y por ello tanta gente les idolatra. Además, matan al enemigo. Es un 2x1 que, objetivamente, sus seguidores no pueden despreciar” –ironiza Gavin, vistiendo un día más como padre de familia cincuentón: pantalones de pinzas, camisa de cuadros y trenca de felpa. Quiere ser serio, pero no le sale. Quizás sea un ingestionable exceso de conocimiento.

“¿Pero cómo vamos a pasar desapercibidos, Gavino? Si pareces un ultraortodoxo en el Muro de las Lamentaciones” –le acuso de boicotear nuestro plan de camuflaje.

“¡Hala, chaval, es verdad! Vaya pintas de mormón que llevas, chato...” –Jalber se apunta al vacile. Parece tranquilo, casi distraído.

Un atentado contra la embajada de EEUU en Beirut llevo a Hezbollah al estrellato, y desde entonces juega un papel decisivo en la orgia geopolítica de Oriente Medio. Confesados chiíes, sus lazos con el régimen iraní y su rol como escolta del Presidente sirio Al Assad, además de su ambigua pero innegable coalición con la resistencia palestina, hacen de Hezbollah un curioso universo, casi mitológico. Enfrente, al estilo del Ché Guevara en la Plaza de la Revolución de la Habana, un retrato de Hassan Nasrallah cubre toda la fachada del edificio más alto del barrio. Es el gran líder, el clérigo cuya voz de arenga se abre paso entre la barba selvática. Los ojos del retrato nos miran con la poquita furia que se puede desprender tras unas gafas de erudito que nunca recuerda dar cuerda al reloj. Dicen que vive refugiado en la llamada “Fortaleza”, pero nadie sabe dónde está. Probablemente no duerma muchas veces en el mismo sitio, como Bormann, “el Ángel de la muerte de Auschwitz” cuando se fugó a Paraguay. Paralelismos anti-judíos. Uno perseguido por experimentar con prisioneros, y otro por resistir a Tel Aviv, burlando desde hace décadas los misiles israelís.

“¿Os imagináis jugar en la fortaleza? Eso sería fantástico” –voy elucubrando, mientras surcamos calles pasaditas de presión atmósferica. Al lado, Jalber no sabe muy bien donde queremos llegar ni parece confiar demasiado, cosa lógica por otra parte. Por detrás va Gavin, escuchando el debate qe hay en su mente entre ángeles y satanes. Esta es una zona restringida para extranjeros, especialmente si te relacionas con refugiados sirios. “En mi ONG trabaja gente que ha huido de Alepo porque (las tropas del Al Assad) los querían muertos. Y estos de aquí (Hezbollah), que son sus aliados chiíes (como Al Assad), tienen ahora mismo francotiradores en las ventanas de Alepo, disparando a familiares de mis colegas, así que vamos ad ecir que nada de esto está ocurriendo, ¿sí? Que yo no he venido aquí jamás y que no vamos a pasar por ese check- point de ahí delante...” –Gavin no se ve capaz de frenar nuestra emboscada, y nos sigue, pegadito a la pared, cuando evitamos que nos vean desde la garita de control. Mucha estructuras metálica, mucha baliza de cemento, y mucho kalashnikov, para luego tener al guardía viendo la televisión. “Ok, pasamos, vale, pero entended que este no es un barrio cualquiera y ue vosotros sois retrasados” – Gavin es el antónimo de la calma. Sudores fríos y lamentos repartidos contra los escaparates de kebabs, tiendas de bisutería barata y peluquerías vintage, sin que ninguna persona nos diga con palabras nada de lo que nos expresa con la mirada. A mis dos, la gran mezquita. Financiada con dinero iraní, es obvio que los persas decidieron quedarse con todo el lujo arquitectónico para ellos. “Ya ves, para que se hagan una guapa como la de Esfahan no hay pasta, ¿eh? Vaya rateo” –bromea Jalber, a 100 metros de una nueva barrera que nos impide el paso. No podemos despertar alarmas. Tampoco sabemos cómo evitarlo. “Ya os lo dije, que aquí no juega nadie, tío. ¡Venga, mejor nos volvemos ya!” –dice Gavin, conminándonos a dar media vuelta. “No jodas, es sábado, no hay escuela, no hay rezo, y seguramente tampoco hay una Playstation en su casa..., es 100% seguro que hay peña jugando en alguna esquina...” –le rebato, empecinado. Esto es un gabinete de crisis en toda regla. Si hemos llegado demasiado lejos, ya nadie nos lo va a decir de buen rollo. Peor sería haber llegado demasiado cerca. “Gavin, tú conoces la historia del Maracanazo?” –le inquiero. “Me suena, pero no. Ya sabes que mi cultura futbolística se reduce a los gritos de mi madre cuando Irlanda ganó a Italia en USA9 ́4” –contesta él, de padre romano y madre dublinesa. “Pues ocurrió en 1950. Brasil y Uruguay se jugaban en Río la final del mundial. Claro que, jugando en casa, todos daban a Brasil por clara vencedora. Imaginate hasta qué punto, que ya habían incluso acuñado monedas con los nombres de los ganadores. Había carrozas preparadas para el desfile, millones de camisetas impresas, y una orquesta en el estadio para tocar el himno nacional del país ganador, a cuyos músicos no dieron la partitura del himno charrúa. ¡Bueno! Hasta el entrenador uruguayo les dijo a sus jugadores que lucharan por lograr que la derrota fuera lo más digna posible. Pero después mira lo que paso, a pesar de tener todos los factores en contra, ¿sabes quién ganó? –Gavin levanta una ceja dando por sobrentendida la respuesta, y proclamo: “Pues hoy, nosotros somos Uruguay”.

“¡Yallah, yallah!” –cerca de acá se oyen los gritos de la chavalería incitando al ataque. “Escuchaís, ¿verdad? Ahí hay tema, lo sabía...”. Dos porterías hechas con piedras, un balón de plástico que bota como una bola de billar, y varios charcos de agua negra estancada, demarcando las líneas laterales del campo, son elementos suficientes para que un enjambre de niños disfrute del fútbol en Beirut igual que en Gotemburgo. “Dime, Gavino, ¿qué otra cosa es tan universal y tan común en todo el mundo?”

“¿La necesidad del dinero para sobrevivir?” –responde él.

“Coño, ya, pero esto nos une a través de la alegría. Lo del dinero es pura tristeza” – zanjo el tema, acelerando hacia el origen del bullicio, mientras Gavin mira al segoviano con cara de “ya-le-vale”. No lo ve claro, Jalber tampoco, y ambos prefieren quedarse atrás. Me giro como Obdulio Varela, el capitán de aquella selección uruguaya, cuando dijo a sus compañeros: “los de fuera son de palo”, tras ver sus pálidas expresiones de miedo en el túnel de vestuarios. Me zambullo en la melé. Los críos acogen bonito, riéndose de mi existencia. Equilibramos los equipos un poco y empezamos el combate. Juegan mal, corren mucho y gritan demasiado. Dos tiros al poste y una segada después, la aglomeración de gente observando atónita el suceso nos confirma que aquí todo lo desconocido es sospechoso. 200.000 espectadores había ese día en Maracaná, jamás en la historia un partido ha vuelto a reunir a tanta gente. Claro que hoy en Dahiye tampoco se esperaban nuestra osadía para contraatacar así, a la uruguaya. En este distrito, los agentes infiltrados del Mossad, el servicio secreto israelí, tratan de geo referenciar cada azulejo y de espiar cada conversación con el fin de detectar cualquier amenaza. Por eso aquí cada cara nueva supone todo un desafío para la prudencia y amabilidad árabe.

Un remate de chilena me sale rana y el retrovisor de una pick-up Toyota sufre las consecuencias de tan mala puntería. Enfrente, en la acera, Gavin mira el reloj y Jalber mira las nubes. Mi equipo encaja un gol más que merecido, pues defensivamente estamos hechos unos zorros, y la celebración del gol son cinco días de carnaval, suponiendo en Dahiye el único orgasmo público del que la sociedad no exige avergonzarse. Aquí un niño haciendo el avioncito como Ronaldo, el gordo, es la absoluta felicidad irracional. Entre el jolgorio de los críos, me escapo para suplicarle a Gavin que eche una foto por lo bajini, a lo clandestino, con el móvil y sin que se note mucho. Necesitamos ilustrar la historia para contarle a nuestros nietos que jugar en Dahiye no es ninguna locura. “El mayor riesgo es no arriesgar” -algo así pronunció Obdulio Varela, al que llamaban “el negro jefe”, cuando el entrenador se fue del vestuario. “Chicos, ni caso al mister si nos dedicamos a defender, nos meterán 10 goles como les metieron a los otros equipos. Nosotros debemos salir a atacar, que es lo que mejor sabemos hacer”. Los jugadores aceptaron su idea, como Gavin acepta meter la mano en el bolsillo de su trenca para pillar el celular. A regañadientes, claro. Sin embargo, antes de llegar a sacarlo, suena un fuerte sonido de motor: “¡¡Brrrmm, brrrmm...!!”. El ambiente se congela, los gorriones salen volando y pillan sitio en la ramas para verlo todo mejor. Frenazo. Tres motoristas nos rodean, nos miran serios, amenazantes, miembros del jurado en un concurso de cocina. No son soldados, dese luego. La indumentaria les delata y no falla. Abajo pantalón vaquero, arriba chaqueta de chándal, si es de táctel mejor, para proteger del frío en la moto cuando tocar escapar de un jari. Gorra de publi. Y zapatillas deportivas. Miliciano de manual.

Nos sustraen pasaportes y teléfonos móviles, ajustan sus armas entre el pantalón y el calzoncillo, y lo hacen de forma ostentosa, para hacernos saber que van armados, y de paso imagino que aprovechan para evitar el roce del metal con la piel. “¡Subid!” – grita poco educadamente uno de ellos, el que parece más jefe. Y sí, claro, subimos en las motos. Juegan en casa, nada que decir. Sorprendido, aunque no tanto, asustado, tranquilo y expectante, siento una mezcla de sensaciones recorriéndome el cuerpo, entre las que esta mi incapacidad para descifrar las señales que mis nervios envían al cerebro. Mi motorista, sea más bien yo el pasajero suyo, lleva barba, no está gordo ni delgado, es rudo, acelera que nos persigue la otra vida, y tumba la moto para sortear coches aunque más por impresionar que por necesidad. El viento de cara agita mis labios convertidos en molinillo de papel, y en una brisa tonta mi gorra sale volando. “Eh, perdona, es que se me ha caído la visera, mmm, no sé, si pudiéramos...” –cuando le pido que vuelva atrás para recogerla su cara de sorpresa nos pone en igualdad de condiciones. Su shock y mi shock, juntos los dos, deciden dar la vuelta.
Pasó que tras marcar Brasil el 1-0, y vista la locura desatada en las efervescentes gradas, Obdulio Varela decidió reclamar fuera de juego al árbitro, argumentando que el delantero brasileño estaba en posición adelantada. En realidad, él sabía que no había motivo para ello, pero pensó que enfriar el partido era la única forma de evitar la inercia goleadora de la canarinha.

Pues eso, recojo la gorra y seguimos con el secuestro como si aquí no hubiera pasado nada. Un badén, dos badenes, tres; pasamos por la barrera que vimos antes pero no paran, no creo que les haga falta. En diez largos minutos llegamos a un aparcamiento en desuso: una carpa, una lona, una especie de calabozo al aire libre, y nosotros tres, que no sabemos si nos da la risa o el pánico. Son de Hezbollah, se confirma, y están iracundos. No entienden cómo hemos llegado hasta aquí, no entienden que Gavin tenga dos teléfonos y yo ninguno, no entienden que estuviera jugando al fútbol, y cómo se pongan a investigar tampoco entenderán por qué mi equipo iba perdiendo 3-1 a pesar de contar con un adulto. Nos encierran entre cuatro paredes de tela, aislados y sin saber cuál es la siguiente escena de la película. “Bueno, al menos hay sillas para sentarnos, ¿no? ¡Y quedan pitis!” –Jalber trata de consolarnos antes de saber si es necesario, pero en todo caso, así lo deja hecho. “Tampoco quedan tantos...” –advierte el italiano, cajetilla en mano. “¡No jodas! ¿cuántos? Anda, dame uno” –Jalber extiende la mano para prensar uno de los pocos cigarrillos no fumados ayer por la noche. Jalber está sereno, yo sonrío como un bobo, y Gavin cree que todo aún puede ir a peor, aferrándose al Marlboro light como un condenado a muerte. En inglés macarrónico, con tono de cabreo y aires de marine en la cárcel de Abu Ghraib, un señor trata de interrogarnos: “Decidme, ¡¿qué estáis haciendo aquí?!”
“Esto..., verás, nosotros estábamos jugando al fútbol..., solo eso” -expongo.

“¡¿Cómo que fútbol?, ¿qué quieres decir?!”
“No, bueno, le explico, estos chicos van viajando y jugando al fútbol de país en país, y

querían jugar aquí también porque en cierta manera representa la unión entre...” – intercede Gavin, en su extremadamente correcto inglés, herencia de madre y de tantas cenas soporíferas con el establishment de lo humanitario en Beirut.
“¡Calla, no! Dile que el fútbol representa violencia, golpes, sangre, algo que le mole – dice Jalber, en español y en coña.
“Aquí la gente no juega al fútbol” –dice airado el hombre en semi-chandal.
“Mmm, perdona, no es por discutir, ¿eh? Pero yo sí estaba jugando..., quiero decir, algo sí que deben de jugar” –replico, aunque no debería.

“¡No! Aquí la gente va de casa al trabajo, y del trabajo a casa, nada más”.

“Ok” –acepto, desistiendo por hacerme entender.
El tipo desaparece tras la cortina. No parecía muy convencido. “Oye, y si mejor le

preguntamos qué es lo que a él le gusta, y le decimos que eso es justo lo que el fútbol representa” –vacila Jalber, que se anima a las risas pese a la tensión del momento. Me destrozo la mandíbula conteniéndome la carcajada. “Callad, cabrones, como nos oigan nos crujen” –Gavin pone un poco de seriedad, cuando vuelve el interrogador, esta vez acompañado. Las preguntas se repiten una tras otra, individualmente y en grupo: “¿de dónde eres?, ¿qué haces en Líbano?, ¿en qué países has estado?, ¿por qué estas en Dahiye?, ¿quién os ha traído?, ¿cómo se llaman tus padres?, ¿cuál es el PIN de tu teléfono?, ¿de verdad no tienes móvil?, ¿y cuál es el PIN del suyo?” -y vuelta a empezar con un largo etcétera de cuestiones en bucle infinito. Acabada la ronda, desaparecen, y después, cada media hora, se asoma uno y nos hace fotos contra la pared, de frente y de perfil. “Gavin, coño, sonríe un poco, que pareces un preso”.
“Es que estamos detenidos, retardado” –replica el romano, con razón esta vez. El fotógrafo tiene la misma expresión de Sony, el capo mafioso en Una Historia del Bronx. Nos pide tranquilidad y luego se ajusta el cañon, dejando entrever parte de la empuñadura y el cargador. Incongruencias de un rapto.

“¡Va fanculo, no quedan pitis!” –exclama Gavin.

“¡No jodas! Estamos muertos” –dramatiza Jalber, tragicómico.
“Calla, hombre, le pido al guarda, a ver si tiene” –digo, levantándome- “Perdona, ¿un

cigarrín por ahí no tendrás?” –el guarda me mira sorprendido. “¿Uno? –se oye a Jalber de fondo- Pero pide más, tío”. “Eh..., perdona, serían tres...” –corrijo, alargando la palma de mi mano derecha, para recibir un paquete de cigars a medio acabar que el gentil guardian nos ofrece. Solucionado el problema de la nicotina, aún queda otro mucho mayor, y además este es de verdad. Durante el registro a nuestras pertenencias, se han fijado en el libro que llevaba Jalber en el bolso. Una especie de guía turística llamada Beyroutes, elaborada por artistas locales, y en la que se muestra un Beirut alejado de los estereotipados puntos de interés ya incluidos en guías convencionales. El libro muestra recorridos por las ruinas de la guerra, por los muros de grafitis y otras curiosidades. El problema es que contiene mapas dibujados a mano, incluyendo el de Dahiye, y ese plano ha encendido todas las alarmas: “¡¿Qué es esto?!” –pregunta exaltado el interrogador. “Un libro, una guía turística”-explica Gavin. “No sabía que había turistas en Dahiye! ¿Y vosotros? ¡Decidme! ¡¿Qué es esto?!” –regrita, sospechando que somos espías mapeando el barrio. Eso sería imperdonable en estas calles. Rascan cada página del libro buscando una segunda capa, pero no encuentran nada y eso les destroza los nervios. “¿De verdad creen que unos (espías del Mossad) se pondrían a jugar en mitad de la calle?” –interpelo en castellano a mis compañeros, ante la suspicacia que podría provocar una pregunta así en voz alta.
Pasan las horas, más preguntas, más fotos, y sobre todo, silencio, incertidumbre, y hambre. A Gavin le esperan sus colegas de curro para comer y sufre imaginándose la paranoia colectiva que su ausencia debe estar provocando, teniendo en cuenta que una de sus amigas sabía de nuestras intenciones para visitar Dahiye. Hace frío, el sitio es húmedo y la falta de libertad maximiza las penas. Cuando preguntamos inocentemente si podemos ir a comprar algo de comer, nos miran, levemente, sabiendo que nosotros sabemos que no nos dejaran salir pero que esa es la mejor forma de pedirles que vayan ellos a por algo. Tiempo después nos traen rollos de falafel y latas de Pepsi. “Oye, de pitis, ¿cómo vamos?” –pregunta Jalber. “Nada, solo queda uno” –le respondo. “Vaya, voy a ver si..., ¡perdona! ¿unos cigarrillos podrías comprarnos?” –pregunta Jalber al mismo hombre majo que antes nos dio su media cajetilla, que ahora nos ha traído la comida, y que diez minutos después aparece con un paquete de cigarrillos libaneses cuya marca nunca sabríamos despreciar. “Eh, perdona, ¿cuánto es? La comida y el tabaco...” – pregunto frotándome los dedos índice y pulgar para simbolizar dinero. La media sonrisa del bonachón se convierte en sonrisa entera para decir sin palabras: “Ay, chavales, estáis con una de las bandas armadas mejor financiadas del planeta ¿y queréis pagaros la comida? O sois tontos o sois muy nuevos”. Y como somos ambas cosas, el cabrón nos saca una sonrisa bastante aliviadora, llegando a ese puntito de risa tonta que tan bien sabe provocar la agonía cuando ya no sabes qué hacer porque en realidad no puedes hacer nada. Reímos, fumamos, hablamos de todo un poco, de la guerra en Angola, de microcréditos, de ONGs buenas y ONGs ladronas, de que no van a matarnos, de que a lo mejor nos expulsan del país y de lo contento que estará nuestro amigo Javi Costa cuando se entere de lo que nos está pasando. También hay tiempo para charlar de qué es la felicidad y de cuándo fue la última vez que lloramos. El tiempo hoy no tiene prisa. Pasamos de la risa a la desesperación, sin darnos cuenta y sin remedio. “Me meo, no aguanto –dice Gavin- Creo que voy a decírselo al gordo”.

“Molaría que le dijeras algo rollo: “perdone, señor terrorista, ¿puedo ir al baño?” –Jalber está tan creativo que así da gusto cualquier secuestro. “Pero vosotros dos sois completamente deficientes, ¿verdad?” –Gavin se despide así de filosófico antes de ir a la letrina habilitada para la ocasión. Cae la noche, damos vueltas en círculo alrededor de la mesa, pienso en ver a Valentina esta noche, en sus pezones, en sus ojos tristes cuando habla de sí misma y en sus ojos brillantes cuando habla de los demás. Pienso en que quiero contarle a Jalber que no puedo dejar de pensar en ella, pero no sé cómo hacerlo; tal vez no sea el momento adecuado, y por eso cambio de tema en mi mente y en mi discurso: “Es bastante paradójico, ¿no?”.

“¿El qué?” –pregunta Jalber.

“Lo de Hezbollah. Tiene representación parlamentaria en un estado democrático, igual que el gobierno israelí. Los dos, Hezbollah e Israel, reclaman la misma zona de las granjas de Sheeba. Hezbollah hace uso de la fuerza para lograr sus propósitos, Israel también. Además, de vez en cuando Hezbollah lanza misiles a su vecino, violando el Derecho Internacional y justificando la muerte de víctimas inocentes, justo lo mismo que hace Israel. Sin embargo, Hezbollah está considerada una organización terrorista por la Unión europea, mientras Israel tiene Embajada en Madrid y en Bruselas”.
“Es de coña...” –Jalber contonea la mandíbula, mostrando resignación ante la obviedad. “¡¡Brrmmm...!!” -suena un estruendo fuera, llegan vehículos pesados, y se oyen voces. Algo pasa ahí fuera. Se mezclan gritos y reproches en árabe. No sabemos si es bueno o malo. “De esta nos matan o nos liberan” –augura Gavin, más pálido de lo normal. Entran cuatro militares en nuestra precaria celda y nos ponemos en pie: “Somos del Ejército regular de Líbano, esperad aquí, os venís con nosotros” –dice el sargento al mando de la operación. Pactan la entrega, como se cambiaban los cromos cada domingo en la plaza. Ellos, al igual que Hezbollah y que Gavin, piensan que somos deficientes. Esperamos en el sitio y respondemos a las mismas preguntas, aunque esta vez con menos tensión, pensando que seguramente el ejército será mejor compañía que Hezbollah. Nada más alejado de la realidad. Una hora después nos cargan como paquetes de mensajería en un 4x4 blanco y pequeño, incapacitado para acoger a siete pasajeros, especialmente cuando uno de los soldados siente debilidad por los bollitos preñados. Nos trasladan a una base militar cercana al aeropuerto y allí nos dejan, sin explicaciones ni esperanzas. Nos prohíben hablar entre nosotros, e insisten en preguntar sobre el origen y la utilidad del dichoso libro y su maldito mapa. Juegan a acertar el código PIN de los teléfonos móviles, y cuando no lo consiguen, preguntan cuáles son y Gavin y Jalber se los dan sin oponer resistencia; resulta absurdo que no lo hayan preguntado antes. Revisan el contenido de los chips y descargan las agendas de contactos. Vuelven a preguntarnos qué hacemos con nuestras vidas, desesperados por encontrar una respuesta más creíble que lo de viajar por Líbano sin más pretensiones que jugar en la calle. El soldado encargado de vigilarnos deja su pistola sobre la mesa y nos enseña un vídeo de los San Fermines que le han mandado al móvil. Es seguidor del Barcelona, le gustan Xavi e Iniesta; criterio tiene, eso sí. Congeniamos hasta ser trasladados a otro cuarto donde descansan los militares de guardia. Nos ofrecen plátanos y café mientras finiquitamos el enésimo paquete de pitillos, y vemos un partido de la Copa de Italia en una televisión diminuta que más que entretener nos amenaza con pasar aquí la Navidad. “A ver, aquí en Beirut, ¿dónde vivís?” –preguntan, y con esta creo que van treinta y ocho veces. Gavin se esfuerza por dibujar decentemente un plano de su calle, pero el resultado es un garabato ininteligible. “Joer, Gavinich, lo que tienes de cultivado en la mente lo tienes de torpe en las manos” –decimos, riéndonos de sus frustrados esfuerzos por explicar dónde vive. “¡Ma che cazzo me ne frega! Si el problema es que los portales de Beirut no tienen número. Como la ciudad se deshace y rehace cada poco tiempo, la gente ya no hace ni el esfuerzo de poner nombre y número a sus casas...” – comparte un Gavin cansadísimo de esperar, del día, de responder, de dibujar, de pensar en la preocupación de sus amigos desde hace 12 horas. Paciencia.

Nos llevan a la sala del superintendente, un viejito, arrugadito, con chaqueta de chándal abierta hasta el esternón por donde brota el pelo canoso de su pecho. Ojitos azules, de guapo póstumo, y vozarrón para hablarnos con extraños gritos llenos de benevolencia. Tiene las mejillas tan rojas que cuando sonríe con sus dientes blanquecinos, su cara parece la bandera de Líbano, con su bigote haciendo de cedro en la mitad. “Italia, España, grrrr..., ¡venga, podéis iros!” –dice, confirmando que no han encontrado pruebas incriminatorias y que nos vamos impunes y libres como un exalcalde de pueblo pequeño y partido grande. 
Antes de atravesar la última barrera y sus concertinas laterales, aparece un soldado bramando con furia: “¡Eh, alto, alto, stop!”. Lleva el rifle a medio camino; muy gratuito todo. “¡¿Y ahora qué quiere ese?!” – cuestiona Jalber, sobresaltado. “¿Nos está apuntando? No jodas, otra vez no, ¡la Madonna!” –Gavin no puede más, vista la descoordinación por la que un hombre nos confunde con gente peligrosa infiltrándose en la base militar. Parece que los walkie- talkies del ejército libanés necesitan pilas nuevas, y espero que no las compren de marca Energizer, por respeto a Bhopal. Otro soldado sale del edificio principal y le calma, mientras nosotros huimos, cual risueños alumnos de EGB en el último día de clase antes de las vacaciones de verano. 

Tirados en mitad de una autovía, solo nos queda volver a casa, tranquilizar a los amigos de Gavin y brindar con tres cervezas por si hay algún motivo para celebrar, aparte del hecho de estar vivos, y así poder contar algún día que sí, que ganamos en Maracaná. 


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