martes, 12 de mayo de 2015

GENTES


Irán dominaba el mundo antes de que el mundo fuera.

Poco después, Alejandro Magno, con ese pronto que tenía, y a lomos de un caballo disfrazado de poni, deshizo lo persa con la misma facilidad con la que la OTAN deshace nuestro pacifismo.

Luego, ya más ahora, su régimen es acusado de pretender armamento nuclear. Los propietarios de cabezas nucleares, EEUU, Reino Unido y Francia se indignan, y toman la Asamblea de Naciones Unidas al son del ya clásico “Tratado de n
No-Proliferación Nuclear Real YA!”.

China y Rusia callan y excavan; India y Pakistán se disculpan por no haber leído sobre el tema antes y no poder opinar, mientras Israel, con trazas de plutonio, pero sin misión de observadores que lo investigue, manda a Netanyahu al Senado estadounidense, para exigir más mano dura con ese Irán loco, loquer, loquísimo, empeñado en negar a los hijos de David.


Ya nadie sabe nada, ya solo jugamos al “¿Quién-es-quién?” con las tapas de los yogures, ya dudamos si a Irán le duele el genocidio palestino, o si sigue enrocado en su trinchera contra Arabia USaudita, por controlar la región, esos oleo y gaseoductos pintados con los plastidecor de su religión.

Mientras definen qué es el eje del mal, nos sentamos con ellos y ellas a charlar; personas y personajes, que cuentan cosas bellas hasta cuando aburren, y nos interrogan con la virulencia de Gengis Khan, y el encanto de Isabel Preysler un día cualquiera de Navidad.


Doctor Valis a ti nos encomendamos. Él hace de su casa un albergue, y de su albergue un corral. El mejor hilo de sus alfombras son sus dedos, que atraviesan el aire durante sus divergentes explicaciones. 

No calla, pero embelesa, viene y me besa “Darling, this is the rule in here, no kiss, no sweet” en una especie de chantaje siciliano que deriva en la venta de mis labios por un bizcochito mal relleno y próximo a la expiración. La cara de Alberto, escuchando el episodio desde la ducha, es tan difícil de describir como la mía, cuando Valis repite la operación con el segoviano.


Subimos a una montaña que esta encima del monte, quedan nubes por debajo y planetas por arriba. Se nos acopla con destreza Mr. Trung, chino de Beijing, en su sexto viaje a Irán, esta vez el ingeniero no viene de negocios, sino de placer, el que le damos subiéndole sin control ni objetivo a la cumbre del dolor. Trung se nos duerme de pie, bella estampa en el fulgor de la nevada. Cuando despierta levitando, lanza el material, en un comedido imparcialismo adoctrinado, rebate nuestras teorías tibetanas sobre la ocupación, y defiende la voluntad del pueblo tibetano por integrarse en la riqueza china.

El rio Yangtsé nos oye desde la lejanía y, con el spray de su pH, pinta las huellas del ecocidio, para facilitar al forense la labor. Riqueza china, real y sostenible, como invertir en Terra Mítica o la ampliación del Algarrobico.


Ella aparece de entre los barrotes, su casa contorsionista juega a la yenca entre piedras de otra era. Es Ava, tiene dos hijos, vive entre la exósfera y la cocina. Recoge leña, cuida de sus hijos, cocina, piensa, nos mira con la ilusión de Monedero en su primer mitin. No es iraní, vino buscando refugio, y no sabemos de donde ni por qué, nos atiborra de frutas frescas, secas y por madurar. Un chino, dos españoles y una no-iraní, empeñados en demostrar que la comunicación imposible no existe como concepto.

Nos pillan por la calle “ey, yoh! ¿Pensáis que en Irán hay democracia? Eh, ¿y en Europa, bueno, en España?”, y así comienza un cuento sin portada ni final, donde la trama es la broma de una representatividad en coma.


Nos faltan meses para devolver los abrazos, para hacerles entender que en España casi nadie acepta el laissez-faire del Senado, pero que aún así, se dice que lo democrático es dejarlo correr en vez de asaltarlo por las buenas. También a ellos les cuesta soltar las saetas del reloj que les sujetan, para decir que ni temen ni odian, que su régimen es penoso, tan penoso como el resto.

Nos vamos, sí, Irán, lo siento, pero es hora de partir, cogemos las tablas y lo vamos a partir, “¿a qué?” a petarlo, ¡vamos!, “dais pena, my friend”, sí, fuckyeah, sí.


Y recordad, si alguna vez vais a Irán, y por casualidad encontráis un trozo de cuero que pueda recordaros a un balón…


…no lo toquéis (podría ser un animal muerto).


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