lunes, 25 de mayo de 2015

EN BUSCA DEL PRESUPUESTO PERDIDO


Si Jordania pudiera ser un personaje sería Indiana Jones, igual que yo, y que la mitad de las personas que nos leen: ya somos cuatro.

Llegamos a Amman tarareando la banda sonora de nuestra infancia y nos reciben a modo caja registradora; la tierra del Rey Abdalá II dispara el presupuesto del distrito a unos dígitos funestos. Abrumados por la inflación nos encerramos en casa de nuestra querida Natalia y la linda Tao, y nos planteamos seriamente apañar el primer bus rumbo a Jerusalem sin catar ni los desiertos del chanchullero Lawrence ni el arca perdida del Dr. Jones.

El corazón se antepone a la calculadora y embarcamos en una sala de fumadores sobre ruedas, un bus de humo que nos dirige a Petra, una de las siete maravillas del mundo, mientras contamos las monedas que desaparecen rápido, como el presupuesto de obras públicas en la Generalitat.

En Jordania la gente fuma, y fuma mucho, y lo hace en cualquier lugar y momento. Fuman los jóvenes y lo hacen los adultos... y con especial vitalidad los octagenarios. En un desafío a las autoridades sanitarias, una muy arrugada señora reclina su asiento y enciende su primer cigarro como jovenzuela después del coito. Muchos imitan sin rubor el gesto y una nube de nicotina nos envuelve creando un ambiente que de inicio nos provoca cierta simpatía, para terminar en principio de taquicardia. Nuestros irritados ojos observan con pasmo a la anciana y su barra libre de brea.


Al descender del autobús, con tos bronquítica y aroma Phillis-Morris, nos encontramos no sabemos dónde poniendo en seria duda lo no planificado. En este hotel que conoció mejores días, nos indican con cierta ironía que Petra queda a una hora en un bus que, como no podía ser de otra manera, perdemos sin el menor esfuerzo.

Añoramos la bella Irán, donde los camioneros se detienen a nuestra llamada y nos acogen en sus destartaladas cabinas. Aquí, en Jordania, el término auto-stop suena a bar de carretera. Solo se detienen los taxistas clandestinos, solicitando una tarifa tan innegociable como inevitable. Con rostros de preferentistas, finalmente, llegamos a Petra y sus taquillas formato Disneylandia.

El precio de la entrada nos convierte automáticamente en potenciales donantes de riñón. El único que ya nos queda, el otro se quedó en el taxi bajo el atento cuidado del simpático y gran empresario conductor. En un momento de lucidez, recorridos tantos meses desde nuestro encuentro inicial en la muy lejana India, hacemos un balance de momentos censurables y concluimos que en la mayoría de los casos los protagonistas siempre fuimos tres, el dúo pachanga y el taxista de rigor. Confrontaciones pseudoviolentas, intentos de timo sin rubor… un abanico de malos ratos donde el conductor del tuk tuk, coche o minibus se transforma en adversario ético sin mediar explicación. 

Es temporada baja, son escasos los turistas y recorremos el pasadizo entre dos montañas bajo una envidiable soledad. Capital de edomitas y nabateos, escondite del santo grial de nuestro amado Indi, la puerta del tesoro bien merece el adjetivo maravilla y hasta el asalto de su entrada. Esculpida en la propia piedra, olvidada durante 17 siglos, su presencia obliga a un silencio que es pura admiración. El recinto resulta inmenso.

Nos ofrecen traslado en burro, nos negamos. Nos ofrecen paseo en camello, no aceptamos. Nos ofrecen imanes, sortijas, jarrones, figuras, grabados, láminas y pulseras, y nos ofrecen wifi, ante lo que ni siquiera contestamos. 


Lo que un día fue cuna de la ruta comercial de incienso, lo es hoy del souvenir de bajo coste, como todos lo lugares que un día fueron algo y hoy son solo visitados.

Entre las rutas disponibles escogemos recorrerlas todas. Comenzamos un peregrinaje de caminos, escaleras y pasadizos, previo paso por la tetería de un fantástico lugareño que presume de ser la única persona que habita dentro del recinto. Sin buscarlo pero con la conciencia de quien lo sabe inevitable, nos perdemos en algún punto de un mapa que apenas usamos.

En una suerte de profecía auto cumplida alcanzamos el alto de una colina desde donde se disfrutan las vistas de un lugar difícil de soñar. Vemos caer el sol, dejando que el lugar supere a la hora y cuando las opciones de encontrar la salida son menores que la de pasar la noche en una ruinas que pueden ser nuestro pasaporte a la prisión, un niño solitario hace aparición como ángel salvador.

El cabrón nos pide dinero para guiarnos. Dinero que no tenemos y guía que tampoco.

A la luz de la pantalla de un móvil con la batería pestañeando llegamos al camino cierto y con una mezcla de chasco y alivio nos detenemos antes los pies de la puerta de un tesoro que nosotros, desde ya un tiempo, hemos encontrado y no queremos terminar de desenvolver: seguir recorriendo, seguir viajando, seguir aprendiendo...seguir pachangueando.

Descartada cualquier otra opción que no sea salir huyendo del país inflacionista, desandamos el camino hacia Amán entre cientos de fotos de una omnipresente familia real que bien parecen exclusivas del Hola versión monárquica propaganda. 


Escapamos, más que marchamos, de un lugar programado para bolsillos pudientes y no para mochilas y balón. Es invierno, hace frío, la cuenta atrás de mi distritopachanga hace un tiempo que ya comenzó. 












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