lunes, 6 de abril de 2015

UNA ISLA EN UN MAR DE DUNAS


“…pero nunca nos quitarán… la libertad”
William Wallace

Nuestra llegada a Mesr podría ser catalogada de puro azar, el destino que nos puso allí sin preguntar. Caminábamos sin buscarnos sabiendo que caminábamos para encontrarnos, ¿no entiendes nada de lo qué te hablo? espera que te lo cuento.

Hace ya unas semanas en Teherán, tomamos prestada una guía sin permiso. Entre los márgenes de sus páginas aparecieron unas anotaciones hechas a mano que, sin origen ni procedencia, se convierten en la brújula que mirar cuando nos perdemos. Una de las notas suena puro dogma: “¿queréis conocer jóvenes iranís liberales de mente abierta?” y un número de teléfono. Sin analizar pros ni contras de tan tentadora sugerencia, descolgamos (o desbloqueamos, hace ya un tiempo que los teléfonos se dejaron de descolgar) y marcamos el número de las promesas tentadoras.

“Hello?”, una voz joven con un inglés más que correcto nos recibe fraternalmente y promete acogernos en un lugar que desconocemos para hacer algo de lo que debiendo desconfiar, confiamos. 

De Yazd sale un bus que supera notoriamente en calidad a La Sepulvedana segoviana. Enfilamos una carretera que corta las arenas del desierto en dos, haciendo dudar de que lado se presenta más bello. Cae la tarde y nos dirigimos a Khur, donde nuestro anónimo guía promete recogernos y salir en busca de la libertad clandestina, esa que nos imaginamos sin hacer el esfuerzo por imaginar.

En Khur, sorpresa, a nosotros nunca nadie nos espera, pero el cambio de planes nos pilla más con la emoción de saber que algún día nos esperarán, y sin la preocupación de no saber a donde vamos. 

Derivamos en una casa donde, sin saber muy bien cómo, terminamos sosteniendo dos lagartos gigantes del desierto que se acurrucan en nuestro regazo. Un longevo matrimonio nos ofrece té y dudamos si ofrecérselo a los ya familiares reptiles, quienes parecen ser más conscientes de lo que allí ocurre que nosotros. Al cabo de un intercambio de eternos silencios, aparece un tipo con suficiente pinta de loco como para formar parte de nuestra, cada día más prolongada e inmortal, lista de personajes secundarios del distrito.

Nos invita a montar en su coche, ese que carece de una puerta, un cristal y dudamos si una rueda. El espectáculo es dantesco. Esto no llega. En situaciones como esta, donde la lógica es evidente y el sentido común cristalino, es cuando más se aplica esa máxima que a tantos lugares insensatos nos ha llevado: “total, ya que hemos llegado hasta aquí” y de aquí nos vamos a allí, al volante un conductor que un día soñó con ser piloto de F1 y que fuma mucho pero nada de tabaco. A modo distracción conecta la radio y entre caladas y bandazos ejerce de DJ. 

Mursat, que así se llama, es un fenómeno, tiene mal el cableado interno, y nos cuenta de su participación en un documental de Canal+ revindicando las libertades de los iranís. Nos conquista. Le contamos que nuestra misión es jugar una pachanga, y promete ayudarnos. Yo creo que es amor, definitivamente, lo que sentimos. 

Aparecer, esa noche, en un pueblo con más camellos que casas, y menos ambiente que Teherán en Ramadán, no nos importó. Compartir cena con una señora que nos hablaba en persa como si la entendiéramos, tampoco. Acostarnos entre roedores empeñados en compartir cama , apenas nos conmovió. Asistir a un simulacro de concierto de música tradicional y a los tremendos efectos del exceso de sustancias psicotrópicas en la juventud iraní, no nos sorprendió. Que a la mañana siguiente nos viéramos desayunando con una caravana de teheraníes, sin velo, sin túnicas, con risas, ¡culos y tetas! las cuales nos miraban como quien mira a una aparición, la verdad, nos encantó.

Y ese encanto dio paso a la realidad que desde tan lejos vinimos a buscar. Nos adentramos en el desierto profundo, inmenso y dorado sin rutas ni estradas. Somos muchos, todos muy unidos en comparsa, todos muy convencidos del destino, hasta nosotros, que nunca lo sabremos.

Aparcamos donde busca agua el Principito de Saint-Exuspery, y al calor de una hoguera, clandestino hogar, nos contagiamos de la música y los bailes de licores locales, aquellos que por prohibidos saben mejor. Y las mujeres de velos quitados danzan, por la libertad negada y el disfrute de la ilegalidad. Nosotros relamemos el regusto presenciar tal rebelión de la lógica. 

Irán, puedes prohibir que jóvenes se junten y opinen, que mujeres y hombres sin casar compartan espacios y tiempos, que las mujeres disfruten del placer de sentir su pelo al viento, que la ropa de colores sea mal vista y sea sustituida por el triste gris-negro, puedes prohibir todo eso y mucho más.

Pero siempre, en algún rincón, habrá alguien dispuesto a desobedecerte, y a seguir viviendo la vida que ellos y ellas desean, no esa que tú te empeñas en imponerlas. Porque siempre existirán reductos y trincheras, que no te quepa ninguna duda.



Esto es Mesr; la isla, en el mar de las dunas.


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