jueves, 16 de abril de 2015

CANOSO DE MONTEVIDEO


“La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana (sic) por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al publico de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad (sic)”

No lo digo yo, lo escribió Eduardo Galeano en su perla “Fútbol a sol y sombra”, esa que me regaló la niña de la selva allá por 2010. Esta semana se nos fue Huges, las palabras con alma propia. Sin duda, nunca fue el mejor escritor, porque el mejor no existe, pero visto lo leído y sentido lo visto, su pluma debe de ser la más linda, sí, la más linda, porque ningún corazón tentado se resistió al flechazo entre su nervio óptico y la tinta de Eduardo.

Tiene delito que lo tutee, lo contrario sería pecado. Galeano está en distrito pachanga desde el principio de los tiempos, fuente inevitable de cada abrazo regalado, de mantener viva nuestra memoria de fuego, de saber mirarnos al espejo cada día del año, para querernos, y para recordarnos que “somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.


Sin Galeano faltarían colores en muchas bibliotecas, y con él, pianista del abecedario, seguimos escuchando sus notas en cada paso dado, en cada vena abierta al convivir con esas nómadas mongolas, bajo una manta nevada y diez mil yeguas, en cada balonazo palestino contra el muro israelí, en los penaltis decisivos de Kosovo en la ONU, en los callejones de Mashad, con vértigo de chutar fuerte fuerte, y colar el balón en Afganistán.

Yo lo creo, simplón iluso creyente del efecto mariposa, inocente comeflores, puede ser, pero sin Galeano no veo a José Mujica, ni siquiera veo 15M, como no veo a los trabajadores de Coca-Cola en la calle sin Margaret Tatcher, ni cedulas yihadistas en Cataluña sin los 15 asesinados en Tarajal o los drones estadounidenses en Pakistán. 




Por eso, Galeano es más que escritura, es romance y por lo tanto revolución, es riesgo y obsesión por lo bello del alma, es ese que tanto reía contando cómo la desproporción entre la inversión publica en investigación  y el gasto privado en cirugía estética, desembocaría en un mundo lleno de viejas con tetas grandes y viejos con pito duro, pero con alzhéimer suficiente para olvidar como se usan.

Y no hay distrito sin él, claro que no, porqué este proyecto es consciente de su placenta y su cordón umbilical, del amor al viaje y el reportaje de Ryszard Kapuncinski, y de la soberbia pretensión por sensibilizar como Galeano. Algún día quise ser una mezcla de ambos, de momento he logrado la calva, ya solo me faltan las canas…


…aunque para entonces, seguramente seguiré prefiriendo ser yo, chiquito ignorante, pero yo.

¿Pero qué es esto? ¿eh? pues bien podría ser una promesa, sí, va, ¿por qué no? si el corazón aún late, habrá pachanga en Montevideo. Pachanga para decir gracias.



Gracias por haber sido, y por ser, porqué es imposible que dejes de serlo.


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