martes, 3 de marzo de 2015

QUE NO CAIGA



Seguimos…

Visitar Turquía sin acudir a Capadoccia es un arte que hemos manejado en ya dos ocasiones. Presos de los encantos de Estambul, en anteriores oportunidades, el valle de las erosiones fálicas quedó como cita pendiente para un futuro en el que ahora nos encontramos. Gorëme como campamento base, y un hostal con grutas a modo de habitaciones como lugar de residencia.

Existe una creencia popular, aplicada a modo de máxima indiscutible: realizar un acto de manera continuada te obliga a mejorar su implementación hasta alcanzar su dominio absoluto. Aplicada la teoría a asuntos mochileros, hará suponer que cuantos más meses de viaje, mejor es la preparación, la logística, la organización fundamental. Tiramos cualquier supuesto por tierra.

El arte del desastre es nuestro fiel y leal compañero. El frío, ese gran desconocido en el año de la pachanga, se presenta sin aviso previo dejando nuestras inseparables chancletas como mero adorno en no-siempre-diaria ducha. Nuestra preparación para el cambio climático se basa en el negacionismo del Sr. Aznar “hasta que no lo veamos no lo creeremos”.

Pero lo vemos, y es entonces cuando nos lo creemos y nos percatamos de que el sistema multicapas llega para un rato pero no sirve a largo plazo. Retrasamos, una vez más, el mudar de indumentaria hasta que los temblores sean insostenibles y el principio de congelación llegue a niveles Juanito Oiarzabal.


Nuestros planes de recorrer el área en bicicleta son chafados de raíz por un honrado comerciante que nos explica que en esta época del año, cuando los árboles caducos dejan caer sus afilados frutos, avanzar cien metros sin catar pinchazo es más complicado que ver a la Segoviana ascender de tercera.

Caminando, con las manos enfundadas en unos bolsillos que nada abrigan, comenzamos un macropateo por este paisaje lunar de Antioquía.

Sin perder las costumbres adquiridas, somos tres, el balón nos acompaña ansioso por dejarse rodar entre formaciones de hace 60000 años.

Aquí, entre infinitas cuevas escarbadas en la desgastada piedra, se refugiaron los primeros cristianos perseguidos por los romanos durante la expansión inicial de su religión. Entre sus mártires potenciales aparece San Mamés, amansador de fieras para unos, arrojado y devorado por leones para otros. Más conocido por sus presente futbolero en Bilbao que por su pasado penitente.

Jurando la compra de un abrigo adecuado a las circunstancias del momento regresamos a nuestra caverna, y oímos de los famosos sobrevuelos en globo, presente en postales promocionales, cuyo precio excede nuestra ética. Lo descartamos sin remordimientos.

Buscamos medios de transporte alternativos para continuar el peregrinaje por los más de cincuenta kilómetros cuadrados de monolitos y rocas chimenea. Alzamos el pulgar luchando el siempre emocionante auto-stop. Y la lógica se impone, nuestros cuerpos escombro acaban subidos en un tractor. Como ganado, gozamos de los baches, los humos y la paciencia, mientras cabras y caracoles nos adelantan sin esfuerzo.

Nos salimos del camino, solos y perdidos recorremos este far-west de la luna; muchas zarzas, más kilómetros y muchísimas dudas después, dejamos los caminos para quien los domine y pisamos un poco amigable asfalto caminando con el pulgar siempre elevado. Pero nadie se detiene. Y así, vagando por carreteras secundarias aparecemos en un castillo, en Ortahisar, el cual prometemos conquistar.

La ausencia de pachanga hace mella en nuestra auto estima, y en la torre más alta, donde el viento agita la bandera roja de la media luna, damos rienda suelta a nuestra eterna infancia y jugamos un “que no caiga” con todos los componentes para concluir en tragedia.

La desgracia no tarda en aparecer. Nuestro hermoso balón se despeña en un vuelo que parece eterno. Observamos sus rebotes entre las afiladas rocas, en una suerte de silencio que retumba a funeral. Apresurados descendemos en su búsqueda, es uno de los nuestros y dejar un compañero atrás nunca fue una opción.


Le encontramos, solo, maltrecho y desinflado. Los esfuerzos por reanimarle no dan los frutos deseados. Ha caído otro. Uno más en esa lista que aumenta al mismo ritmo que los imputados en la Gürtel.


Mucha gente nos pregunta si llevamos la cuenta de las pelotas se han quedado por el camino. Nunca nos lo planteamos, nos faltan dedos. Y sustituimos el catálogo de perdidas por un inventario de sueños por cumplir, que de extenso, se antoja infinito.


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