sábado, 14 de marzo de 2015

PACHANGA ENTRE BASIJS


Esfahan la bella, la de jardines simétricos y fuentes ordenadas, de mezquitas de azulejos turquesas, minaretes de oro y plata y cúpulas azuladas. La dos veces capital de Irán, de grandes obras replandecientes y bazaares callejeros. Esfahan, la antigua perla persa. Ya estamos aquí, y como ya es habitual cuando llegamos a un lugar de los marcados en rojo en un mapa...descubrimos la ciudad con un ojo en el monumento y otro en la pachanga que siempre intuimos próxima.

La confianza que desprenden los iranís es tal, que delegamos la búsqueda de alojamiento en manos del taxista que nos recoge en la estación. No dudamos de sus criterios y buenas intenciones y el hostal, decadente, semi sucio y algo destartalado cumple a rajatabla con nuestros gustos y pautas. Su localización próxima al centro se resume en cuarenta y cinco minutos de caminata entre calles calcadas en su orden y disposición. 

Irán es un pueblo gremial, y los establecimientos se organizan por producto pasando del paraíso del neumático a la avenida de las costuras con un simple cruzar de acera.

Preguntamos por una dirección que intuimos no es correcta y comienza una partida de comecocos donde los giros son tan aleatorios como las indicaciones que recibimos. No nos estresamos. Descubrimos los entresijos de una ciudad que es ¨la hermana de Andalucia¨, según el alcalde de la ciudad. Con la emoción dudamos si buscar un sol y sombra pero esto es Irán, y el alcohol solo se vende para curar las heridas.


La plaza Naqshe Yahan es una de las más grande del mundo, 510 metros de largo y 165 de ancho. Jamás un lugar de semejante envergadura ejerció de Wally con tanta soltura. En una plaza de un tamaño reducido recibimos la confirmación de que es ese el punto tan buscado. No acreditamos. Aderezamos una persecución que se antoja eterna con la visita a lugares de culto que encontramos desangelados. No se divisan extranjeros y a penas un puñado de locales se dejan ver.

Esto es Irán, arista del eje del mal. La revolución del 79, absorbida por los ayatolás a modo oportunista, situó al país persa en la lista negra de aquellos que no aceptan arrodillarse ante los todo poderosos yankies. De la noche a la mañana el sumiso corrupto rey reyes Sha, fue depuesto por un grupo de barbudos con turbante que ante pusieron El Corán a la declaración fundamental de los derecho humanos. Entre sus fanáticas medidas escuchamos una que bien podría sonar a leyenda urbana a modo niña de la curva. Un sistema altamente restrictivo demanda, para garantizar su pervivencia, un amplio y sofisticado órgano de represión. Jomeini y su ristra de ulemas reglaron la milicia de jóvenes basij. Formados para combatir como voluntarios en la guerra Iran-Irak, ahora vigilan las áreas urbanas y persiguen a los enemigos del estado en sus patrullajes de la moral. El concepto enemigo alcanza los límites que cada uno disponga a otorgarles. En Irán, una mujer sin velo, la venta de cerveza o una pachanga callejera, es sinónimo de atentado contra la moral, es el comportamiento de un enemigo del estado. 



Nuestros ojos amagan con saltarse de sus cuencas ante lo que es, en todo regla, un grupo de niños golpeando sin prejuicios una pelota en mitad de la plaza. Nos acercamos conteniendo una emoción hace ya tiempo desbordada para escuchar su origen afgano, sus raíces en una tierra vecina y devastada. No indagamos muchas explicaciones y nos disponemos a unirnos con la ilusión de nuestra infancia en plena noche de reyes. Somos muchos y tan revueltos que descifrar a quién debes pasar, hacia donde correr, es tan utópico como el hecho de estar jugando una pachanga en el corazón de Irán. El delirio, como casi todos los delirios demostrados, en tan efímero que una vez concluido se llega a dudar de su veracidad. Una moto ronda con pose poco amigable y dispara todas las alarmas al grito de Basij, Basij!!! que nuestros imberbes compañeros se apresuran a entonar. Con la soltura de quien conoce las rutinas esconden la pelota y se dispersan como manifestantes en la puerta del Congreso. Nosotros estamos ahí, pasmados y algo incrédulos. Sin tiempo para asimilar comenzamos de nuevo el desfile desordenado tras una pelota convertida en símbolo de revolución. La segunda visita de los adoctrinados motoristas es el fin de nuestra pseudo reivindicación. Requisan la pelota sin amago de explicación. Su mirada de rencor es la respuesta a nuestras atribuladas quejas. Les vemos alejarse en nuestro amago de carrera detrás de libertades tan básicas como es el juntarte con tus cercanos, conseguir una pelota, y en tu inocencia de niño grande disfrutar de los pequeños placeres que la vida te plantea y algunos se empañan en negar. 


Los pequeños refugiados no muestran resignación. Es su día a día lo que a nosotros nos retumba a indignación. Mañana volverán, nos dicen, como volvieron ayer y el día antes de ayer. Nos despedimos con la sonrisa de haber descubierto una certeza. Las trabas de lo injusto son meros obstáculos a libertad. Al final, unas caen a plomo por su estupidez, y otras florecen por su simple y sincero, y a veces olvidado, sentido común. 

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