viernes, 6 de marzo de 2015

EL EJE DEL GAS


Quien no ama a nadie ignora la alegría de vivir
Muslih-Ud-Din Saadi, poeta iraní

Yo no creo en las personas normales, es evidente que todos y todas somos especiales, pero oye, la gente iraní tiene un algo que nunca jamás se te olvida.

Entramos en Persia con la cabeza gacha y las orejas en alerta como dogo canario de caza, atentos a las señales. Se le cae el velo a Anita Pastor ante Ahmadinejad, y supuestamente esto es el eje del mal, pero no hay mal que por bien no venga, así que venimos, a recorrer el país, a desmentir mitos, y a generar nuevos estereotipos a base de ignorancia, esa que generaliza y disloca.

Teherán, primera parada, y siguiendo las leyes universales del forastero, los taxistas intentan secuestrarnos con cifras astronómicas. La gente se tira contra ellos y negocia por nosotros, primera señal de amor y acogida de esta gente, encantada de reírse del disgusto que les toca representar en el panorama internacional.

Un pueblo estigmatizado, por el Ayatola Jomeini, por un supuesto programa nuclear, por los diplomáticos estadounidenses atrapados en Argo y por unos clérigos secuestradores, mientras los secuestrados sin síndrome de Estocolmo son la pera, las únicas peras nacidas de un olmo.

La capital del derrape, millones de coches destartalados y motos con capota contra el frío, se empeñan en hacer de cada cruce una epopeya kamikaze, aunque nosotros, curados de espanto, susto y barro, pintamos pasos de cebra imposibles y seguimos nuestro plan de perdernos sin plan ni rumbo concreto.

La gracia de Teherán es observar a su gente, que no para, que grita y especula, con hordas de tipos en la plaza, gritando y removiendo sus papeletas, en lo que entendemos una especie de Wall Street local, donde todos compran y venden a través de su teléfono celular. Su inglés y nuestro persa, primos hermanos.

Entramos en la cárcel, ahora museo, de Ebrat, donde las brigadas del SAVAK torturaban a disidentes durante el reinado del Sha, Reza Palavi. Maniquís untados en falsa sangre de tomate Apis, cuelgan de los barrotes, tratando de producir empatía, pero solo provocan lastima, por la falta de ingenio en el atrezo.

Empezamos a entender aquello que nos contaba Ryszard Kapuscinki en su novela “El Sha”. Rey raro, más acomplejado que campechano, pasaba más tiempo en París que en Irán, transfiriendo las rentas del gas y el petróleo a esas cuentas suizas donde ahora comparten caja fuerte con las 2.649 cuentas de apátridas españoles, como Botín, Pujol o Luca de Tena.

Un rey guay para algunos, un legislador anárquico para el resto; abolió la disciplina religiosa y la vestimenta del velo en público.

- “pero mi rey, ahora las chicas musulmanas ya no estudian en la universidad, porque ni ellas ni sus familias quieren que sean vistas en publico tan destapadas”, le decían.
“¿pero que queréis? Si hay sharia, decís que soy muy duro, si la quito, lo jodo todo…”, pensaba él, sintiéndose incomprendido y desdichado.

Insuflando americanismo por cada poro del país, en revistas, teles, tendencias y referentes, el Sha no entendió que la libertad impuesta deja de ser libre; y el pueblo salió a las plazas, se rebeló, y trato de disolver la plutocracia de partido único.

Pero las ideas nobles siempre tienen asesinos esperando en la esquina, como en 1953, cuando un golpe de estado orquestado por los grandes genios de la batuta geopolítica, USA y UK, sacó a Mossadeq del gobierno, no fuera este a cumplir su plan de nacionalizar la British Oil Company. Hoy llamada British Petroleum, sus ocultos lazos sobre el crudo iraní muestran que no es oro lo que no luce.

No voy a comer la oreja a nadie sobre la política iraní, que para eso hay gente especializada y que cobra por ello, pero nos asombra ver como todas y cada una de las personas del camino nos hablan ansiosamente del gobierno, del dolor de hoy, del atraco de ayer, del deseo de mañana. En 1979 la gente gritó, y la dispararon; la gente se multiplicó, y las balas también se procrearon. Entonces llego Jomeini desde París, y pilló el micro para soltar “A partir de ahora, Dios es la ley, y la ley soy yo”.

Bueno, a lo mejor no lo dijo, pero lo pensó, y se instauro la Republica Islamista de Irán; votada mayoritariamente por sus hombres y sus mujeres, el régimen es tan democrático como el Plan Bolonia. Existen elecciones, existe presidente y parlamento, sí, pero las leyes han de ser aprobadas por el Consejo de Guardianes y el Ayatola, quien previamente elige a esos clérigos guardianes. Una cosa mu loca. Como las bocas sin comida, y la comida sin bocas.

Entre sonrisas y miradas curiosas, ávidas de conocer nuestra opinión sobre el país, sobre su gobierno, sobre las diferencias entre España e Irán, y entre esos negros chadors –túnica que cubre todo el cuerpo excepto las manos y los ojos- que no logran camuflar sus bellísimos ojos azabache, buscamos el arrepentimiento en el museo de la joyas, en el museo de historia nacional, en la antigua embajada estadounidense y finalmente en el bazar, donde sí, entre alfombras y carritos desbocados, reemplazamos nuestro plasma por té caliente, y seguimos de charla, de aprendizaje, de risas con la gente.

Nosotros dos, que somos más tontos de lo que nos creemos, seguimos pensando que nos enteraremos de algo, y hacemos piña, peña, prohibido el molinillo o marcar con la defensa.

Tratamos de captar la raíz del chiismo, las diferencias con los sunís, su cosmovisión de los hechos, sus paradojas en un discurso plagado de amor y misericordia, mientras las mujeres se alían con los hombres contra las mujeres, mientras explotan coches, mientras las religiones minoritarias, como los bahair o los zoroastrianos, son perseguidos desde al alba hasta la noche.

“Mirad, chavales, para empezar, no vais a catar pachanga alguna”
“¿Cómo? ¿Que me dices mi amol?”
“¿Habéis visto alguna cancha por ahí?”
“Pues no, la verdad es que nada de nada”
“Aquí se juega al fútbol, sí, mucho, pero los campos están tras los muros, pues las mujeres no deben ver a los hombres en pantalón corto, ¡imagínate que obscenidad!”
“eh…ah, ya, vale”

Y nos tumbamos en los restos del otoño, en las escamas persas, en las diotrías que impiden ver nítido.

Subiéndonos al muro para ver lo que se jugaba, localizamos un balón, 10 tipos y un tiro a la escuadra. Corre que corre, a la pensión, playeras rotas y pantalón corto, potencial arma de seducción masiva, a ver que pasa.

3º y el vaho congela mi napia, “hola, que tal? Soy Ricardo, de España”

“Oh, Madrid or Barcelona? Come on, quieres jugar? Va, dale, corre y juega, estas en tu casa”


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