jueves, 12 de febrero de 2015

PAJAROS SIN ALAS



-  - “Qué te pareció el libro?”
    - “La verdad, me gustó más el árbol”

Y decidimos pasar página para descender hasta la Costa Licia del oeste turco.

Estamos en fiestas, el Bayram contagia de buen ánimo a los turcos y las turcas. No es Asia, no es Europa, es Oriente Medio, aunque se nieguen a si mismos.

Con una historia gran hermanesca trepidante, el orgullo imperial de los otomanos se mastica en cada conversación, de este pueblo desesperado por encontrar el equilibrio entre el progreso visceral de sus ciudades, y la musulmanía de barrio, de bazar, de tenderete, de comer pipas en un taburete viendo pasar el día.

Primera parada, Olympos, agua transparente y roca fluorescente. Estamos fuertes de ganas y tiempo, así que andamos ligeros y desprevenidos. De pronto, a nuestras espaldas, se remueve la tierra, los gaviotas regresan a puerto y el viento se parte en dos por  la irrupción de un convoy de decibelios sin origen nítido:

-       “¡Oye!, ¡ey!, ¡vosotros!, ¡¿qué pasa?! Españoles, ¿no?


La sombra se proyecta, y aparece su rostro bondadoso. Haciendo papiroflexia con el guión, entra en escena Carlitos Muñoz, el pájaro sin alas. El astro auto iluminado. 39 años, Avilés, una muleta para desafiar la realidad, esa que dejó su pierna derecha lastrada para siempre, y un alma tan grande que le cobran exceso de equipaje en los aviones.

Carlitos lleva cinco años recorriendo el mundo, con mochila, con muleta, con sonrisa. Han pasado ya 40 segundos desde el saludo inicial, y los tres somos conscientes de que habrá amistad para rato.

Sus historias sinceras, durmiendo durante días sobre sacos de patatas en un carguero indonesio, haciéndose pasar por afgano enfermo para cruzar las zonas de control talibán y así llegar a la ruta del Pamir en la frontera con Pakistán, o la perdida en el Altái mongol siguiendo el rastro de una niña y su águila, nos iluminan la vida, nos hacen sentir chiquitines; Carlitos es aventura, nosotros viajes Marsans.

Escalamos rocas, rompemos aguas, buscamos balones y encontramos ruinas. Calentamos nuestras manos entre los fuegos fatuos que surgen en las laderas de Yanartas, montañas de gas aún indescifrables para estudiantes PhD; las brasas nos relatan el origen de La Quimera, ese animal mitológico que escupe fuego, predecesor de la COPE y sus tertulias.

Vamos recortando presupuesto gracias al típico desayuno turco, que abarca todos los matices, desde la multicoloridad hasta la contundencia. Comemos tanto pepino que se me quitan las ojeras. Bebemos tanto té, que ya no duerme la sangre en mis venas.

Carlitos esta medio sordo de un oído, así que decide solidarizarnos forzosamente con él, mientras nuestras trompas de Eustaquio muestran banderas blancas en son de paz. Sus gritos van acordes a nuestra risa. Hay que usar esa muleta de poste cuanto antes, y lograr que Carlitos vuelva a los terrenos de juego que en su día tuvo que abandonar.

Combinamos fragonetas, autostops y buses locales hasta llegar a Kas. Más gas. Pueblito bonito hasta caerse para atrás. Soltamos ancla, desanudamos cabo y zarpamos hacia Kekova, en busca de Atlántida. La ciudad sumergida, la villa caída por los temblores, que inspiró a Homero en su Ilíada, y nos inspira ahora en la que tenemos aquí liada.

Sale la bola a pasear en mitad del pueblo, niños y niñas se acercan como la rubia a la tele en Poltergeist. Muchas familias han aprovechado los días festivos para resucitar el pueblo, y las fauces de un pastor alemán, decepcionado por el affaire del Banco Central Europeo con el Deutschebank, convierte nuestro balón en pelota anti stress.



Pegaditos a la línea de cal, seguimos avanzando el camino licio, entre las Termopilas “auh-auh-auh” y el estrecho de los Dardanelos que convirtió la primera guerra mundial en segunda. Descendemos todos los escalones del país para darnos un revolcón con el salitre de Kaputas, la cala más guapa después de La Hernía y Covachos.

Más tute, más búsqueda infructuosa de pachangas. Fethiye. Braceamos los remos junto a los regatistas, hacemos de la turca birra EFES Pilsener el mejor alimento. Atravesamos lagos a nado, frenamos el mambo, nos damos rato para seleccionar temas, escribir bocetos, ordenar fotos, pensar tramas, editar videos y sacar el mapa a la palestra. Irán en nuestra mente. Cruzar el Kurdistán como una palmada en la frente. Ante las amenazas del recorrido y el calendario, oímos a Carlitos decir “yo os sigo” aunque ya esta diez metros por delante.

Enfrente, Ephesus, la ciudad romana mejor conservada, y bajo los pies, un balón ansioso por jugar un culé con las columnas de la “Librería de Celso” como portería.

Ir pa ná, sí; pero ir pa jugar, no es tontería.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Dejanos saber qué gusta-disgusta, qué cambiar-mantener. Gracias.