miércoles, 18 de febrero de 2015

PACHANGA 007


Hace un año clavamos la chincheta en el mapa. Coordenadas claras: “hay que volver a Sapanca”. Y una vez transitado un tercio del mundo con estas piernas temblorosas y ese balón sobreexplotado, enganchamos un “Dolmus” –la típica buseta turca interpueblos- y volvemos a la escena del crimen.

Joder, qué viejales estamos; esto está más cambiado que Renné Zellweberg; lo que era un descampado es ahora un balneario; la placita del pueblo, otrora un charco de polvo y guijarros donde tomar la sombra después de comer, ha tornádose en una rotonda buena-buena, amplia e innecesaria, carretera Albacete-Valencia.

-       “Tú crees que nos reconocerán? no hemos cambiado mucho, ¿no?”, le dicen mis ojeras a Alberto.
-       “Bueno, bueno, a ver. Con encontrarnos a algún alumno y ser capaces de identificarlo…” me contestan sus patas de gallo.
-       “Claro, claro, en 10 años esos niñitos más malos que el demonio, se habrán convertido en personas de bien, padres y madres de familia, miembros del eje productivo, partícipes activos de su comunidad…”.
-       “¡qué dices! Con lo poco que estudiaban y lo mal que les enseñábamos... Alégrate si al menos uno, solo uno, no se ha hecho maleante, kinki trucando motos Derby, trapis de opio, ¡o peor! Muyahidín, qué coño, ¡mullah!”.
-       “mientras no nos ataquen…”, concluyo.

Cargados de fotos impresas de aquel verano de 2005, y con algunas palabras sueltas en turco, hacemos un rastreo propio de Google en tu historial. Preguntamos a diestra y siniestra, “¿qué fue de los chavales?”…

...y en el restaurante mítico donde 40 días de kebab derivaron en síndrome de Estocolmo, obtenemos algo parecido a respuestas.



Nos dirigen al Ayuntamiento, donde hace años nos recibió el alcalde, y donde hoy esperamos ratificar la hermandad cantabrosegoviotomana.

Se monta el pitote, forasteros en el escenario, anécdota del mes. Sacamos los retratos, contamos el historio, y se activan los dispositivos de búsqueda.

Todos opinan, el lugarteniente, la ingeniera civil, los consejeros a dedo, el policía lector de periódico, la bedel…, todos tienen algo que decir y poco que aportar. Redes sociales y su oligopolio informativo. Cotejan Facebook, surgen rostros, una niña que se ha casado, otro en el ejercito, el que murió joven y la que quiere ser inmortal. Maravilloso, siguen por ahí, sin memoria no hay futuro.



Nos cargan en el coche oficial, complejo de diputados sin prebendas, y recorremos la aldea convertida en ciudad mediana. Lo que antes eran barracones destartalados en un descampado de jeringas, hoy es una urbanización con sistema de calefacción centralizada. Se agudizan nuestras arrugas, el paso del tiempo melancoliza nuestro sentir, todos y todas agradecidos de nuestro retorno, de su bienvenida.

Nuestro querido Tristón, el niño con el semblante más depresivo, ha sido localizado; vamos a su casa, como Jesús Puente buscaba medias naranjas, como Isabel Gemio repartía sorpresas, esperando que esta vez Ricky Martin no escuche los lametones del perro amante de la mermelada.



Tristón se ha ido a la ciudad a estudiar, buena noticia, los chavales buscan su futuro en esta Turquía rural, ansiada de tranquilidad, de armonizar su proselitismo con un desarrollo social más equitativo entre campo y ciudad. Nos recibe su padre, con manos de marino mercante y sonrisa de Papa Noel. Recuerda bien como el campo de trabajo ayudó a sus hijos tras el terremoto, cómo se motivaron con el inglés, con el saber, con el estudiar, para poder decidir sobre su vida.

GPS pachanga, tiramos de intuición y recuerdo difuso hasta dar con el viejo campo de futbol, ahora convertido en pabellón cubierto; césped artificial, botas de alquiler, marcador electrónico, y una peña con brazos abiertos como alas de albatros.

Nos acogen, nos juegan, atacan y defienden, sudamos la gota gorda, la fina, la gota fría, la sácala tocando, en pared tuya-mía, imponiendo criterios tiki taka ante el desconcierto; futbol intifada, rebelión popular, piedras al poste, y perlas a la escuadra. Gozamos, gozan, hacemos piña en el vestuario, y fotografiados como celebrities, entendemos que donde ayer pusiste amor, hoy recoges abrazos.

Recorremos las calles con gracia, con frío, con risa del pasado y nostalgia del futuro. Guiños en cada esquina, el callejón donde jugábamos al futbol, el pasadizo cruzando la vía del tren, el compadre que nos vendía calimocho clandestinamente para pasar las noches sonrientes.

El gran lago de Sapanca, donde remojábamos nuestras ganas de conocer mundo, donde hoy nos sumergimos hipotérmicos, presas de estornudos cretinos, para recargar los motivos, para cargar la mochila y seguir el camino.




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