martes, 10 de febrero de 2015

OI GIOI OI


Llega el componente segoviano a Estambul, tengo el balón en segunda fila, se monta en marcha y arrancamos.

Arrejuntados de nuevo en esta Turquía que vio nacer nuestra ansia viajera hace ya 10 años, transitamos por Istiklal, la arteria principal de la compritis en Constantinopla.

Convertimos la pachanga en mesa de trilero, jugando imposiblemente a tumbar unas latas tan distantes entre si que la pelota debería coger un taxi para ganar el osito de peluche.

Sacamos el catalejo y divisamos Pamukkale en el horizonte. Allí no tenemos amigos, pero si familia. Nos esperan los astros del mambo, Pat&Men, y "corre corre que no llegamos".

Es Bayram en Turquía, la gran fiesta no religiosa, que une Halloween, la liberación de Estambul y otras cuantas leyendas para justificar 8 días de ocio legitimado. Lo que suena a jaleo nos hipoteca el movimiento. Buses y trenes hasta las trancas de laboristas locos por pasar unos días de descanso en la costa, nos bloquean la salida.

Así por probar, como tirar una bola de papel a la basura antes de un examen y decir “si la meto, apruebo”, abrimos Blablacar, y milagrosamente, acabamos en la furgoneta del Equipo A, tunning rural, con más luces en su interior que el traje de Manolete, y lenta pero segura, que nos deja en Pamukkale 5 horas más tarde de lo previsto, pero felices de haber podido dormir algunas horas tirados en el pasillo.


“Muac, muac, chinc, chinc” besos, abrazos y tocamientos, para celebrar el reencuentro con los reyes de Hanói, ahora iluminados por la nueva princesa de nunca jamás, Mrs. Vy, candidata prematura a Miss Universo.

Pamukkale es un espectáculo; mecida por terremotos desde que Jordi Hurtado era aún un bebé, el “perreo” tectónico hizo fluir los minerales por sus aguas termales, configurando un paisaje sin igual, repleto de bañeras de sodio, creta y calcio.


Obviando la existencia, confirmada, de materiales radioactivos, nos deleitamos con la nueva sirena, y chupamos polvo entre las ruinas de Hierápolis, hasta divisar el enamorador anfiteatro; que se sube lentamente el liguero por entre las bolutas de sus columnas, para dejar que los últimos rayos coquetos de sol, cierren el día, y abran el mañana.



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