miércoles, 4 de febrero de 2015

CRUZANDO EN ROJO LOS SEMAFOROS


Me arrojan de un bumpi búlgaro en la frontera, e iluso yo, como UPyD y Bob Esponja en la Plaza del Sol, cargo mochilauer infernal y apunto con el dedo a Turquía. La bella, la que baila al son del laúd otomano, y la que ansía nuestro reencuentro como la tierra espera a las hojas cayendo en otoño.

-       “Ey! Ey! Wait a moment! Where is your visa?”
-       “eeeee…esto…visa? No, no need, visa, I´m Spanish”
-       “Sure, and my mother is Lola Flores, but you need a visa”

…y de milagrito, despertando a Tutankamon a las 4 de la mañana, un anciano me apaña un visado artesanal por 25 euros, antes de volver a su sarcófago. Viajo y viajo, y no me relajo; recuerdo no pagar ninguna visa en mis visitas anteriores a Turquía, y sospecho que cada vez es más latente como la valla de Ceuta, o la perpetuidad de los CIEs, tienen efectos recíprocos para los viajeros españoles en el extranjero.

Pero más que sospechar, lo guapo es chutar y correr. Sobre todo habiendo personas eléctricas en la grada. Y en la capital me espera ella, bueno, no espera, la bella anda, y yo tengo que acelerar para bienvenidarla a distrito pachanga.

Yesmogli de la Selva y la primavera soleada en el objetivo de su cámara, se unen por unos días a la ruta. Ella, la savia que mejor alimentó el motor de este viaje cuando aún era más sueño que realidad. La falla valenciana que no se quema, la que aborrece el futbol y promete (intuyo) dejarme con las ganas de jugar algún partidín (lo retiro).

- “Bueno,  bueno, os presento, esa es Yesmina; y esta…”

Esta es Estambul, la ciudad más anciana del mundo, Bizancio antes de ayer, Constantinopla hace un rato; adultera del Mar de Mármara, y visitadora del Bósforo; su cuerno de oro parte los continentes, los tochos que Asia le pone a Europa, prometiendo humanizar su maltrato hacia los kurdos, para así poder finalmente acceder a la Unión.

Medula espinal de este sube-y-baja repleto de puentes, cuestas, metros, tranvías, funiculares, carretas, taxis, la marabunta, 22 millones de personas, el hormiguero, pero sin Pedro Sánchez haciendo el ridi. No, el ridi ya lo hago yo, tratando de dar lecciones de geografía en una ciudad tan cambiante como el estado de humor de su presidente.

Paseo al trote las infinitas cuestas que unen la platónica Mezquita Azul con la torre Galata y finalmente la plaza Taksim. Ese asfalto donde hace poco más de un año, la gente se unió de brazos y voces para protestar contra otro gobierno corrupto y despótico. La primavera árabe, que se bronceó en verano y acaba deprimiéndose ahora en invierno.

Mientras, Erdogan abastece de armas a su suní Estado Islámico, al tiempo que abre las fronteras para que combatientes kurdos de Iraq traten de frenar la ofensiva. Esos kurdos con los que durante años ha jugado al golpeo más indiscriminado, y a los que ahora, bajo presión estadounidense, finge dar alas.

Paradojas de alto estado, mientras cientos de clones de Arda Turan lucen varonil barba, y hacen del Atleti el nuevo fetiche; la moda del consumo no reflexionado inunda la costa europea de Estambul, mientras blogueras son encarceladas por criticar la represión política que a poc@s importa y a tod@s afecta.

Suelto el rapel, y desciendo los cañones sudorientales de Taksim para descubrir el barrio de Hrystal, donde la comunidad gitana trata de sobrevivir viviendo sobre cartones y palos carcomidos. Yonkis en los soportales, esperan la entrega de material, mientras chivatos en cada esquina radiografían mi silueta, tratando de interpretar si soy turista, un secreta o un buscador de camellos low-cost.

Más curiosidad que tensión, deduzco que aquí hay pachanga con tangana, y no tardo 3 minutos en acoplarme a la melé de chavales, que descosen una pelota que no bota contra la portería formada por una piedra y una farola rota.

Barbón y nariz, o andares y matiz, no sé, pero paso por turco en cada situación. Malentendido momentáneo, rápidamente disipado tras comprobar que mi otomano se estanca en el “marhaba” inicial. Aún así, el transformismo de mi pasaporte facilita la acogida, las paredes en tuya-mía, y el marcar goles con empatía.

Hombres bajo boinas beben té como si no hubiera un mañana, cargan sus pipas “narguile” de fumar, pintan nubes de manzana en la brisa, y mueven sus fichas sobre el tablero de backgamon, haciendo de la vieja tradición una apuesta por el futuro.

Estambul desayuna dinamita, explota el alba y nada lo para, bazares abarrotados, cajas de cartón aplastadas, hordas de turistas alineados en los escaparates, la esencia de las especias que te secuestra el pensar, tsunamis de aceitunas, yogur en cada baldosa, kebab de desayuno, de merienda-cena, de decoración, de basta ya por dios; ratas juegan al garbancito-leré entre callejones sin más luces que los faros de las ambulancias; en el suelo, permanentemente, maltratadas hojas de coliflor y espinaca cuentan la historia diaria del campo de batalla en el mercado callejero.

Nos cogemos del brazo que mejor nos sabemos coger, que es el mutuo, y nadamos hasta Eyüp, el norteño barrio más tradicional de la ciudad. Bastión islamista en las ultimas décadas, las fotos de mártires empapelan muros, señales y furgonetas. Las mujeres bajan su mirada, envueltas en muchos hijabs, pocos chadors y algún burka eventual, que sigue sorprendiéndose más de nuestra presencia que nosotros de la suya.

Lo decía Mohammed Ali “no cuentes los días, haz que los días cuenten”, y en eso nos empeñamos, saltando de Asia a Europa, pescando carpas con la risa, afilando las ganas de entender un poquito más el mundo, escuchando de princesas secuestradas por sultanes, en palacios de agua salada al atardecer, sin más cosa bonita que mirar la performance del sol al  caer.


Como ese gancho clavado en la nuca del carcelero en el “Expreso de Medianoche”, doloroso, despido a la chica-más-mujer que conozco (gracias, las suyas, el nunca-adiós, siempre hasta-luego), y espero nunca-sentado, que llegue Alberto, para que saque la bomba de inflar, y suene el pitido inicial.


Kurdos vendedores callejeros, exiliados por la miseria hasta la gran ciudad, nos esperan para jugar, para enseñar, para seguir rodando, y chutar bien alto dejando que el balón se vaya Bósforo adentro, mecido por las olas del mar.




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