lunes, 19 de enero de 2015

TERRITORIO SITIADO



Hundida en un bello valle a las orillas del río Miljacka, Sarajevo crece limitada por unas leves colinas, ahora cementerios, desde la que se pueden disfrutar de enormes vistas a las avenidas, edificios y plazas. Unas vistas perniciosas si aquel que se sienta a contemplar es francotirador, y enemigo, y ha recibido la orden de disparar a matar.

Aparecemos en la capital de Bosnia y Herzegovina reafirmando que el billete en transporte público, aquí en los Balcanes, otorga acceso al medio de locomoción, que no al asiento asignado. Una vez más, en una demostración de que distrito es capaz de tropezar sin límites en la misma piedra, viajamos en las escaleras de un bus que aparenta confortable.

Poco importan incomodidades merecidas por la ausencia de destreza al subir al autocar, la ciudad más mítica de nuestra infancia, dueña de las imágenes que marcaron a nuestra generación cuando, durante 1335 días de asedio, sus habitantes ponían sus vidas al servicio del destino por el simple hecho de recoger agua, acudir al mercado o cruzar la calle.


Todo comenzó aquí. La I Guerra Mundial pudo no ser tal - o quizá sí -, si el 28 de junio de 1914 Gavrilo Princip hubiera errado su tiro a Francisco José en una esquina común, o si la serie de catastróficas decisiones tomadas por la comitiva del archiduque no le hubieran llevado por las avenidas equivocadas y en el coche menos indicado... pero sin vehículo con capota, ni mala puntería, Francisco José murió, y la I Guerra Mundial comenzó, aquí, en Sarajevo.

Antes de llegar a Bosnia, planeábamos, soñando sobre un mapa de la zona, llegar a un indivisable puntito al sureste, Srebrenica. Pero esta complicado llegar, y a los oriundos no les apasiona que la gente visite el morbo de su tragedia. Lo entendemos y corregimos el plan. Descubrimos un museo de mismo nombre, y visitamos los recuerdos de las vergüenzas de las Naciones Unidas, sus cascos azules, y la memoria colectiva. Masacre, genocidio o exterminio. Al gusto del consumidor que valore el asesinato de 8000 civiles baja la cuidadosa mirada de 400 cascos azules holandeses cruzados de brazos. Yo lo llamo repugnante. No se cómo lo llamas tú.

Mezcolanza de culturas, cocktail de religiones que presumiendo de convivencia un día se vio sitiada y al siguiente destruida. Recorremos, con el paso lento de quien se siente sensible, sus históricas avenidas de edificios turcos y austro-húngaros; casa de tejas rotas y ladrillo agujereado, cicatrices de un conflicto aún reciente retransmitido en vivo y en directo.


Desde cualquier punto de la ciudad, sin importar el lugar donde te encuentras, o que medio cuerpo toque Occidente y el otro medio, Oriente, basta con alzar la vista para encontrar las cercanas colinas y en un alarde de real ficción, e imaginar una vida de cuatro años divisando en ellas al enemigo, con sus mirillas observando tus movimientos, sabiendo que el llegar al otro lado de la vía es su decisión o puntería.

Donde las balas erraban, alcanzaban los morteros. Aquellos que tras su explosión despojaron la vida a 11.541 personas, y son hoy senderos de macabras rosas rojas, donde las cicatrices de sus impactos fueron cubiertos de resina roja, creando un difunto jardín palmo a palmo de la ciudad.


Cada esquina guarda una historia, cada acera recuerda a una víctima. Pero Sarajevo se despierta hermosa. Con sus vivos cafés y pobladas teterías. Sus plazas de mercadillo y estrechas callejuelas. Su tranvía de otro siglo y terrazas actuales. Su presente abriéndose paso a un pasado aún perenne. Donde el mercado de Markala, con 68 civiles muertos y 200 heridos aún en la memoria, es hoy símbolo de la masacre, entre activos tenderos que sonríen con gracia al visitante y al futuro.

Una ciudad de un escaso medio millón de personas, y trece mil perros callejeros. La can fobia que parecía ya olvidada reabre sus puertas en nuevo estreno de verano con nuevos protagonistas y mismos temores. Cazadores nocturnos patrullan por las noches capturando a la desbordada población. Quince días es el límite que cada desdichado sabueso permanecerá en el asilo/corredor de la muerte, sabiendo que nadie les reclamará, y la eutanasia es su destino más próximo.

La Jerusalen de Europa. Cuna de musulmanes, judíos, ortodoxos y católicos. Unión de los mundos occidental y oriental. Iglesias, mezquitas y sinagogas en una misma manzana. ¨L´Uomo multiculturale construirá il mundo¨ reza el lema de la ciudad; si nos respetáramos como los hermanos que somos construiríamos aquello que nos propusiéramos… replicamos nosotros.




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