domingo, 18 de enero de 2015

SALTANDO A LA PISTA

Dejamos a la familia croata, pero nos sentimos generosos, y adoptamos un crío de 203 centímetros de altura. Su nombre Alfonso, su apodo Fonxi “el gancho de Atocha”, su estilo, inabarcable. Bienvenido a esta pachanga valiente, la nuestra, la tuya, y cada día, la de más gente.


¿Alguien ha oído aquel dicho de “si no puedes con el enemigo, mejor únete a él”? Sí, ¿verdad? Tod@s o casi tod@s, seguro; pues esta crónica no es más que un resumen de eso, de cómo decidí -y me dejaron- compartir un poquito del Distrito.

“¿Que por qué enemigo?” Es un decir, claro, pero siendo sinceros, yo creo que la mayoría no necesitáis explicación; ya me extrañaría ser el único que tiene colapsado el Facebook con 37 posts por minuto suyos (estimación un poco arbitraria y exagerada, quizás, sino no sería yo).

Pero bromas al margen, hay que ver lo mucho que nos gusta, porque al fin y al cabo, Distrito somos tod@s, y eso es lo que sentí cuando me recibieron en el aeropuerto de Dubrovnik con los brazos abiertos y con ganas de mostrarme que lo leído estos meses también se puede tocar. 

Y así, entre carreras, buses y escaleras con sabor a cerveza y con sonido a miércoles de Champions, apuramos apuramos un poco de Croacia para cargar la mochila de nuevo, mirar el mapa de reojo y despedir al croata balón rojiblanco -lo contrario sería ir a una herriko taberna disfrazado de Millán Astray- y poner rumbo a Mostar -quinta ciudad por tamaño en Bosnia Herzegovina- con curiosidad por descubrir más sobre ese conflicto bélico con el que muchas personas crecimos, y poder entender el significado de lo que para nosotros era solo un Telediario más, o como mucho, un reportaje de Informe Semanal si el partido del sábado por la noche no era gran cosa.

El viaje se hace algo largo y cualquier intento de descansar es dinamitado por el cruce de frontera; tres controles, todo bastante tedioso para los que no han podido coger asiento "preferente" en el bus, y han tenido que hacer del escaloncito junto al conductor su butaca VIP (lo sentimos, Jalber).

Pero merece la pena, tan pronto entramos en la ciudad nos damos cuenta de lo mucho que Bosnia & Herzegovina tiene que contarnos. Nos quiere hablar y nosotros queremos escucharla. Es lo mínimo que se ha ganado tras tantos años de sufrimiento.

Obviamente, 20 años no son nada, o al menos eso es lo que nos dicen los numerosos edificios derruidos que vemos, o los no derruidos pero con visibles impactos de proyectiles en cada centímetro de cemento. Los bombardeos, muertes de civiles y referencias continuas a Milosevic fueron algo mucho más trágico que las noticias de relleno en el telediario.

Tras instalarnos en una habitación “protegida” por perros, cuyos ojos se inyectan en fuego a nuestro paso, y dudar profundamente sobre el sexo de el/la regente del hostel, damos un paseo por las afueras de la ciudad y oímos al extrarradio cuando nos cuenta que todavía hoy la división entre sus habitantes, y las relaciones entre las comunidades bosnia musulmana, la serbia ortodoxa y la católica croata,  es, si existe, la justa y fruto de la convivencia.

Casi sin querer, cuando más zambullidos estamos en la historia de la ciudad, escuchamos gritos de chavales y vemos como una canasta se alza entre lo que algún día fueron edificios. Lógicamente, no puedes esperar que un tío de dos metros se acople al viaje sin cambiar las porterías por una canasta.

Estos dos están curtidos, en dos minutos hay un campeonato organizado, y somos cabeza de serie. Nos pegamos un espectacular 3 contra 3 y demuestro que si Pau Gasol, a sus años, es capaz de batir su record de puntos en un partido, yo aún soy capaz de jugarme un triple desde 7 metros y no tocar ni el aro. Vidas paralelas, direcciones opuestas.

Dejando atrás el mix de rubias en vaqueros fancy y morenas bajo velos hijab, probamos el Çevapi, plato estrella(do) de la gastronomía bosnia, y desvelamos la incógnita; ya sabemos porqué a los cascos azules españoles de este destacamento les hacía tanta ilusión recibir jamón desde su patria.

Nos dirigimos a la zona más céntrica y turística de la ciudad donde el “Stari Most” –Puente Viejo - es la atracción principal y en torno al cual se acumulan tiendas, bares y hoteles a partes iguales.

Además del atractivo visual del puente, destruido en 1993 durante la masacre bosnia por parte del ejercito yugoslavo, fue reconstruido poco años después del fin del genocidio, y ahora existe la tradición y el desafío de lanzarse desde sus 24 metros de altura –sin morir- a las heladas aguas del río Neretva.

Por supuesto, como no podía ser menos cuando se habla de saltos, actos descerebrados y riesgos, Ricky venía ya con el puente anotado en el “to--do-list”, y el salto pasa a convertirse en la prioridad del viaje.

Ya no hay pachangas, ya no hay amigo que viene desde Londres a compartir Distrito y ya no existe Jalber más que para sujetar la cámara y enfocar bien el salto. No, ya no hay nada de eso. Ya lo único que hay es entrenar, en un acantilado cercano, la forma segura de caer al agua sin quedar paralítico, mentalizarse durante horas y, faltaría más, perder el bus a Sarajevo para poder optimizar la luz y el caudal del agua sin que la experiencia no acabe en tragedia.

Todo por el salto, sí, pero… ¿habrá salto?

En Distrito, siempre, de mal en peor, y de peor en mal, ¡recuerda! ni lo leas ni lo compartas, pero sobre todo, no cambies de canal.



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