sábado, 3 de enero de 2015

MORIR MATANDO

Me tiro de voltereta y caigo de espaldarazo; océano de perlas que me ofrece Cracovia, con sus olas tan revueltas que no se por donde empezar la vivencia.

Ando con disimulo, renuevo zapatillas y mochila, y me apoyo en un soportal para encender un piti libre de brisa. La puerta se entorna con mi peso, y entro en la fábrica. La producción esta frenada, como la embotelladora de Coca-Cola en Fuenlabrada, “otro ERE de empresa con beneficios”, susurro para mis adentros.

Es la factoría Deutsche Emailwaren Fabrik, donde un alemán, de nombre Oskar Schindler, y de cinematografiada humanidad, libró a cientos de niños y niñas de una muerte segura, justificando ante las autoproclamadas autoridades nazis la necesidad de contar con personal de chiquitas manos y barata disciplina, para poder manipular las municiones y los cargadores de las pistolas que en su negocio se fabricaban.

De la lista de Spielberg me dirijo a Auschwitz, tratando de localizar el umbral que separa el morbo de las tragedias, del ansía por conocer nuestros pecados para no repetirlos.

El genocidio hecho parque temático deja mi pena convertida en una rebeca de lana para protegerme del frío que inyecta la lluvia y el ambiente, partículas de pesos pesados, inundan el lugar de triste sorpresa.

Fuera las gafas de cada alma para no poder contemplar su drama; fuera los zapatos, para sentir por última vez el suelo en cada pisada hacia las cámaras de gas; ese gas que fluía cada mañana, hipnotizando la respiración hasta dejar de ser, de estar; anclados en nuestra desesperada búsqueda de la inocencia, seguimos enriqueciendo a Bayer, a Volkswagen, a Heinkel, Ford o Siemens, las grandes corporaciones que alimentaban la barbarie de esos hornos crematorios.

Siempre me dio mal rollo pasar junto a “la Solvay” camino de Torrelavega; pensaba que era el humo de su torre, o el romance químico de su olor; ahora entiendo algo más, de su idilio con el III Reich, de las tesis de Erich Fromm defendiendo la naturaleza autodestructiva del ser humano.

Pero no voy a comer la oreja a nadie con el holocausto, porqué ni soy experto en nada, ni Adrien Brody tocando el piano ha conseguido nunca evitar una bomba de racimo sobre la franja de Gaza. Diré aquí, eso sí, porqué es mi blog ¿y sino dónde? que los rebaños de turistas son estabulados durante toda la visita, modo correcalles, mira, anda, pasa, corre, calla, venga, venga, y es difícil lograr lo que uno espera de un campo de concentración, que no es ver, sino sentir.

Cracovia es bella, y se encanta, como Narciso, se queda tonta mirando su reflejo en las aguas del rio Vístula, que la rodea y refresca (un puto frio horrible, ¿pá que tanta poesía?).

Grafitis lucientes en sus calles deterioradas; me guía Aneta, tan polaca como risueña. Nos vamos al extrarradio,  Nowa Huta es el distrito, busco pachangas por el barrio.

Esta ciudad, ahora anexionada a Cracovia, es el símbolo de la resistencia popular por mantener sus amores. A inicios de los 50, repartido el pescado en Yalta entre Roosevelt y Stalin, los soviets decidieron crear aquí una modélica comunidad comunista. Con un ordenamiento espacial digno del escritorio de un opositor, cada enorme y cuadriculada manzana cuenta con su parque, su guardería, su almacén y su de-todo-un-poco. Como un gran sol de hierro, todo orbitaba en torno a la que era la empresa siderúrgica más grande del planeta. 40.000 currantes fichaban cada día en sus tornos. Todos y todas tenían curro, y la presencia del Gran Hermano vigilando sus movimientos no parecía importarles demasiado.

Pero las estatuas de Lenin no compatibilizaban con la presencia de iglesias católicas. Y ahí comenzó el motín. El que sería luego Papa, Karol Wojtyla, celebró varias misas en plena calle, haciendo frente a las autoridades que blandían sus porras contra el feligrés.

Por el día derrumbaban los templos, y por la noche, la peña salía de casa a reconstruirlos, y a tumbar las estatuas de ese Stalin omnipresente. Tanques y milicias de plástico, recuerdan hoy el coraje de su gente.

Desde Moscú, demasiado atareados picándole la tierra a los kulaks y destrozando la práctica marxista, desistieron, y Nowa Huta se convirtió en el primer símbolo de la resistencia libre, intifada europea, como todas, con muertos suficientes como para no decir “¡victoria!”.

¿Qué más, qué más? Mmm, pues a ver, esos chavales están jugando, habrá que recaer. Vuelve el vicio y la risa, equipo mixto, chico chica, que delicia.

Partidín cracovita, en esta ciudad, donde no se puede mentar el fútbol, ya que existe una guerra declarada entre los fanáticos del Cracovia y el Wisla, los dos equipos de la ciudad. De noche salen en banda, a golpear y atracar a los aficionados del equipo contrario. No preguntan, presuponen por tus pintas. Observo a sus chivatos en las esquinas cuando el reloj marca las 12. Frente Atlético, tranquilo, los hay igual de asesinos, y también los hay peores.

Aneta entra en cólera, cojo mi mochila y nos vamos a las montañas Tatras, el último escalón de los Cárpatos, que nos permite acampar en lo alto de la ladera, donde nadie sabe si es Polonia o Eslovaquia.

Y a veces suceden cosas que son difíciles de explicar, bueno, de hecho la mayoría de las cosas son así. Pero habiendo balón, ¿quien quiere razones? Así acabo con un brazalete de capitán, comandando un equipo de adolescentes contra un grupo de veteranos demasiado motivados. Les ganamos en goles, nos ganan en segadas. Cojo y raspado, cojo y me mojo.

Tormentón brutal in the middle of the mountain. ¿Solución? Nos acoge un violinista, que quiere ser monaguillo, que nos presenta al párroco del pueblo, y nos deja acampar en el jardín de la iglesia. La tienda acaba en el anuncio de Scatergories aceptada como animal acuático. Al final, la rebelión del pueblo por mantener sus iglesias ha dado sus frutos, distrito polaco, así lo disfruto.


“La mejor salchicha del mundo” me dice el chef; inocente que soy, le creo un poquito, me embauca, la como, lo flipo y repito. Cracovia fina, llena de sabor y de interés.

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