sábado, 10 de enero de 2015

MITOSIS

La familia crece. Al fichaje de lujo recientemente adquirido, el señor Tato y su magia contrastada, se nos une tocayo de nombre, apellido y patria, Albertito y sus archiconocidos regates en corto llegan para unirse al periplo balcánico demostrando que el crecimiento demográfico es solo cuestión de voluntad y alguien con quien unirte.

Ante semejante elenco de nuevos protagonistas patrios, precisamos de un fichaje internacional que aporte la pizca de glamour de la que carecemos por completo. En Zagreb nos espera Silvia, croata como Davor y es así como la llamamos. Ejerce de anfitriona en nuestra visita al lugar donde hace ya unos años, cuando aún lucíamos un acné que el Clearasil no remediaba, veíamos con asombro la primera guerra filmada en vivo, sin entender con mucha claridad quienes eran buenos o malos, y por qué entre vecinos se mataban.

Ídolos de la infancia, hermanos enemigos que ante nuestro infantil asombro pasaban a defender distintas banderas dejando huérfanos los equipos de nuestra vida. Yugoplástica o Estrella Roja. Divac, Petrovic, Savicevic o Prosinecki . Yugoslavia se desmembraba ante la atónita mirada de un mundo que hacía por no entender, y menos por actuar.  

Avasallamos a nuestra particular Davor con cuestionarios poco claros, ¿quién es quien en esto?, ¿cómo empezó todo?, ¿empieza Eslovenia?, ¿en que bando se situaban los propios croatas pertenecientes al ejercito yugoslavo? ¿por qué esto fue así y no asá. Mucha información, y un minúsculo Renault Twingo aparcado esperando llevarnos por todo el país en oprimida convivencia para aclararnos los antecedentes; al final y al principio, somos el tiempo que nos queda.

Aplicando cultura española, nos adentramos a callejear la ciudad cuando las personas “normales” ya se retiran. Descubrimos que la noche croata poco envidia a la cántabra o la segoviana, fácil. Y entre cervezas con sabores ya olvidados, damos forma a una nueva familia pachanguera.

 Zagreb, más interesante que bella, más ciudad que capital, nos ofrece paseo tranquilo y un balón bicolor al que nos empeñamos en abrillantar. Con emoción, al borde del entusiasmo, nos percatamos de que el aumento numérico de distrito implica la puesta en escena de un “dos-para-dos” en cualquier coordenada espacio temporal, es solo cuestión de voluntad, la que nunca falta.

Retomamos el añorado reto, y entre papelera y papelera, apostamos nuestro orgullo ante aquél que emboque la preciosa bola en el orificio designado por el jurado. Caminamos jugando rondos. Ascendemos escaleras dando toques sin que caiga. Desandamos rampas para recuperar el esférico, maldiciendo nuestra torpeza. Dialogamos en base a un esférico urbanita, que ofrece sus servicios de guía sin haber sido contratado.

Nuestra querida y mártir, Davor, aguanta pacientemente el síndrome Peter Pan que parece poseernos ya superada la treintena. Sus intentos por mostrarnos las lindezas de un lugar, contrastan con nuestra tendencia a convertir avenidas en estadios, con córners por semáforos y líneas de fondo por arcenes. Creemos entender que, observando sin esfuerzo, el sistema solar es representado, a escala y mediante minimalistas monumentos, en los entresijos de la ciudad. Aparece el Sol y encontramos Marte.


Mientras buscamos al desahuciado Plutón, nos encontramos jugando en una boda a la puerta de una iglesia. Estamos seducidos por el patriotismo del balón. Sus tonos rojiblancos, los del escudo de este antiguo país tan reciente.
Autoproclamado independiente en 1991. Cuatro años de balas y morteros, disputas étnicas y religiosas, para que la cristiana y eslava Croacia pudiera izar su bandera, con el orgullo de quien conquista su soberanía, y su dignidad. Insignia que ahora es mostrada junto a la de la Unión Europea, mientras pelean por entrar en un euro del que otros añoran despojarse.
Nos sentimos en un viaje dentro de otro viaje. Cuando el mano a mano Jal-Rics parecía perpetuo, tanto como el raterío diario para no hacer de este viaje una bancarrota vital, ahora nos encontramos, sin embargo, haciendo planes entre cinco, comiendo en restaurantes que jamás habríamos pisado, y pagando cuentas que jamás nos habríamos planteado. Presupuesto roto, corazón lleno.
Apoyados en un portal, y en sintonía con nuestra infantilísima (¿y maravillosa?) actitud, degustamos helado de cucurucho catando originales sabores a puro lengüetazo. De repente se para el viento; vemos estacionar un Mini, justo a nuestro lado, en un lugar no autorizado para comunes. Frotamos ojos y balón, y como genio de la lámpara convocado por el rito de la pachanga, aparece ante nuestros incrédulos ojos un ídolo de la infancia al que teníamos casi olvidado: Zvonimir Boban, el “Zorro de los Balcanes”.

Maestro de la pelota. Supremo detallista. Artesano escultor del pase entre líneas en aquellas gloriosas tardes milanesas, cuando el equipo rossonero era “il capo” de la mafia futbolística europea. Hay trenes que pasan para no volver, y este no estamos dispuestos a perderlo. Nos abalanzamos hacia el coche en una actitud grupee que desconocíamos poseer. La escena de una mujer bien ataviada junto a cuatro semi adultos en bermudas y cucurucho sujetando un balón bajo el brazo, desprende una estampa que Boban interpreta como entrañable, dejándose fotografiar y hasta fingiendo escuchar nuestras frases.
Las fotos no nos bastan, queremos algo más, siempre algo más. Ricardo, sin complejos y con determinación, se lanza a conversación privada ante el asombro de propios y algún extraño.
A lo lejos, desde una distancia prudencial, observamos como el Sr. Boban escucha pero niega, afirma pero calla. ¿de qué estarán hablando?, ¿será un ex futbolista de élite un nuevo miembro de nuestra amada pachanga?...


(to be pachangued…)

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