martes, 27 de enero de 2015

METAMORFOSIS

Solo, sin mayor compañía que una mochila con síndrome de gigantismo, aparezco en Skopie por el simple hecho de que estaba allí, situada en medio de una ruta semi establecida que marca Turquía como el puente hacia una Asia que añoramos como las noches en que todos los colegas estaban aún solteros.

La escasa iluminación de la zona me obligan a buscar alojamientos en las proximidades de una estación la cual no sitúo ni muy lejos ni muy cerca del centro. Simplemente, no la sitúo. En el peregrinaje del recién llegado a un nuevo lugar, ese que obliga a penosos merodeos sin dirección, encuentro un cartel promocional de la gran fiesta del vino local, hoy, aquí, en Skopie. Se esfuman cansancios y lamentos y, una vez abandonado el ya maltrecho equipaje, me dirijo sin rumbo al homenaje al dios Baco.

Salir en soledad es una prueba contra uno mismo que debería ser de obligado cumplimiento a modo reto de una vida. Tan lejos de escenas de filmes idolatrados, verte solitario ante cientos de personas en compañía, no es sinónimo de anónimas aproximaciones ansiosas por conocer tu pasado o inquietudes. Muy lejos de la imaginaria realidad, salir solo es estar solo hasta que tu valor, des inhibición o grado de cuelgue te obligue a dar un paso hacia el contexto y forzar una conversación con quien no sabes si habla un idioma común, tiene interés en charla con el desconocido, es amigo de sus amigos o no es amigo de nadie. Los macedonios son gente solidaria con el colgado. Sin recordar con claridad el cómo, ni descifrar tras algunos intentos el por qué, me aceptaron en varios brindis que terminaron en noche ciega, tarareando himnos desconocidos, bailando danzas extrañas, repitiendo nombres errados.

El vino macedonio es peleón, lo sientes al ingerirlo y lo padeces al amanecer. Con mi cerebro en modo pause recorro las orillas del río Vardar dudando si confundí el itinerario y un golpe de magia me tele-transportó a Port Aventura. Grandes edificios nuevos evocan a lo antiguo en un aire a cartón piedra que dan imagen de decorado a la capital de un país reciente. Macedonia nació en el 91 logrando una independencia de la antigua Yugoslavia sin derramamiento de vidas. Nadie pareció prestar especial atención a un país de a penas 2 millones habitantes y nombre de cocktail de frutas. Nadie menos Grecia, quien notó su orgullo histórico removido por una nueva patria que buscando en el pasado antiguo los pilares de su nueva identidad escogió un nombre y una bandera que los griegos reclaman suyo. Las Naciones Unidas, en una pirueta diplomática de las que no dejan a nadie satisfecho pero calman los ánimos del personal, denominó al lugar Antigua República de Macedonia. Modelo Prince formato nueva República. Una vez constituido el nombre, tocaba buscar símbolos gloriosos en la historia, y por allí apareció Alejandro Magno, y sobre su figura se decidió edificar una unidad que los libros ponen en entre dicho.

Alejandro, Filipo y el maestro Aristóteles nacieron y vivieron en territorio griego, la Macedonia histórica, un poco más al sur de la patria que ahora presume de antepasados gloriosos. Las calles recientes han sufrido la invasión de estatuas y monumentos. Simulan un mármol blanco que no alcanza a mero yeso. Imponentes bustos de remotos personajes. Y Alejandro el Grande, siempre Alejandro, a caballo, con espada, escudo, semi desnudo o en armadura. Su vida es plasmada en un culto a la persona que asumen propia siendo un reconocido vecino. Pregunto si conocen la película y el tinte de pelo de Collin Farrel esperando que tras visto el esperpento se remuevan conciencias y alguien ponga fin a la inversión de 500 millones de euros en la transformación de la capital en parque temático...o denuncie a Oliver Stone por daños y perjuicios. Alguien debe pagar por semejante despropósito.

Pero Teresa de Calcuta sí nació aquí, y su antigua casa es ahora un museo como también lo era donde vivió en Albania, y donde murió en India. El verdadero museo de la pequeña Madre son las calles de Calcuta, donde su obra ya fue contada en un antiguo post que ahora, frente a su primer hogar, me devuelve al pasado. Síndrome macedonio: lo ya ocurrido solapado al presente.

Peregrinando por sus estrechas avenidas, entorno mis ojos de miope en busca de alguna pelota, alguna señal de vida balompédica que me permita volver a la realidad tras mi paseo por la nueva antigüedad. Camino y camino atraído por la intuición, aquello que denomina lo inexplicable y unos llaman fe, y yo perseverancia. Y allí está, en un inclinado césped que empuja el balón hacia un costado, la pachanga en su puro estado. El sol otorga al evento un aire de felicidad al que me uno sin demora. Feliz yo, y feliz el personal, o no, pero disimulan con un esmero con el que me dejo engañar.

Bulgaria fue el primer país en reconocer a la independencia de Macedonia, pero las relaciones entre ambos países son pésimas, no obstante Bulgaria luchó con Serbia por su dominio, cuando fue liberada del dominio turco, allá por el siglo XIX, pero perdió. La raíz de la trifulca es, como no, pasajes de la historia, fronteras ficticias y orígenes dispersos. Al parecer, atravesar esta zona, trasladándote de un país al otro, es al fin y al cabo atravesar límites enfrentados.

A Sofía llego sin conocimientos previos ni planes establecidos. Una vez más. Comienzo por informarme del origen del monárquico nombre, y encuentro una estatua a Santa Sofía, mártir adorada por la iglesia ortodoxa, ato cabos simples y hallo sin mérito la primera de las respuestas. El peregrinaje arquitectónico me lleva de una iglesia a otra, de una catedral a un mercado pasando por algún parque descansando en un bulevar. Decido apañar tranvía asumiendo que su recorrido me llevará a algún lugar interesante sin consular paradas ni planos. Veo alejarse los límites de la ciudad y aparezco en algo que denominaré como extra radio. Más perdido que Ana Mato en una biblioteca me propongo desandar lo no caminado preguntando una, al parecer, desconocida dirección. Encuentro un barullo que me atrae, mucho chándal y mucha quinceañera, mañana juega aquí el Madrid y los caza-autógrafos esperan ansiosos el riguroso shelfie con las sobre valoradas estrellas. Me alejo cabizbajo meditando lo lejano que llegó el mercado del fútbol desde su origen pachangero.

Visité otros lugares sin anotar sus nombres. Conocí a amables locales que me mostraron gastronomías autóctonas. Pero me fui sin catar pachanga. La ciudad, tan bella ella, queda atrás como un lapso sin esférico, un tiempo desaprovechado... una jardín sin flores.


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