jueves, 15 de enero de 2015

LA ROCA

“¡Splash!”

Dubrovnik, pétrea, la perla del Adriático, el escaparate turístico de Croacia, la más hermosa, rollo Andrés Velencoso, o Helen Swedin, la mujer de Figo, que prefieres mirarla a tocarla, porqué te amedrenta con su belleza, aunque… la verdad, si se pone, tampoco te vas quitar, ¿no?

Y no se quita, así que la entramos, y se deja abrazar como el Instagram a la última puesta de sol del verano; desesperados por exprimir esta última etapa de distritopachanga versión familia numerosa.

Tan guapo el decorado y tan funky la música, que en este garito siempre ha querido entrar todo kiski. La llamada “Laosioi” –sobre las rocas- fue liberada de los invasores eslavos por un tal Roldán, aunque este seguía las directrices de Carlomagno y no las del señor X de los GAL; después paso a ser controlada por venecianos, y respetada por los otomanos previo pago de amor en metálico al Sultán; raptada por los Habsburgo, y sodomizada por Napoleón hasta que el Congreso de Viena destituyó de su cargo al Enfant terrible.

Después llegó el mariscal Tito a jugar con su Naciones-nova, y se inventó Yugoslavia, hasta que en 1991 empezó a desmembrarse el tinglado. Los ataques del ejercito hermano el 6 de diciembre de ese mismo año, dejaron la ciudad como la Cañada Real, pero Dubrovnik, más enamorada de si misma que Carmen Lomana, se recompuso, se restauró con indescriptible finura, y reclamó constituirse como la “Republica Independiente de Ragusa”; pero la autodeterminación solo funciona en Groenlandia y en los anuncios de Ikea.

¿Hablo de historia aunque a veces aburre?, o ¿peco de egocentrismo y me centro en nosotros? mira, es difícil escribir un post equilibrado; tanto como encontrar un cuchitril barato y sin que la ducha parezca una peluquería. Contar con una cicerone croata nos salva, y atracamos nuestras canoas en el suburbio de Gruz, junto al nuevo puerto, y lejos de la muchedumbre con palos para hacerse selfies.

Dijo Einstein “las coincidencias son las cosas creadas por los dioses para permanecer anónimos”, y joder, Alberts (los dos segovianos, y el científico alemán), a 10 metros de casa he visto un estadio, con la puerta abierta, vacío, y con el césped en mejor estado de forma que nosotros. Cinco minutos después, el jardinero y su carretilla llena de cal para pintar las líneas de banda, se quedan petrificados viendo el “2-pa-2” Cantabria versus Segovia que ocurre ante sus ojos.

Su shock no es por nuestras pintas, nuestros resbalones, con caídas a barro incluidas, o nuestros gritos ibéricos “¡jodeeer, toca! hombre, toca y vete” sino porqué para much@s aficionad@s al mal fútbol, este era un derby largamente esperado.

No hay espacio para la crónica ni el resultado, ni tampoco tiempo para correr hacia el mar. Mirando a los turistas con ese cínico sentimiento de “yo no soy guiri, no, yo soy especial”, surcamos las brillantes calles de Ragusa, la ciudad amurallada; alicatada con mármol blanco, da miedo pisar fuerte; sin sensación de aristocrático lujo, cada baldosa luce poesía y no oro, te destella el alma, te ciega los ojos como el astro rey a Cristóbal Montoro.

La leyenda nos cuenta que no hay héroe o heroína capaz de subirse en un peldaño que sobresale de la pared sin presentar, aparentemente, ninguna dificultad para su conquista. Resultado de hoy, en: “¿quién es el más flipado?”: el ganador aguanta en la cima los mismos segundos que un coito de Robert de Niro en Jackie Brown.

 “Mira, mi amol” (le digo al balón), “ya se que los azulejos parecen delicados, pero ¿has pensado que maravilla como se deslizarían aquí las segadas?”, y entre un baño y otro, amantes del salitre, estamos jugando una señora pachanga (digo señora, porqué es guerrera, luego es mujer, porqué la portería es la pared de la iglesia, y porqué las vecinas, saliendo de la homilía, se quejan de los balonazos).

Bendecidos por la falta de arena que raspe el empeine en cada chut, valoramos las ventajas de las playas rocosas, ¡oye! Mucho más aséptico todo, sin ducha ni nada, te puedes calzar e irte a casa sin escuchar Peta-Zetas en tus pies. La gente se para demasiado, y nos fotografía como si fuéramos estrellas, perdón, monos de feria quería decir.

Mi discutida chilena para sacar de puerta impacta en el impávido semblante de una turista japonesa; sus 168 años, y sobre todo el susto, me llevan a disculpa…

…mientras Tato, solo y vejado por el dueño de un restaurante, trata de armar de nuevo el caballete con su cartel de “Menú”, y los demoniacos chavales, que lo han tumbado con su centro-chut, huyen despavoridos, como los 10 millones de euros en el bolsillo de Luis Roldán hacia Laos.

No es bueno sentirse agraciado, es cierto, bueno, esta muy bien sentirlo, pero no contarlo y menos en un blog donde la gente quiere oír tus desgracias y no tus suertes, lógico. Pero oye, un año viajando, incluso pasando 10 días en Cherapunjee, en India, el lugar supuestamente más lluvioso del mundo, y ya no sé si perseguimos al sol, si él cuida de nosotros, o si es que el txrimiri santanderino y la bruma hanoita me han hecho perder el criterio de lo que significa solear. Seguramente nos guía la luna, y es a esta a quién el sol espía cada día, (pura coincidencia, Einstein).

Y entre los rayos y las olas, aparece la pachanga más ruda, ¡la pachanga marinera¡

A las faldas de la muralla, con oxidadas porterías de waterpolo, y un sinfín de riesgos, como caer a las rocas por la banda, resbalar con las algas del área, o reventarse uñas pódales a cada paso, a cada hierro suelto.

Conformo con Tato un escuadrón infalible (no comments). Sufrimos, mucho, todo, pero también les hacemos sufrir a ellos, tal vez más, porqué esperaban dos sparring (esos que dicen “soccer” en vez de “football”, ya tu sabes) y oye, nos vamos a la farmacia a comprar gasas y Betadine, cojeando, sí, pero con la mejor de las sonrisas...




...Ciao Croacia, bellisima roca…


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