martes, 6 de enero de 2015

GYROS CREW

(continua Tato a los mandos, al teclado; con su sesgada visión de la realidad y sus intentos por pedalear a nuestro lado)

Es hora de poner rumbo hacia el sur y no podemos obviar la gran mancha azul en el mapa, el lago Balaton.

- "¿Qué dice la guía al respecto?"
- "Destino turístico, aguas serenas, buen vino, grandes fiestas, pubs junto a la playa…"
- "¡Tres billetes para el próximo tren a Siófok! por favor"

Y aquí estamos, es tarde y de camino al hostel nos frotamos las manos leyendo cada cartel: “Wolf of Wall Street party! Single's party every Friday!”…

Nos recibe Andrei Xepkin. Así le bautizamos inmediatamente por ser el primer jugador de balonmano que nos viene a la mente. Resulta ser un ex jugador del Veszprém húngaro que se conoce al dedillo la alineación del mítico balonmano Teka cántabro. Decidimos alojarnos allí a pesar del abusivo precio porque nos da miedo decirle que no a semejante mole.

Ducha rápida, nuestras mejores galas, y al jaleo.

- "Cenamos aquí, en la zona de bares".
- "Está un poco tranquilo de momento para ser el Benidorm húngaro... ¿no?"
- "¿Qué tienen de comer?"
- "No sé qué de… Gyros, rollo kebap ultra contundente, es lo más barato".
- "Que sean tres".
- "¡Qué rico!"

(Cri cri, cri cri… suenan los grillos)

Es tarde, está oscuro y no es tiempo de buscar una pachanga al uso. Cambiamos billetes por monedas y saciamos el ansia pachanguera con las máquinas de la zona recreativa. La poca gente que pasa se queda extrañada ante tal nivel de competitividad jugando al Guitar Hero. Alcanzamos el nivel máximo en la máquina de baile a pesar de tanta falta de sincronía corporal y biengastamos las últimas monedas compitiendo en las mini canastas por los últimos resquicios de honor.

Forzamos la última copa a la espera de que lleguen hordas de gente a llenar las calles y los bares…

(Cri cri, cri cri…)

A la mañana siguiente Xepkin confirma nuestros temores, es temporada baja. La alta terminó la semana anterior. Miles de personas abarrotaron las calles y los pubs a diario, las playas eran un hervidero, aun quedan en pie los carteles anunciando las fiestas y el suelo está lleno de flyers sin recoger. Sigue luciendo el sol y la temperatura es igual de agradable que hace una semana, pero alguien decidió que el pasado sábado era el último día ¡y no hay más que hablar!

Toboganes sin agua, playas sin gente y parques sin niños. La ciudad es nuestra ¡toda para nosotros!


La pachanga normalmente implica balón, pero lo cierto es que, la única condición indispensable es que vaya rodada. Así que le alquilamos unas bicis a Xepkin y nos vamos de ruta por al lago.


Desayunamos un buen Gyros (empacho premeditado) y perdemos el primer barco a Tihany, más por tradición que por necesidad, más por forzar el baño que por impuntualidad.

Pedaleamos. Me encuentro mal, pero no he venido a reventar el distrito y disimulo. “Buf, esta pájara no hay quien la esconda”. El GPS marca tres minutos de diferencia con la tête de la course cuando llevamos 5 minutos de ruta. Alberto se viene arriba, comparte ADN segoviano con Perico y se le nota en su salsa. Saco fuerzas para asegurarme el maillot punteado en un repecho. Lo consigo pero me pasa factura y finalmente pierdo valiosos cuartos de hora en meta.

Terminamos la etapa en un camping cerca de Balatonfüred, nos ponemos (a propósito) la peor combinación de colores, y nos damos un reparador chapuzón.

A la mañana siguiente me encuentro peor, el gélido baño en el lago de anoche  no ayudó. Desvalijo el botiquín de analgésicos y rezo para que no vengan los vampiros del comité antidopaje la siguiente noche. Queda la etapa reina porque juntamos dos para llegar a tiempo a la noche Siófok, que aun nos debe una.

Voy de menos a un poco más mientras las bicis de Xepkin empiezan a destartalarse. Quedan 30 km de manillares flojos y ruedas deshinchadas.

El entorno nos da el aliento para seguir el camino. Parada, baño y piti prohibidos, básicos.

Llegamos a la meta y recibimos nuestro premio. Es fin de semana y se nota en el ambiente. Esta es la última noche y promete. Ahora sí, ducha rápida, nuestras mejores galas, y ¡al jaleo!

- "Cenamos donde el otro día que estaba bien ¿vale?"
- "Yo la Spartan salad", dice Ricky
- "Para mí el sándwich", dice Alberto
(me miran…)
- "Gyros, menú grande".

Esta vez sí, tomamos la primera cerveza en una terraza y el garito empieza a llenarse. Nos animamos a entrar e insinuar unos bailes. Se produce un halo de repulsión entre nosotros y el resto de la gente. Comprobamos si nos hemos duchado bien pero no es eso, sospechamos que es porque pulverizamos la media de edad. El rictus serio y los brazos cruzados de Alberto no ayudan. Da igual, se anima el garito, fluyen los temazos

Cae el primer borracho por su propio peso, inmediatamente bautizado como "Vergaboy", se masca la pelea; la evadimos; ya estamos integrados. Se podría decir que lo petamos, vamos sobrados (no). Se calienta el ambiente; una despedida de soltera, distrito y pachanga, en un mismo espacio, y escucho el diálogo:

-"¿Me invitas a una copa?"
- "No"
- "¿Tienes un condón?"
- "Mmm, no"
- "¿quieres beber un chupito de mi vientre mientras reposo en tendido supino sobre la barra del bar?"
- "Tampoco".
(esta conversación esta basada en hechos, surrealistas, pero reales)

Se termina la noche para nosotros pues mañana madrugamos para coger el tren hacia Zagreb, donde nos espera Davor Suker, buscando la sombra en partidos estivales.

Pero un corte por mantenimiento de la vía del que no nos habían avisado nos obliga a tomar un autobús que en realidad ya hemos perdido, ¡bien! momento crítico. Toca improvisar. Por suerte, estos de otra cosa no sabrán, pero de eso




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