sábado, 3 de enero de 2015

ESAS CERVEZAS ALEMANAS


El bendito blablacar, o como compartir coche y que todos salgan ganando, es la forma de desplazamiento escogido para nuestros periplos europeos. Transportado de puerta a puerta, aparezco en un hostal periférico dispuesto descubrir que Múnich es mucho más que su Oktoberfest y la tierra adoptiva de Guardiola.

Múnich, un pueblo que siempre soñó con ser ciudad. El ambiente provinciano contrasta con los nuevos límites que poco a poco se alejan de lo que aún es el centro del lugar. Baviera, gente del sur que presume de caluroso carácter en relación a la frialdad de sus vecinos norteños. Tierra de monjes. Aquellos que dieron nombre a la ciudad cuando solo era un lugar de paso para comerciantes de sal.

Pillo mapa y enlazo zapatillas, con cámara y blog de notas resplandeciente, me disfrazo de tío Mac en busca de postales que enviar a mis pachangeros Fragels.




Marienplatz, imponente, reconstruida en su día como toda la ciudad. La plaza se inunda de turistas cada hora en punto, cuando su curioso reloj ofrece un mecánico espectáculo, donde alegres figuritas danzan, cabalgan y pelean, simulando unos tiempos pasados ahora convertidos en tradición.

Como toda ciudad, Múnich puede simplemente pasearse, disfrutando del jovial ambiente y la abundante cerveza; o hacer un esfuerzo por comprenderla. Es entonces cuando descubres que los dorados adoquines no son simple atrezzo, sino símbolos de la ruta contraria al ideario ario. Que los huecos oscuros en algunas paredes no son desgana del ayuntamiento, sino placas conmemorativas a los partidarios de la esvástica. Indagando entre explicaciones me adentro en la historia de la ciudad, y todo lo que voy descubriendo guarda una estrecha relación con el Nacional Socialismo.
















Hitler nació en Austria, y llegó a Múnich en plena juventud. Frustrado por su infructuosos sueños de artista, abandonó su tierra natal en busca de una vida bohemia. Cuesta imaginar a uno de los seres más despreciables que ha dada la historia de la humanidad ejerciendo de buscavidas entre artistas y poetas. Cuentan los biógrafos que hasta fue feliz, dando un toque de humanidad al iconoclasta monstruo. Pero todo queda en simulaciones. La locura se apoderó de la bestia, y en "Noches de cuchillos largos, y de cristales rotos", la oscuridad se expandió por la ciudad hasta alcanzar sin pausa media Europa. Sus discursos en las principales cervecerías son aún recordados. Las sedes donde sus fieles discípulos confabulaban macabros planes son aún visitadas. No son lugares de culto a una época despreciable, son puntos de recuerdo a una historia que perdonar.

Resulta complicado avanzar sin pausa en la hiperactiva urbe; en casi cada esquina, de casi cualquier calle, una gran jarra de cerveza ejerce de sirena Homer Simpsoniana, tentando sin pausa al transeúnte. Las cantidades ingeridas de cebada obligan a buscar un parque donde digerir sus beodos efectos.

Aparezco en la cresta de la ola, el English Park, donde urbanitas surferos cabalgan la perene ondulación que permite a los más "cool" mostrar sus habilidades entre cientos de flashes que recuerdan el momento. 

Sin pausa continúo, quizá empujado por una embriaguez no buscada en pleno mediodía. Encuentro pachanga urbana y me animo a dar unos toques, pienso que los sudores son motivados por el esfuerzo y no por un amago de resaca que desde hace un rato decidió acompañarme sin haber sido invitada. 

Termino en un Beergarden, brindando con desconocidos que, en un inglés que a mí me suena a alemán, me narran sus peripecias por Mallorca. Por dejarme llevar, o quizá por intentar una mayor integración, afirmo conocer los mejores bares de la isla cuando en mi vida la pisé. Mentiras veniales de un borracho mañanero. El tamaño de las salchichas son sinónimo de indigestión. Y así, con mi cabeza en modo peonza, y mi estómago en formato indisposición, me propongo llegar a la vía olímpica sin vomitar en el intento.
Llego sin saber cómo tras una ruta de comecocos. Me pierdo en divagaciones y me pierdo, la verdad. Me empeño en demostrar que la línea recta es la distancia más corta para unir dos puntos, y que las vueltas sin sentido son la mejor manera de asentar el mareo. 

El estadio es de pago y  me conformo con trepar a una valla para escasamente distinguir algunos asientos y un trocito del muy cuidado césped. Pero cuento que lo visité. Más allá de acontecimientos deportivos, las olimpiadas del 72 son tristemente rememoradas por aquellos atentados radicales de estas luchas interminables. Me propongo revisar la película de Spilberg,  sabiendo que si tengo acceso a algún film del director que marcó todas nuestras infancias, terminaré viendo de nuevo E.T, y no más dramas antisemitas.


En el muy aclarativo plano, que muestra dónde estás y todas las opciones a donde dirigirte, descubro un paseo de la fama que intuyo interesante. Muy lejos de la realidad. Las estrellas que aquí dejaron sus huellas están a la altura de "El Enterrador". 

Me planteo apañar tiza y dejar el sello de pachanga. Entonces percibo que las luces son ya artificiales, que estoy muy lejos de donde debo llegar sin saber con certeza donde estoy. Abrocho sudadera y enfundo capucha, cabizbajo, arrimado a los muros que creo recordar, pregunto y pregunto por una dirección que nunca consigo pronunciar mientras prometo no volver a catar cerveza en Alemania, y menos como desayuno.


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