martes, 13 de enero de 2015

BELLA ERES...


...Amanecemos en un aparthotel  con cocina americana y renovamos el  arte de acudir al mercado para cocinar, en un dejá vu de vida rutinaria que produce más escalofríos que placer. El inexistente mapa nos impide ser conscientes de una ruta decidida por consenso de ignorancia. Vamos al sur, siempre al sur, como las aves en invierno, y desde las ventanas de nuestro minimalista Twingo, alcanzamos a degustar una Costa Adriática que invita a parar en cada semi-habitado pueblo.

En un alarde de falsa caballerosidad muy castellana, el lugar del copiloto es ofrecido entre unos y otros simulando que nadie lo quiere aun sabiendo que todos lo desean. El dialogo de cortesía “no, no, en serio, ponte tú que a mí de verdad me da igual”, es la retahíla en cada parada, intentando concienciarnos de que el orgullo de ceder compensa el sufrimiento de las piernas encogidas (mentira).

Rozamos el Adriático en cada milla, mientras el ocupante del asiento trasero, aquél situado justo en el medio, siente recoger una pastilla de jabón en la ducha de una prisión que jamás visitó. Cuando el  aprendiz de fakir es uno mismo, trata de obviar la realidad centrándose en historia del lugar.

Como la de la Nikola Tesla, vecino de la región y, sin duda, el gran olvidado de los grandes inventores. Creador único y reconocido de la radio. Su nombre nunca es mencionado en el Trivial, mientras la sombra de Marconi oscurece al loco genio loco croata, que se adelanto a su tiempo, generando corriente alterna y electricidad sin cables, siglos antes de que Wi-Fi diera su golpe de estado mundial.  


Visitamos pueblos cuya belleza nos hace olvidar sus nombres. Paseando por sus inclinados empedrados nos cruzamos con ancianos de bastón y boina, y nonagenarias de pañuelo y millón de arrugas, ante las que el inconsciente espera ansioso un "Krojoña que Krojoña" que nunca oímos.

Split nos recibe con una lluvia arisca como irónica bienvenida, y montamos un "rondo extreme" en el parking, esperando encontrar un lugar donde dormir, y donde esconder los retrovisores y limpiaparabrisas que el balón ha decidido jubilar.

Dicen que Split es hartamente linda, y nos quedamos con el "dicen". Sin madrugar ni tiempo para turística inspección, realojamos nuestro acordeónicos cuerpos en los familiares asientos, y nos llevamos el Twingo a navegar, dirección vela Luka.


Croacia son 1184 islas, islotes y peñascos, y aparte esta Korçula, tierra natal de Silvia Davor a.k.a. La Santa Job. En un ferry que dábamos por perdido, surcamos unas aguas tan cristalinas que aclaran mente y sentimiento.

Sentimos el aliento del balón, ahora apodado Boban, en cada curva, en cada stop; la pachanga está en el horizonte, predestinada y paciente. chupamos dedo indice y esperamos que el viento decida la dirección tomar… pero solo funciona en las películas de acción, así que tiramos de intuición.

En el cruce de dos carreteras comarcales, rodeados de casas con verjas punzantes, cuatro víctimas de la LOGSE croata, aguardan sin saberlo aún al equipo de distrito pachanga con mono de pelota. ¡"iñññjjj!, echamos freno de mano, y en medios segundo ya estamos chutando balones y esquivando defensas motorizados en inoportunos coches .

Los desnivelados equipos obligan a las tretas menos deportivas, donde Albertito 2.0, en un alarde de simulaciones, pataditas al tobillo y fingimientos piscineros, demuestra porqué la Gimnástica Segoviana nunca pasó de Segunda B, y la poca fe en que estos ojos algún día lo vean.

Es pachanga rural, sobre la brea del asfalto, auténtica, de las de balón perdido en casa ajena. Un recordatorio de tiempos lejanos, mientras observamos con empatía el ajado pantalón de uno de nuestros mini fichajes; desgarrado al saltar la verja que esconde el esférico, su rostro victimista entona esa compungida frase que traducimos sin esfuerzo: “ostras, mi madre me mata” ...las progenitoras, sus zurzidos, la compra de rodilleras y sus eternas desavenencias con la pachanga.


El síndrome de abstinencia queda temporalmente resuelto. Lo celebramos con saltos desde un muelle que invita a las acrobacias. Esas que la edad, los miedos y la falta de coordinación, malamente permiten.

Silvia, inconsciente ella, nos presenta ante su familia como "gente de bien"; nosotros, con gusto aceptamos la invitación a cenar, siendo rapidamente aturdidos por las costumbre locales, dónde el aperitivo es una ristra de chupitos de rakija, el típico brandy balcánico.

Eternamente agradecidos, vamos dando tumbos por Korçula, buscando un calimotxo que sabemos no encontraremos, y sabemos no nos gustará.

Sobre un pretil alejado, escuchando las olas contra la piedra romper, disfrutamos de las charlas que solo l@s amig@s regalan, en una Croacia que, dócilmente, se deja querer.










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