lunes, 5 de enero de 2015

AEROSOLES


En bus nocturno, con un wifi cuyas rayitas dicen "estamos en Europa", me planto en la capital germana con las primeras dosis de la historia del nazismo aún en la retina. Recibida la del lado sufridor, adentrémonos en la del bando culpable.

Antes, de paseo por las avenidas de territorio Merkel, y del brazo de mi hermana, descubrimos que el arte urbano es moda y los grafitis una forma de expresión autorizada que inundan paredes y fachadas dando un toque modernista a la capital del Reino de Prusia, de la República de Weimar, del III Reich, y de la actual Alemania.


Buscamos una casa ocupa ahora ya deshabitada, pero la encontramos vallada. Acudimos a la isla de los museos, pero la encontramos saturada. Optamos por cerveza y salchicha olvidando promesas recientes de no ingerir alcohol hasta la puesta del sol.

La puerta de Brandeburgo y su Cibeles de costado, dando la espalda a los recién llegados, es el lugar escogido para poner un poco de orden al anárquico recorrido. Seguimos desbordados.

Aparece ante nosotros, modo flashback en videoclip, el hotel cuya ventana empleo el poco cuerdo Michael Jackson para mostrar al mundo su bebé, amagando sesión alevín de "balconing".

Los semáforos se muestran diferentes, el pequeño monigote al que inconscientemente estamos tan acostumbrados, es sustituido por otros con distinto porte; con sombrero de campesino o falda de aldeana, son resquicios de épocas comunistas mantenidos por petición popular. Mantenemos nuestras dudas en la dirección a escoger. Decidimos dejar que sea su historia más reciente quien guíe nuestro caminar.

Berlín, como tantas otras ciudades, fue llevada a cenizas en plena II Guerra Mundial. Dividida en cuatro sectores, y administrados por las cuatro potencias aliadas, tras la derrota final del nazismo, quedó finalmente partida en dos. Fueron externos quienes decidieron que parte correspondía a cada uno, marcando así el devenir de casi 4 millones de personas que, de la noche a la mañana, debían seguir los dictados de comunistas o de esos aliados auto proclamados "demócratas".

Si caíste en el lado errado, mala suerte. Tu existencia será antagónica a la del vecino por los próximos 40 años. La calidad de vida entre un lado y otro empezó diferenciarse, y la gente, reconociendo sin esfuerzo en qué lado se vivía con mayor holgura, comenzó a emigrar de este a oeste a un ritmo inadmisible para los jefes del Kremlin. En 1961, una noche que bien podría ser cualquiera, cientos de soldados saltaron a las calles ataviados con punzantes alambradas. Desplegaron 144 km del espinoso carrete, sembrando la semilla de lo que daría paso al archiconocido muro. Aún hoy, caminando con cierta atención al suelo que se pisa, descubres el trazado de la construcción que hasta 1989 mantenía partido al mundo.

RFA, sitiada y rodeada, con vuelo directo a Nueva York y sin opciones de cruzar de calle.
RDA, paranoica, con tránsfugas y disidentes y la Stasi bien atenta a "La vida de los otros".

No hubo orden oficial que autorizara su destrucción. Una precipitada frase de Günter Schabowski, ex funcionario del Partido Socialista Unificado, anunciando la derogación de todo limitante para viajar al extranjero, fue interpretada por unos ansiosos berlineses como el fin de unas vidas divididas. Mientras Angela Merkel, estudiante de física, se quedaba en casa pensando que era una broma (soooosa).

Berlín, tras la absorción –que no reunificación-  de Occidente sobre Oriente, quedó definida como una ciudad elevada al cuadrado. Dos ayuntamientos, dos plazas principales, dos parques descomunales, dos zoológicos en funcionamiento, dos zonas residenciales... dan una perspectiva de duplicado a la torre de control, mal nos pese, de las políticas de la UE.

Potsdamer Platz, Bundestag, Reichstag, monumento del holocausto, Gendarmenmarkt, Alexander Platz, Tiergarten, Karl-Marx-Allee... todo visitado, y entre tanto monumento, tanta historia y tanto adoquín, me conformo con un desaborido rondo en un parque hiper cuidado… ...para cubrir la ansiedad pachanguera rezando por reencontrarme con Ricardo en Polonia, recibir a Tato en Budapest, y pillar tiempos mejores para desplegar pelota e ilusiones en el viejo continente.

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