martes, 23 de diciembre de 2014

RESAKAKREMLIN

La estación señala Moscú y retenemos con apuros las lágrimas. Incapaces de descifrar si son de morriña, por lo que dejamos, o de emoción, por donde nos adentramos, en breve se nos despeja toda duda. Las calles simulan un desfile de Victoria Secret al que nos hemos auto-invitado.

Escasa media hora alcanza para confirmar las habladurías que con anterioridad nos comentaron: las rusas son las más bellas, mejorando lo presente. Lucen ropas de diseño y sofisticados complementos. 



Mientras Lenin, junto todas sus ideas, descansa embalsamado, caminamos por las principales avenidas observando bien atentos los contrastes de edificios estalinianos, hoy sede de nuevos MçDonalds. 

Ni rastro de un ápice de comunismo en una ciudad que compite en ese podio de las más caras de la tierra con la futurista Tokio y la indescifrable Luanda. La gama alta es el único modelo de vehículo que educadamente nos cede el paso. Estamos en la ciudad con más multimillonarios del mundo. Las muchas horas encerrados en el diminuto compartimento transiberiano repasan la lección a nuestras entumecidas piernas, en busca de un asequible albergue para nuestro pírrico bolsillo.

Acorde con lo imperial del contexto, la pensión más económica cuenta con piano de cola y biblioteca repleta de clásicos. Todo luce pomposo, propio de una época pre-revolucionaria, hasta llegar al dormitorio de las ya míticas camas sarcófago. En un oda al aprovechamiento del espacio, y una burla al comfort del cliente, las literas han sido ajustadas a modo colmena quedando encajadas unas en otras, ejerciendo cada cama de empotrada cajonera. No apta para males claustrofóbicos. 



Pocas capitales cuentan con highlights tan destacados; esos lugares que tantas veces admiraste en la tele, o en el cine, o en el periódico, y te imaginaste un día allí, justo delante, sonriente ante la foto de rigor. 

Paseamos por el Kremlin en simple camiseta bajo un sol resplandeciente que parece alegrarse ante nuestra aparición. Le devolvemos el favor entre retratos voladores que roban protagonismo a San Basilio y sus cúpulas plastidecor. 



Sin fuerzas para un vodka, nos conformamos con cerveza, y en una prueba más de que los latinos "bien nos entendemos", terminamos de tour nocturno con la tropa de La Habana, quienes nos muestran que en tierra de bolcheviques, la salsa es la nueva danza de los cosacos. Terminamos esquivando los camiones que, a golpe de manguera, mantienen cada noche impoluta la Plaza Roja y sus alrededores. 

El paso de la edad, más cruel cuanto más seas fotografiado, se muestra en su esplendor en situaciones concretas, admitiendo comparación con un pasado cercano. El cenit de su maldad es, indiscutiblemente, la resaca.

En las sienes, dos clavos ajustados con taladro son los nuevos miembros de distrito, en este segundo día por la capital bolchevique. Buscamos consuelo en las casas-museo de los maestros. Tolstoi y Dostoievski, elevados al selecto grupo de "Los Grandes", combinaron un talento extraordinario con la pluma, con un su vicio insano por la petaca. Padecemos una, intentando aprender la otra.

Nuestro estado roza lo lamentable, adjetivo que se ajusta a la calidad del museo en honor al padre de "Crimen y Castigo". Si de un museo sales comentando el bigote de la guía, ese lugar no merece ser recomendado. El de Tolstoi, ni lo encontramos. De un lugar a otro nos transporta un metro que deja al intercambiador de Moncloa en estación de Nueva Delhi. Desciframos sus paradas en un casi familiar cirílico que ya nos fue presentado en nuestra siempre querida Mongolia. 

En unas escasas horas comprendemos con claridad lo que tememos será nuestro paso por Europa, mucho museo, mucha estatua y escasa pachanga. 


En el parque Gorki cruzamos dedos por la aparición de un balón que nos quite de encima todos los dolores que la noche anterior nos han traído. En un recinto vallado encontramos peña y bola, y de golpe los siete males acumulados amagan con desaparecer. Tristes de nosotros. Recibimos un varapalo del que dudamos recuperarnos; nos niegan la entrada. Como en Pachá siendo quinceañeros, cuando tu ilusión descansaba en el criterio del portero, somos negados en la pachanga moscovita con la sectaria excusa de que ya eran suficientes. 

¿Sobramos? Sobran ilusiones por encontrar otros lugares y otras pachangas, acostumbrados al premio gordo, hoy salió "sigue rascando".






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