jueves, 18 de diciembre de 2014

PACHANGA JONES Y LA BUJÍA PERDIDA

-       “auuuuhhhh” aúlla el lobo
-       “aurgghh” tose la moto
-       “uffff” suspira mi garganta

Nos despedimos del lago Oginuür y afrontamos la nueva etapa con tanto miedo como ilusión. Horas y horas rodando, rufando, acelerando, driblando baches, recortando charcos, chocando el pecho contra un viento inclemente; vibra el casco, retumba el chasis, trato de poner velas a San Blas, para que no se joda la moto, pero la brisa apaga las cerillas, mientras monto imperios mentales contra la narcolepsia del paisaje bruto y plano.

Pienso en reunificar a la familia, en si ella me quiere, en por qué la quiero tanto, en el Big Bang, en lo que queda por venir, en recuperar viejos amigos, en que la vida es corta, es regalo, es una y es ahora; torno acelerador de nuevo y creo que despego, entre la fuerza centrífuga de mi cuello escucho a una azafata pidiendo “subir la bandeja y abrocharse los cinturones”…

-       “Crishhh!!! Crashhh!!”, suena.
-       “¡oye!”, oigo.
-       “¿qué pasa ahora, tío?”, pregunto.
-       “Se ha jodido, esta vez el freno”, contesta Jalber con la alegría de un viudo.

De nuevo, arriba el sol y abajo el drama, inhóspito y desolador, como polvo con condón roto.

Otra clase magistral de mecánica, esta vez a cargo de Sukhur y su familia. La garganta seca de polvo y agonía, pedimos “ush” –agua- y nos dan “arkhi” –leche de camello fermentada con alcohol-. Salvo anécdotas del directo, como perder las tuercas que sujetan el tubo de escape, y cerciorarme de que llevo horas perdiendo gasolina por un agujero de indescifrable procedencia, conseguimos seguir el camino.

Pienso en escribir este post mencionando solo los ratos que no incluyen avería y reparación; pero rectifico, porque se quedaría demasiado corto.

La vegetación es menos diversa que la de nuestra bolsa de ropa sucia; aún esta verdoso el saxaul, la bebida de las arenas que floreció en mayo, y el karagana esconde sus raíces varios metros bajo el suelo, mientras oímos al ruibarbo tó colgado diciendo: “¿Hola?, ¿chicos?, ¿chiiicos?, ¿hay alguien ahí?”.

Atravesamos la soledad, ésa que es libertad, y también desamparo, el desierto de Gobi es ambas.

Como un espejismo, las marchas por la dignidad de los guanacos asaltan el camino, y regateamos con precaria técnica la manada de camellos bactrianos que bloquean el camino. Les miramos con cara de “¿y no pasáis frío?”, parece que nos atienden, pero sus mandíbulas basculantes no emiten ningún sonido.

Mongolia no tiene caballos, los caballos la tienen a ella.

Nos acogen, nos cuidan, nos sirven y les servimos, jugamos básket entre las patas de los jamelgos, y flipamos con la ruda dureza de la vida realmente nómada, la del toma y daca, duerme, come y sal a pastar, ordeña, esquila, y cierra la puerta para que el frío no pueda entrar.

Cae la noche y no hay tiempo para contar que se nos acaba la gasolina, que se cae mi tubo de escape, pide eutanasia mi pedal, las motos no necesitan mecánico, necesitan hospital.

Y como cae, derrapamos, giro a la derecha y parqueamos en Darsichilen. Bajamos la marcha, sondeamos la zona, y nos sorprenden banderines, carpas y puntas de gorro de cowboy, ¡¡¡yiiiiiiijaaahhhh!!!



¡Estamos de Naadam!, casualidades desnudas sin palabras para tanta hermosura, llegamos justo para ver el final del festival, incluyendo competi de las tres disciplinas mongolas por excelencia: tiro con arco, carrera de caballos y lucha cuerpo a cuerpo.

Entre ingentes cantidades de arkhi –la alcoholizada leche de camello- sorbidas por peques y mayores, vemos que, de nuevo, solo  hombres lanzan, cabalgan y se pelean. Patriarcales giros de la historia, en esta tierra de guerreras, donde “Aiyaruk”, según contaba Marco Polo en sus diarios, luchaba tan maravillosamente, que desde entonces los participantes lucen un chaleco desatado para mostrar así su pecho y disipar toda duda sobre su sexualidad.

Acampamos en el huerto de una familia apellidada “Hospitalidad”. Cocinamos un delicioso arroz blanco con arroz marrón y reducción de arena de Módena, y oímos:

-       “Tonight is the party, would you like to come and dance? Come on, it will be fun!”
-       “sonrisa” como respuesta, ¿para qué más?

Una petaca de vodka después ya estamos en la plaza del evento. El festival no tiene desperdicio. El parking de caballos, todos lustrosos y atados a la barandilla, ve desfilar a los mozos locales dispuestos a darlo todo en su gran día. La pluma del sombrero esta afilada, las sonrosadas mejillas lucen un buen look Heidi, y sobre el escenario, Andoni Ferreño de palo da la bienvenida entre chándal y americana con lentejuelas, mientras entre las puntas de los sombreros de cowboy, divisamos un David Civera de pega, una Laura Pausini de postín y cómo, no, esa querida Massiel de ahivalahostí.

Inesperadamente, un toque en mi hombro reclama mi atención y un cowboy con batamanta me susurra al oído “¿te gusta esta música?, ¿Eh?, ¿sí? A mí no, yo soy más de disco-trance”. Sus palabras sordomudas destrozan mis oídos necios…

…y me pellizco, pero no es un sueño.





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