viernes, 19 de diciembre de 2014

MOTOS CON MULETAS


Con resaca y ajetreo salimos al alba confiando en llegar mañana de vuelta a Ulan Bator. Una tienda de campaña rota, un camping gas explotado, un saco descosido, retrovisores colgantes de Babilonia, y varias tuercas perdidas nos prometen una tensa negociación para lograr el reembolso de la fianza.

4 elementos vivos: moto, yo, retrovisor, y Alberto.

Metemos la quinta, aunque la marcha no entra bien del todo; el reguero de gasolina que dejo a mi paso permitirá a Hansel y Gretel lucrarse especulando en el mercado negro de los barriles Brent.

Bajando en picado la cuesta, a 110 por hora, trato de frenar un poco ahora que ya ha pasado el estribillo de Daft Punk en los auriculares de mi mp3. Pero toco suelo. El cable del freno se ha soltado, y voy sin faldas y a loco, mientras la moto hace de  Jack Lemmon y me dice “nadie es perfecto”. Definitivamente, estas motos necesitan muletas.

A mi izquierda la estepa (la nada), a mi derecha rebaños de cabras, ovejas y potros salvajes (el algo), y enfrente, siempre enfrente, el cielo horizonte (el todo).

Divisamos un gher y tiramos colina arriba hasta su puerta. Vida nómada, pasa sin llamar, entras sin preguntar, self service, bufet, es la ley de la estepa, “mi keli es tu keli, pues algún día seré yo quien me quede tirado”.

 Los nómadas viven aislados, no pueden tener vecinos, pues compiten por el pasto, y los animales son más importantes que la sociabilidad. Con una media de 300 cabezas de ganado por familia, solo el viento y el sol mecen su vivir.

Manual de supervivencia no más, y estás y te conmueves, y añoras todo pero renaces, disfrutas aunque sufres, un cazo de agua limpia es estrella fugaz, el vapor de la olla grita “¡sobreviviremos!”, ya ves, Mongolia valiente, lucha hora tras hora, yo, tu alumno, tú "the fucking number one", profesora.

Una cocinilla a gas nos permite ofrecer rancios noodles a nuestra anfitriona. A la sal le echan un poco de comida para que esté más sosa, mientras carne cruda cuelga del tendal, y moscas trapecistas montan nuevos shows del Soleil, entre los cartílagos putrefactos que pronto cenaremos.

Todo caldos, grasaca en ríos de venas rudas, turras, tucas, tozudas y curtidas, nómadas en Mongolia, ¡qué cosa mas bárbara!, sus idas y venidas. 2, 3 y hasta 4 veces al año hacen mudanza integral, bricomanía en la nevada, no falta nunca nada, porque todo sobra cuando el viento decide tu código postal.

La tarde noche pasa como suele pasar en este caso, con Alberto y un mongol recorriendo kilómetros en busca de un parche para el pinchazo de su rueda, mientras la señora me enseña a conectar la placa solar a su pequeño televisor.

La cena, indescifrable, sabe tan a podrido, como a estiércol huele el hogar, estamos encantados, tanto que logramos quitar el mando de la tele al patriarca por unos minutos; falso intento, acabamos intercambiando expresiones mongolespañolas para definir lo que sucede en la película de alto contenido erótico que muestra la pantalla.

Doblados, helados y entumecidos, el día nos guarda una ultima sorpresa en forma de tornado, una espiral de viento A-CO-JO-NAN-TE manda nuestra tienda de campaña a Dakota del Norte, mientras gritamos tratando de localizarnos, porque estando a 3 metros uno del otro no logramos vernos. Hay miedo, para qué negarlo, pero pasa fugaz, 4 minutos de “mátame”, y reina la calma; ahogados por el nylon de una tienda que ya no se tiene en pie, esperamos que lleguen las fauces de un leopardo siberiano para que acabe con esta agonía.

(zzz…)

Corre, lava los cacharros, vístete, vamos, sin desayunar, no hay tiempo que perder; besos, abrazos y fotos de despedida, regalos, balones, recuerdos para la vida…

- “plufffff” (otro pinchazo, el definitivo)

“Mmm… ¿qué hacemos?”, estos trastos no dan para más, y hay que buscar solución. Mañana sale el transiberiano hacia el lago Baikal, hay que recoger el visado ruso y las manillas del reloj corren dopadas hacia una meta llamada “¿de verdad pensáis llegar?”.

Opción 1: me piro con mi moto, chorreando gasofa, en busca de ayuda, léase alguien con un tubo de repuesto, o con un unicornio multicolor que volando nos lleve de vuelta a Ulán Bator.
Limitantes: si, como todo apunta, me quedo sin combustible, nos quedaremos separados, sin comunicación, sin hombros ajenos donde llorar.

Opción 2: nos quedamos juntos, y tratamos de parar, como estudiante a tanque en la plaza de Tiananmen, un camión que transporte ganado, donde subir las falsas Harley al conteiner, y señalar con nuestros dedos índices “¡más madera, sin freno, a Ulán Bator!”.
Limitantes: no pasan muchos camiones, y los qué pasan no entienden, y los que entienden no pueden, y los que pueden no quieren.

En esta encrucijada me pregunto “¿por qué la vida es así?”, como tener que elegir entre un Toke o un Huesito, no es justo, no debería existir la pregunta, ni la tristeza.

-       “a chuparla”, dice Alberto
-       “ok, me voy, ¿quieres algo más?…”
-       “con que vuelvas, bastará”

Enfilo la primera loma, tratando de recordar en qué momento olvidé el punto exacto donde se ha quedado Jalber, cuando siento un “bizzz” alocado dentro del casco. Bien, mágico, tengo una avispa atrapada entre la nariz y la visera, me rindo “vamos, nena, dale duro, ya nada peor puede pasar…” y “¡zasca!”, siento el aguijón en mi cuello como Manolete los cuernos de Islero.

Freno, aúllo, me bajo, me miro, me subo, prosigo, busco ayuda, pero ésta se ha perdido; una tienda guarda sus productos en un hueco bajo la tierra, se me va el hipo, compro tabaco, compro agua, compro galletas y compro choco, vuelvo al rescate sin kit de auxilio, 15 kilómetros después, en lo alto, veo una mano saludando desde una ventanilla, es Alberto, yo no pienso hacer otra cosa que disfrutar, así que me río.

Hemos saltado por encima de la realidad como Sergei Bubka, hoy el límite es el cielo, y la hospitalidad mongola está hecha de lo que están hechas las nubes.


4 horas de vodka, pitis, gritos y panecillos después, nos bajamos de la cabina de un camión, soltamos las cuerdas de las superbikes y pisamos tierra firme, estamos en Ulán Bator, dando toneladas de gracias a la amabilidad mongola, y con un pie dentro y otro fuera, soltamos: “prepárate Rusia, más guerreros que nunca, ¡para allá que vamos!”.













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