sábado, 20 de diciembre de 2014

LOS CHICOS QUE SUSURRABAN A LOS CABALLOS

Mongolia nos ha seducido. Sus bruscos modales han calado en nuestro inconsciente obligándonos a una última ruta antes de decir adiós. 

El parque Gorkhi-Terelj se presenta como asequible para cuerpos renqueantes. Huimos de motocicletas apostando por un transporte público que a modo huevo kinder llega con sorpresa. Siguiendo el modus operandi asiático, el acceso a un medio de locomoción se basa en la ley del más fuerte. Aparcas tus buenos modales y comienza el baile de codos persiguiendo un espacio que te permita llegar. El barullo no se sale de la media y con apuro alcanzamos nuestros asientos en el poco confortable bus, para desde una posición privilegiada observar como el aparentemente pacífico conductor se disfraza de Mr. Perfecto y comienza a repartir redobles sin estilo ni compasión. 

Lo hace con una mano…, pero como la maneja. Ulan Battor nunca aparentó tierra hostil. Tan lejos de violentos comportamientos no alcanzamos a entender el contexto bélico que de la nada ha tomado el autobús. Adolescentes de apariencia sospechosa corren sin salida por el pasillo del, antes medio de transporte, y ahora trinchera. Aquí se ha producido un robo y tenemos condenados. 

La policía deja las buenas formas en la guantera y conduce a los detenidos por la acera a ritmo de colleja. Cuando al fin arrancamos se ha creado en el recinto una sensación de hermandad anti maleante tal, que sin comprender ni una palabra de la lengua nos vemos comentando la jugada.

Pasan las horas sin llegar a Parque nacional ni semejante. Dudamos si entre tanta confusión el pugilista conductor ha errado en el camino. Preguntamos pero nadie parece entender nuestros reclamos. Al apearnos en lo que parece la parada final, realmente dudamos haber llegado al pretendido lugar. 

Pocas explicaciones nos bastan, escuchar una pelota es sinónimo de acertar. Pachanga basquetbolera entre campos no cultivados y caballos percherones. El tres contra tres roza lo antológico. Nos encasquetan al chiquito y los mayores hacen piña ante los recién llegados. Festival de alley-hoop en simulacros del Chacho Rodríguez. Parece que perdimos, o dicen que no ganamos. Alegamos que el aro no es nuestro medio, para camuflar la humillación. 

Un gher tradicional es nuestro hogar improvisado, y aún tenemos pendiente experimentar una ruta en caballo nativo. Nos aventuramos a un paseo equino sabiendo que sus dueños no saben que nosotros sabemos menos del tema ecuestre que Ana Mato de protocolos sanitarios. 

Dicen que en los segundo previos a la muerte, en esos instantes en los que ya das todo por perdido, tu vida corre por delante de tus ojos en formato cinemascope. Acomodé mis breves posaderas sobre el simulacro de Rocinante, formato llavero, y en el proceso de identificar la utilidad de las dos riendas que, al parecer, debía sujetar, el condenado animal se manifiesta poseído y colina abajo se dispara sin atender ninguna de mis plegarias.

Me dispongo a degustar los fotogramas de mi existencia en lo que parece ser el final. El miedo, tan sabio como inconsciente, se encarga de crear una nebulosa sobre la realidad que está en ese instante aconteciendo. Si alguien me pregunta cómo y cuándo decidió poner fin al tormento el aprendiz de Belcebú, responderé que "sacando unas fuerzas hasta entonces desconocidas alcancé a domar al animal". Pero estaré mintiendo. La verdad será un misterio que el destino se guardó, tan indescifrable como bienvenida. 

Con las piernas temblorosas y el corazón al borde de la taquicardia renegamos de ruta sobre seres vivos, cancelando visita a la estatua del omnipresente Genghis Khaan. 40 metros de representación ecuestre... sobredosis de tema equino.


Optamos por reposo en un calmado río, aplicando hidroterapia al susto que aún perdura. No existe puente que una ambas orillas; los carros y carretas atajan allá por donde menos cubre, dando lugar a simulacros de hundimientos que hacen más llevadero el paso de las horas.

Aquellas que se nos escapan, a un ritmo que siempre parece acelerado, y que nos marcan como siguiente destino un medio de transporte: el transiberiano, quien nos recorrerá el camino que separa Asia de Europa, atravesando la Madre Rusia a ritmo de silbato. 


Es al caer el día, al igual que casi todas las noches, cuando buscamos un rincón cualquiera, a menudo entre penumbras, para contar nuestras historias a aquellas personas que gusten leerlas. 



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