miércoles, 3 de diciembre de 2014

LASHA #2 Nosotros en Ella

Y hoy, en dp.com: “Cuando alteras un tour programado para poder jugar al fútbol por las calles”.

Levitando entre las nubes, a casi 4000 metros de altura, sus adoquinadas calles suplen la falta de oxígeno con plegarias, puyas y barritas de incienso. Es Lasha, del brahim “Lugar de Dioses”, aunque una versión underground revela que el nombre deriva de Rasa, “Ciudad de Cabras”, restándole parte de su místico glamour toponímico.

Tardamos en zafarnos de Jimmy, nuestro guía, lo mismo que Coca-Cola en firmar un ERE, y el bote del balón, abombado y virulento, nos lleva hasta el distrito de Bokhar, donde el majestuoso templo Jokhang lo domina todo. Centro del budismo tibetano, miles de peregrinos y peregrinas circunvalan su perímetro lanzándose al suelo como en ese inolvidable anuncio del abrillantador “Pronto”.

Mayoritariamente campesinos llegados de la zona rural, se postran rindiendo culto a Buda y a su bosque genealógico de deidades reencarnadas. Cuanto más entregado, bestia y horizontal es el tumbado, mayor mérito espiritual para el feligrés, lo que deriva en un festival de moratones en frente y barbilla, compensado por las manoplas y rodilleras que portan para enfriar el impacto.


La Lasha, dispuesta en tres círculos concéntricos –Nang Kor alrededor del templo, Barkor surcando la urbe, y Ling Kor delimitando las antiguas fronteras capitalinas- esta nube de incienso disfrazada de lugar, nos deja tó-locos desde el primer instante.

Las tallas de madera y los dinteles que maquillan cada edificio le confieren un aspecto único, ancestral, chic, retro, vintage y medieval, ¿todo junto? Sí, sí, todo entremezclado, con la amenaza turística de Beijing, que pretende convertir este reducto de almas puras en parque de atracciones místicas para la new-age de ciudadanos pudientes.



El fallido GPS  de nuestro balón multicolor indica el noreste, y buscamos callejones donde repartir juego. Lasha, ¿qué pasa? No falla, la pachanga emerge, el distrito está en la casa.

Cohete retro temporal hacia la España de los 80, cuando toda plaza era correcalles. Chiquillos y chiquillas, descojonados sin su llanto, se atreven a vacilar a estos tres nada tristes viajeros que se tapan la cara cuando los críos chutan y embisten.

Estamos todos, la luna del escaparate temblando en cada patada, la abuela con miedo, quejándose al salir del portal, las risas tras cada caño, una moto tumbada entre los regates, y una multitud que se aglutina alrededor, sacando sus móviles 2.0 para regalarnos pequeñas perlas como ésta. Gracias.


Continuamos ruta, exaltados y exhaustos por las carreras con un 30% de oxígeno menos de lo habitual (aunque sinceramente, ya no sé qué es lo habitual), y disfrutamos de la tendida armonía en cada taller de pintura tradicional, donde estudiantes delinean los círculos concéntricos de sus mandalas, con peripecia y esmero, brotan colores de otro planeta para explicar el sentido de la vida en este mundo.

Más callejones, nos perdemos adrede, profanamos estupas con nuestra inocencia perdida, y seguimos con los retos, incluyendo colar el balón por una tubería o ajustar el disparo a carros de la basura, que atrapan risas y desesperos.

Almas cándidas las de este pueblo, con más sonrisas que Calimero, sentados en un portal nos convertimos en objeto de deseo. Deseo sano, deseo social, deseo de expresar a los forasteros cómo se vive bajo la ocupación china, cómo se puede jugar al futbol bajo la túnica granate del monje más devoto, y cómo nos cruzamos la ciudad haciendo pases largos con él, sin saber aún si es un asceta cool o una mentira, véase un caracterizado informante de la policía más espía.

Nuevo día y nueva cita con la ortodoxia gubernamental; visitamos el palacio de verano, Norbulingka, de donde escapó el Dalai Lama en el 59. Sus tapices maravillan, también las historias de Jimmy para relatar que Tíbet fue creado por unos monos amantes de una diosa pro-zoofilia.


Subimos a lo alto del templo Deprung, universidad espiritual, donde los monjes practican la “…”, consistente en dar palmadas cada vez que se lanza un argumento durante la dialéctica. El estudiante expone su tesis, mientras el monje curtido, sentado en flor de loto y amasando su rosario, rebate los conocimientos del aprendiz en este arte de toma-y-daca intelectual.

- “Hey, Jimmy, sorry, we are thinking to go out tonight, ok? Do you know any good place to hang out around here?”


Nuestra propuesta de jolgorio cortocircuita los planes de nuestro guía, quien temeroso se apresura a fijar la hora de salida para poder vigilacompañarnos. Parece que 8 días con Romo, Rics y Huerts, son suficiente prueba de nuestro peligroso viva-la-vida.

La noche transcurre como un viaje en sonda espacial, tambaleados por cientos de cervezas ofrecidas por la tropa local, mientras en el escenario se intercalan actuaciones de música y baile tradicional, con hits chunda-chunda que nos permiten copar el estrado y mover el esqueleto con más pena que vergüenza, la verbena de Ribadesella llega al Tíbet, y solo el alba la puede frenar.



(con este mal cuerpo, distritopachanga recuerda las consecuencias fisiológicas del alcohol y manda un mensaje para toda la sociedad: “ola k ase?”)

Ultimo día, melancolía del futuro azar, y escapada súbita de templos mañaneros, que derivan en Trivial Pursuit de temática tibetana. Asombrado Jimmy por nuestra capacidad para recordar 5 de las 37 reencarnaciones de dioses reveladas, el equipo hispano gana la partida cuando el resacoso, pero no por ello menos querido guía, escucha:

- “Ok, Jimmy, last question! Could you remember our names and who is each one of us?”.
- "mmm…" (la nada)


La palidez de Jimmy, invita a buscar el sol en forma de bola, combinando básket y fútbol en esta ultima entrega de pachangas tibetanas.

Crepúsculo ya, y sobre la colina roja se erige el palacio de Potala, para llorar. La luna hace de foco e ilumina el principal símbolo de la invasión, de la resistencia y de la esperanza. Reflejados en sus pilares rojiblancos, movemos la pelota con entusiasmo, reflexionamos con la vista puesta al cielo, y sentimos la brisa helada del Himalaya, para pedirnos porfaplis, que no dejemos de soñar.



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