martes, 2 de diciembre de 2014

LASHA #1 Ella en Nosotros


“En mi hambre mando yo”

Lasha, mi pasión violenta, ¿qué te digo yo ahora que no te hayan ya dicho antes?

Capital de la RAT (Región Autónoma del Tíbet), nido de ratas invasoras, corazón del budismo Sa Skya; Lasha es la historia viva de un pueblo inocentemente feroz; donde la intensidad del espíritu trata de doblegar las balas sin más armas que la sonrisa con dientes de paz.

Epicentro político del cuadrilátero geo-invasor, en pocos años pasó de ser independiente y soberano sobre el vasto territorio conocido como “Gran Tíbet”, el cual abarcaba varias provincias hoy completamente anexadas a la Republica Popular China, a ser ficha de casino en las apuestas de Inglaterra, China y Rusia, por controlar el territorio.

Tras el zarandeo y el consiguiente expolio de hectáreas, en 1950 Mao Tsé Tung levanto el dedo índice apuntando al suroeste, y el Ejercito Popular de Liberación arrasó ante un indefenso pueblo con escopetas de juguete que, en vez de munición, cargaban semillas de maíz, trigo y mostaza.

La ocupación fue dolorosa, en un país-cielo donde los rezos al alba importan más que los dígitos del PIB. Su falta de prioridad sobre lo material, derivó en la perdida de control sobre su tierra, y en la aplicación de los planes quinquenales de revolución agraria mandarina, tan poco terrenales como los sueños tibetanos sin ganas de dormir.

Ante la opresión política, económica y religiosa, en 1956 el Dalai Lama lideró un levantamiento, lindo en ideas y triste en las tumbas, pero la represión china forzó su escapada a través de la cordillera montañosa más alta del planeta, para exiliarse en la India, donde le fue concedido asilo político, en un perfecto gancho de derechas hindú contra los intereses del norte.

Pero esta historia comienza mucho antes, de forma más risueña y yo-lo-flipo.

(sentado junto a la hoguera, melancólico, os hago un gesto de acercamiento con mi brazo lánguido “acercaos,  niños y niñas, acercaos y dejadme que os cuente…”)[1]

En el siglo VII…

(“uffff, abuelo, ¡qué brasa…!”)

…Tíbet era siervo de Song Tsan Gampo, el héroe liberador frente al imperio mongol, y un agnóstico confesado. Mecido por la afrodisiaca brisa del Himalaya, decidió casarse simultáneamente con la princesa nepalí Bhri Kuti y con la princesa china Wen Chang, perteneciente al Imperio Tang de Beijing.

La primera lo introdujo en el cosmos budista, religión profesada con fervorosa dedicación desde entonces hasta hoy en día.

La segunda, se convirtió en la excusa perfecta de Mao para reclamar el anhelado altiplano: “si la princesa era china, Tíbet también”.

(“¿cóooomo?”)

Si, lo sé, el mundo hizo el pino y se quedó del revés. Desafiando las patriarcales leyes de la humanidad, donde tradicionalmente el emperador absorbía las tierras natales de sus tomadas princesas, el ictus fagocitador de China giró la historia para legitimar una invasión que hasta hoy día perdura.

(“joé, ¡q lío!, no entiendo nada, en los periódicos salen noticias de policías que pegan a monjes, del Dalai dando discursos en la ONU… ¿por qué tanto jaleo?”)

Yo estoy igual. En mayo de 2012, paseando por la plaza de Tiananmen en Beijing, mis ojos fueron violados por imágenes de indígenas tibetanas, que sonrientes y pizpiretas, celebraban la interculturalidad del yugo chino. Esa megapantalla provoco epilepsia en mi sentir, y suspicacias en mi no-saber, y pensé “las escenas de palos, piedras y monjes quemados a lo bonzo, ¿son realmente promovidas por una minoría del pueblo tibetano?”.

Hoy, ahora, aquí, entendemos el dolor de todo un pueblo esquilmado, espiado, controlado y saqueado, donde un 87% de la población no es china, sino nativa del Tíbet, de rasgo, de esquela y de corazón loco por su libertad.

Distrito pachanga encontrando más opresión que amistad a medida que avanza. Otro secuestro geopolítico más, como Shan en Birmania, Manipur y Nagaland en India, Mongolia Oriental en China o Gaza en Israel.

Ante el drama, la gente reacciona, el Dalai recorre el mundo desvelando la situación, y en el 88 accede a pactar con China la concesión de un régimen autónomo sin independencia; forzado tras el genocidio de civiles bajo la plutocracia de Hu Jintao, logra limitada libertad religiosa y representación en el gobierno.

El sol baja y se pone; mientras Beijing construye trenes y carreteras para transportar los minerales y la madera extraída, familias chinas de la etnia han copan las pequeñas tiendas de ultramarinos, replicándose el modelo visto en Madrid, Ottawa o Berlín; una absorción del barrio, sin maldad ni alevosía, que genera relaciones de dependencia entre esos pequeños negocios non-stop, y los hogares que se acostumbran, de forma casi imperceptible, a abastecerse en ellos de productos de primera necesidad como el pan y la leche, o de segunda, como los litros del botellón o los Doritos de acompañante.

Más de 40 almas auto-incendiadas gritan cada amanecer que ¡no!, que mientras haya fuerza habrá resistencia, como exclama el Salvaje en el mundo feliz de Huxley, "sin luchar la vida merece menos la pena", como McDonald’s expulsada de Bolivia por sus gentes, sin duda, hay Tíbet para rato.

(“¿Y qué hacer ante la pena?”)

Fácil, va, jugaremos al futbol con la peña, que no soluciona nada pero “corre, y coge la vida, que la pelota nunca frena”.






[1] Fuentes: Laird, Thomas (2008). La historia del Tíbet. Conversaciones con el Dalai Lama. Barcelona: Editorial Paidós / Harrer, Heinrich. Siete años en el Tíbet. Ediciones B; España.

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