viernes, 12 de diciembre de 2014

HIP HIP HURRA!


“Lo peor del hambre es el frio”

Hace años ya, me cazó un reportaje del suplemento dominical; hablaba de los niños y las niñas que habitan el subsuelo de Ulán Bator. Refugiados en los túneles de calefacción que siembran gran parte de la ciudad, comparten salón con ratas y tienen sueños de amaneceres sin riesgo de asfixia, sin peligro de explosión.

La historia atrápome con tal fuerza que hoy llego a Mongolia con más ganas de esto que de lo otro.

¿Y qué es lo otro? Indudablemente, es Genghis Khan; hombre del milenio según el Washington post, su aura perfuma cada alcantarilla sin tapa en este único lugar; la ciudad del héroe rojo, Ulán Bator nos recibe grisácea, humeante, veraniega pese a los 12°C que marca el achacoso termómetro.

Una primera pelea con el taxista, incluyendo forcejeo por salvaguardar las mochilas, ¡y el balón!, dejan clarito al distrito que su pueblo es guerrero, es orgulloso, es de todo menos del montón.

Aislados donde acaba el nuestro y empieza su mundo, supieron ignorar corrientes evangelizadoras, y sus primeros oriundos, los maniqueos, basaron el vivir en una religión propia ausente de falsas deidades a las que adorar más allá del sol y el viento que les permitían respirar.

Nacido del río y apodado “el gran océano azul”, Genghis Khan arrasó el planeta en búsqueda de su secuestrada prometida, historias de amor, Quimi y Valle, cabalgando sus híper resistentes mini caballos, conquistó el mapa que pintamos entre Corea, Hungría, Rusia e India, con un ejercito inferior en número a la plantilla laboral de Wal-Mart.

Tirano, cabrón, salvaje violador embrutecido para mucha gente, la historia ha re-descubierto un personaje épico, promotor del duty-free, los estados laicos, la inmunidad diplomática para los mensajeros de otros reinos, y la seguridad social para los rendidos sin luchar.

Pero nosotros hemos venido a luchar, aunque no sepamos ganar; y para empezar nos lanzamos puerta-gayola a la embajada rusa, donde una botella de vodka que se acaba de desayunar a un señor, nos atiende gustosa, para denegarnos el visado de turista: “¿España? Ufff, no, difícil, ¡hip! Solo podemos daros, ¡hip! Un visado de tránsito, debéis, ¡hip!, entrar y salir de la madre patria en 10 días, ¡ni uno más!”, ok, Boris Yeltsin, punto y final, eso nos hipoteca a chupar días y días transiberiano, con una bolsa de suero y un orinal.

No hay problema que no supere el bote de la pelota, y en Mongolia pasan hoy del fútbol como en Euskadi del flamenco, pero no hay mal que por basket no venga, y rompemos la plaza en un “rey de la pista” que nos corona infantes, no más, pues los monarcas locales tienen pillado el truco al aro y la pintura; tristes excusas, mientras hurgan en mi bolso y me pican la cámara de fotos con rico material coreano.


¿Mongolia o Chandalandia? Dudamos del nombre real ante la red de corchetes, prendas de táctel y modelos Adidas retro con las tres míticas rayas blancas, que nos salen al paso paso. No confundamos chándal con deportividad, la jurásica estructura ósea de los mongoles va acompañada de curvas lípidas y dulces mofletes sonrojados.

En cada esquina un banco, y en cada banco un alcoholizado, recurrente trampa de la pobreza para quienes besan la lona entre golpes de frío y noches al raso. Gajes del oficio, de la latitud, de ser apéndice de Rusia durante la era soviética, y gritar callados cada vez que un libertador, como Genden en 1935, era purgado por Stalin.

Ni japos, ni chinos, ni soviets ni yankees pudieron vengarse de Genghis Khaan, y Mongolia es libre de ser saqueada por sus propios políticos desde 1996 cuando gana las elecciones por vez primera un partido no comunista.

Desde ahí hasta aquí, la cleptocracia ha forzado a más del 40% de su población a exodarse en Ulán Bator, minípolis donde hoy se asienta la mitad del país, bueno, asentarse o tambalearse, depende del prisma, de los -50º que congelan la capital durante el invierno, de los 1600 euros que, de media, ganan anualmente las familias, de las mayores minas de cobre del mundo que ahora China les está esquilmando a base de falsas treguas y crudas amenazas, de un pueblo único, resistente como palmera que se dobla pero aguanta el huracán, resumiendo: quienes inventaron el grito “¡Hurra!”.

Mongolia es mujer, y de ahí su coraje; aunque Genghis se lleve las medallas, nuestras rodillas se postran ante Manduhai “La Sabia”, reina de la dinastía Yuan, que unió las tribus cuando esto era un quilombo; o Sorkhokhtani, que, embarazada de gemelos, lucho, fue herida y ganó la batalla frente a los Ming, quienes rilados mandaron levantar la muralla china para protegerse de tales ovarios. Decían antiguas crónicas persas: “una Sorkhokhtani más en el mundo, dejaría fuera de toda duda la manifiesta superioridad del sexo femenino”.

Profecías de genero cumplidas, y nosotros, ya epilépticos de oír las leyendas nómadas, decidimos que es imposible no jugar una pachanga con las tribus kalzhas mientras cazan zorros con sus águilas adiestradas.

Desplegamos mapas de carretera que no entendemos sobre mesas que cojean, y nos tiramos la manta a la cabeza, alquilamos dos motos sin virtudes y nos vamos a cruzar la estepa, con 30 kilos de comida, una tienda de campaña permeable, un saco de balones brillantes, y menos ropa que en la ducha; mañana comienza la aventura, ¿Te vienes o te quedas?

(yo que tu me quedaría…)

Y no, no encuentro chiquillos ni chiquillas en las alcantarillas, “mejor”, pienso, “eso es que casi no quedan”, y me digo “la vida, como la búsqueda del perfecto orgasmo, es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”.


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