sábado, 27 de diciembre de 2014

¿HABLAMOS LUEGO POR SKYPE?

Erase una vez que se era otro pueblo salido de la rebeldía. Todo esto es Estonia.

Desconocidos bálticos, hibrido del vikingo fines y la madrrrrepatrrrriarrrusa, tiene tanto para ver que alquilan ojos por horas en sus mil cien tiendas de souvenirs.

El brinco de San Petersburgo a Tallin es rodado por Ozores, con tétricas paradas para registrar pasaportes y comprobar equipajes; 3h00 AM, en una descorchada nave industrial, los oficiales de frontera nos revisan las mochilas “echando un ojo” sin mucho esfuerzo, mientras un brontosaurio hecho escáner x-radia nuestro bus, tratando de encontrar perico y kalashnikovs en la bolsa del balón que hemos dejado dentro. Mientras, un perro con la agresividad de Punki Bruster, olfatea al grupo de somnolientos que fuma a semi-escondidas en el rincón del garaje.


Contrastes abruptos, primera pisada en la cada día más vieja Europa, tras demasiados meses de cronoescalada desde Hanói. Buses limpios, menús en correcto ingles, una digna densidad de papeleras en las calles, y tapas de alcantarilla que caben en su molde; aún a miles de kilómetros de Santander, ya siento la brisa de mi barrio y la espuma de sus cañas.

Invadida por los bolcheviques en el 40, la depresión duró poco, cuando Alemania se paso por la ingle el pacto secreto firmado por Molotov, Ministro de Exteriores del PPCC ruso, y Ribbentrop, canciller alemán, para darse tregua mientras los Bálticos y Polonia ponían velas a San Antonio.

Adolf se afiló el bigote ridículo, tan de moda ahora en Malasaña, y entro en Polonia con furia y dinamita. Meses después enfilaba el norte y hacia germanas a Lituania, Letonia y Estonia. En la sauna, los estonios descorchaban el champagne celebrando la liberación del yugo estalinista, cuando se dieron cuenta de que Alemania no liberaba, que cambiaba el pastor, pero no el rebaño.

Solo duro un año la apoplejía, cuando en Estalingrado las tropas del Ejercito Rojo se hicieron un pijama con la esvástica y comenzaron a esguinzar la marcha nazi. Como en una peli del agente 007, el malo siempre vuelve, al menos una vez, y Stalin comió estonios hasta su muerte en el 53. Después más KGB, mas espionaje, intelligentsia y acojone hasta que Gorbachov puso fin al desmán y Estonia proclamo su “I-want-to-break-free” en el 91.


En 20 años, saltando desde las radio-escuchas de los informantes hasta la entrada en la UE, la OTAN, el euro; y hay más, capital cultural europea, elecciones y declaración de la renta por internet; mayor crecimiento económico del continente, auto-cobro en el súper, yo me escaneo, yo paso la tarjeta; cato la wikipedia en el autobús, y esta noche, quiero hablar por Skype con mis padres, que es un invento estonio.

La mitad es bosque, la totalidad es llano como suelo de parqué. En un salto propio de Carl Lewis atizado de vodka, han pasado del retrogradismo soviético a lo retro-soviet, véase, un país tan pasado de modernidad y buen-hacer que ya se ríen de lo bolchevique y la represión, haciendo de los grises bloques rollo-URSS, centros socio culturales donde los hipsters bloguean y compiten por ver quién tiene el macbook mas grande.


Tallin, la Miss de las ciudades, rompe espejos cuando se mira en el mapamundi. Camino durante horas por su centro histórico, muy UNESCO, muy feria medieval; y tras observar incontables grupos de familias españolas guiadas, confirmo que el idioma castellano esta muy bien para viajar, por Latinoamérica.

Me aloja en su casa Liis, encantadora hippie-anarco-punk que me pone dos botellas de oxigeno y una de cerveza en la mano, para bucear en los suburbios alternativos de la ciudad, otra Estonia, mas Berlín que Moscú.


El llamado kilometro cultural es un abanico de espacios decrépitos, como la cárcel de Patarei o la antigua fabrica de acero ruso; aquejados de modernitis, jardines urbanos de matuja y tomates, resacas de LSD, música tecno-house sin piedad y una peña apolitizada, cansada de batallitas de opresión patriótica, y locos por disfrutar de este su viva-la-vida particular.

Como me temía, hay una relación inversamente proporcional entre confort y fútbol callejero. Rebusco entre sus parques con la falsa esperanza de encontrar cuatro gamberros rompiendo papeleras con sus chuts. Pero como comer sobras en año nuevo, no hay mal que por bien no venga, y me topo con la primera pachanga puramente femenina.


El campo, de vértigo, sumergido entre las murallas de la vieja ciudad gótica, es un enclave bruto para observar como la represaliada tropa estonia sale de sus cenizas y goza a golpe de tacón. Organizadas ellas, me regalan un buen rato de gritos, patadas y caídas, con mas intención que precisión, juego un rato durante el descanso con una de ellas, que esta lesionada aunque disimula fatal.

Recojo bártulos y reculo hacia Linahall, un monstruo soviético de hormigón, con el que los rusos en el 90 trataban de mostrar al mundo su jarta industrialización durante los Juegos del Mar; mientras los estonios se ocupaban de boicotearlos a golpe de protesta e indignación. 


Hoy es lienzo de grafitis y botellas rotas, símbolo de la liberación, donde cada tarde jóvenes y ancianas parejas se sientan a despedir los ferrys con destino Helsinki, y tras dar otro trago a su maravillosa birra “bikka”, junto a la mar, erguir el cuello para sonreír al ver el sol bajar.



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