domingo, 14 de diciembre de 2014

ENTRE GHERS Y SIN GPS


Dos motos rudimentarias para un país en rudimentos. Nos preguntan si tenemos GPS y desdoblamos un mapa de carreteras que al parecer no está actualizado. Dudan que consigamos completar la ruta y nosotros lograr salir de la capital y sus alrededores: a los 5 Km. de iniciar el recorrido nada coincide con las explicaciones que hemos recibido. 


Todo es simple arena donde debía aparecer el camino. Los camioneros señalan un sentido para rectificar marcando el contrario. Vemos como cae la primera noche con las luces de Ulam Bator de un cerca que ilumina. Alcanzamos camino asfaltado y para celebrarlo nos detiene la policía. Huyo despistadamente pero Ricardo se detiene. En España existe el mito de que todos los asiáticos son iguales. En Mongolia un occidental puede mostrar un carnet de conducir que no le pertenece y continuar su camino sin problemas aparentes. De diferentes acabamos siendo similares. 

Aparcamos moto y entusiasmo en el primer gher (hogar nómada Mongol) que nos encontramos. Su silueta luce como carpa de circo en fiesta patronal. Aparenta plástico desechable pero está construida sobre lona antitranspirante, guardando el calor que el fuego interior produce y los olores que la vida rural provoca. Cuesta imaginar la dureza de una vida trashumante, mudar transcurridos tres meses de un pedazo de tierra al siguiente. Sin apego al acumular material, lo necesario ocupa el escaso espacio sin hueco para lo superfluo, aquello que nosotros consideramos imprescindible fruto de unas necesidades adquiridas que transformaron el adorno en objeto de supervivencia. En la estepa mongolesa el tiempo simula haberse detenido. Solo las muy escasas carreteras asfaltadas que conectan escasos puntos del país amagan un guiño al desarrollo.


El caballo es medio de transporte, no simple animal de Compañia. Chato, culón y paticorto, es el orgullo de un pueblo que un día llegó a conquistar el 50% de la tierra conocida. Los equinos son mimados, expuestos con orgullo en ferias y concursos. Su leche es ordeñada y aderezada con alcohol casero, formando el licor ancestral (kumis), ahogador de penas y cómplice de alegría. 


Haciendo honor a su merecida fama hospitalaria, degustamos sopa casera antes emprender nuestra primera noche de auto-suficiencia. Los macutos rebosan de comida campestre y pack rural para principiantes. Somos los Ferrand Adriá del camping gas entre hierbajos y matojos que conocieron mejor vida. 

Construir siempre fue más costoso que destruir. Simple afirmación que sufrimos al detalle. Deshacer los nudos y enredos que sostenían nuestro poblados equipajes fue una cuestión de escasos minutos. Devolver de nuevo el tastaribel completo a su posición original se plantea como un tetris para zurdos en gameboy sin batería. 

Comienzan los síntomas de las catastróficas desdichas que nuestras motos made in China parecen prometernos. El run, run poco halagüeño muda en un tran, tran nada alentador. La mecánica cacofonía se transforma en realidad. Se rompe la cadena de la moto de Ricardo. Esclavos de una generación televisiva, los episodios de McGyver es lo más aproximado a conocimientos mecánicos que poseemos. Comienza el rosario de amago de expertos en la tarea de la reparación. Cada coche que nos pasa, y se detiene, y amabilísimamente se presta a ofrecer ayuda, contiene a un pseudo-especialista en la materia dispuesto a reparar el entuerto. Agradecemos infinitamente el esfuerzo. 


Decidimos hacer uso del pequeño montón de balones que viajan con nosotros desde la ya lejana capital. Los campestres niños parecen entusiasmados con la idea y en un juego sin reglas comprobamos que el deporte nacional es la lucha libre y no el arte del balompié. Placajes y zancadillas marcan la dinámica del amago de deporte que al parecer estamos practicando. La muchachada es 100% agraria. Su físico aparenta señor mayor reducido. Se rebozan por el suelo olvidando que por el medio, algunas veces, se cruza un indefenso esférico ansioso de que alguien se digne a patearlo. 


Parece que los ocios de la camada andan por otros derroteros y terminamos atestiguando que la infancia se termina en el momento que se deja de rebotar contra el suelo.



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