martes, 16 de diciembre de 2014

DIARIO DE TODAS ESAS DESGRACIAS

(miro por el retrovisor y veo arena, sí, el espejo sigue roto y no hay quién lo coloque, freno, me giro y observo el drama en la lejanía)

Jalber ha pinchado, no, no ha ligado, su neumático trasero, aplastado contra los matojos, está a punto de salirse de la llanta…

La estepa es tela, la moto es china, y nos hemos pasado por la ingle todas las leyes fundamentales a la hora de cruzar Mongolia en moto: no llevamos GPS, no llevamos mapa de carreteras, llevamos demasiado peso, no tenemos linternas frontales, y nuestros conceptos de mecánica son similares al desempeño en una prueba de flexibilidad durante la clase de educación física, limitados, no dan para más.

Tirados e ineptos, logramos asaltar el jeep de una familia en su camino vacacional hacia el lago Oginuür. Kheran, el nuevo novio de la tía del conductor, es mecánico, estamos salvados.

Sacamos las herramientas y tomamos apuntes. Llave Allen, alicates, fuerza bruta, rueda fuera, busca el agujero, pon parche y vuela. Esa es la teoría.

La realidad, Iker Jiménez, es mucho más siniestra. Tras comprobar que nuestro neumático de repuesto también esta pinchado, me voy a por ayuda externa; comienza la operación bikini, perdiendo kilos y litros para encontrar un gher –típica casa nómada- que me pase parches y pegamento.

Tras cuatro intentos de reparación, contemplando temblorosos como la rueda no se logra inflar, consigo dos bocatas de salami mongol, un coche para iluminarnos el camino (sí, no tenemos luces ¿qué pasa?) y aprender el significado de los términos “la junta la culata” y “trócola”, tanto en mongol como español. Veo el humo tras las colinas, son los 74 pitis que Jalber se ha fumado esperándome, y subido en una furgoneta de la marca rusa Furgón, llegamos hasta él y conseguimos inflar la rueda.

¿Ya? Aaaaaamigo, pedir ayuda implica privar con quien te ayuda. Veneno, náusea, vómito. Sentados entre matojos y grillos agonizantes, nuestra mongola y adoptiva familia de mecánicos nos enseña las leyes esteparias. No puedes pasar el bol de vodka tras cada sorbo, debes acabarte el bol y devolvérselo al manager de la botella, quien gustoso rellena el cuenco tamaño piscina, y confirma que a veces nuestra avería les da la risa, su risa, la que avería nuestra tristeza con sus sonrisas.

No tienen nada, pero te dan todo, tenemos todo, pero nada que darles. Se deprimen tras conocer el desastre de España en el mundial, y nos dirigimos al lago; es noche cerrada, y alumbramos la moto de Jalber haciendo eses, por el vodka, porqué la rueda se ha vuelto a pinchar, porqué en el casette suena “Daddy cool” y la vida puede ser maravillosa.

-       “sain bai na uu”, buenos días nos dice el lago.
-       “sain ta sain bai nuu?”, ¿qué tal?, respondo yo, pero no me entiende.

Por encima de nuestras legañas, la rueda de la moto sigue pinchada, y decidimos frenar un día para reparar cauchos y glúteos. Jugamos a “¿quién quiere ser hipotermia?” sumergiéndonos en las sagradas aguas del Oginuür, con tantos excrementos de caballo en sus orillas que nos acostumbramos, y aprovechamos el tiempo y el agua sucia para asearnos con los retrovisores como camerino.

El caos del vodka derivó en leyenda rural. Confundiendo la misión del distrito, se ha corrido la voz entre las familias de que somos ojeadores de un importante equipo de fútbol. Es el momento que llevaban toda la vida esperando; los padres nos exponen orgullosamente las cualidades técnicas de sus hijos, y, embusteros como somos, organizamos una pachanga-casting en una cancha de fútbol tan bella como infecta.

Como ni el más pesimista podía prever, los chavales juegan mal, muy mal; asfixiados a las dos carreras por el exceso de triglicéridos en su dieta, les vemos caer como pivotes, camuflando la torpeza con risas disuasorias.

Su cara de ilusión nos hace pensar en sus ahora melancólicas miradas al teléfono, esperando que suene esa llamada del más allá, para sacarlos del más acá.

Y okupo un gher deshabitado. Pongo agua a hervir en el camping gas, y me dedico un selfie en modo automático para inmortalizar el momento: “…sí, a ver que tal ha salido, joder, ¡qué feo!, va, otra …”, y de repente…

-       “¡¡¡¡¡¡BOOOOOOUUUMMMMBBBB!!!!!!”

Un conducto estropeado, un gas escapado y un fuego incontrolado, provocan una explosión mortal.

Piel de gallina. Olla, cocina y fuego propulsados con violencia de mortero a la altura de mi estomago. Estar colocando la cámara me salva las entrañas, de nuevo Rics Aristogato, milagritos a domicilio. ¿Vidas? Todavía quedan cinco.


Puestas de sol, orgasmos de Narciso cabalgado por Calíope, fuego naranja, morado, cae el Lorenzo fuerte como la pluma de una grúa, nosotros hipnotizados como jubiletas tras la valla de un parking subterráneo en construcción, decimos “gracias, tronca”, por tanta emoción, prometemos exprimirte, exprimirte como a un limón.




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