viernes, 5 de diciembre de 2014

CYCLING

Beijing bien merece un remake y se lo concedemos sin petición popular. A golpe de pedal, sin dudarlo,  sin contaminar y dando fe de la reputada seguridad ciudadana china, nos adentramos por los hutongs (1) ensimismados entre la hiperactividad que nos recibe.

Sientes que viajaste en el tiempo hacia un pasado ya lejano con solo hacer un giro en la calle principal, y comenzar a perderte por los recovecos plagados de vida que se enlazan sin semáforos. La gente sale a la calle dejando sus puertas entornadas. Caminan hacia alguno de los aseos públicos que ahorran agua, tiempo y dinero, y dan trabajo a quienes mantienen su limpieza en una lógica socialista tan olvidada en otras tierras.



El dependiente sonríe ante nuestro intento de regateo, exige fianza y andamos con poco yuan y mucho euro. Acepta el billete europeo sin la sonrisa previa. Como voto de confianza lacra el billete estilo carta medieval en un gesto que aún no hemos logrado descifrar. Salimos del establecimiento igual que tu sales del cine previo visionado de Mulholland Drive.

En una mezcla de necesidad biológica y curiosidad antropológica, la visita a los baños públicos era solo cuestión de tiempo, para descubrir, entre la estupefacción que el pudor occidental nos asignó, y un sentimiento de vergüenza, tan propia como ajena, difícil de explicar, lo que es hacer tus necesidades públicas, complicado describir el hecho de visitar un baño consistente en seis agujeros excavados en el suelo sin pared ni biombo ni tela que los separe. Es como jugar una partida de tres en raya sobre un tablero plano donde cada uno deposita su escatológica ficha ante la atenta mirada del resto de jugadores. El poco íntimo diseño da pie para el debate, si es mejor dar la cara a la pared y abstenerse del espectáculo, o girarse y mirar fijamente a los ojos a tu recién conocido vecino. Cada uno defiende su teoría, como en "El gato al agua", cada uno habla de sus mierdas.



Descartada la visa de Rusia nos proponemos la de Mongolia. Preparamos con esmero los requeridos documentos y, a falta de las fotos de carnet solicitadas, nos jugamos un órdago de parecidos razonables, distinto perfil, misma persona, ciudadanos diferentes.

En un beso del destino, apasionado y casi lascivo, nos informan que desde hace cinco días los españoles no precisamos de permiso previo para visitar la tierra de Genghis Khaan y sus tártaros colegas. Un trámite ahorrado, en tiempo y monedero.

Para celebrar el inesperado ahorro invertimos en cultura (tome nota Sr.Wert), el Palacio de Verano y la Gran Muralla, ocupan el escaso tiempo disponible en la ciudad antiguamente conocida como Pekín.

21000 Km de fortaleza, y también de cementerio, diez millones de trabajadores perecieron en su construcción durante los más de 2000 años que demoró su construcción, enterrados en las inmediaciones sin tumba ni epitafio. Si desde la luna se alcanza a vislumbrar, es algo que no podemos corroborar, pero avistada desde cerca, paseando por sus empinados serpenteos, se puede certificar el merecido calificativo de Maravilla de la Humanidad.

Siempre dando pedales, rascando partido al carril bici que alcanza carreteras principales, secundarias y de circunvalación, ves como Beijing posee un nivel de organización que jamás hubieras adivinado. Entre las híper contaminadas avenidas llegas a sentir un punto de libertad, zigzagueando entre las motos eléctricas y los carritos simulacro nave Astraco que ocupan el carril diseñado para ciclistas. Todos se respetan, se detienen cuando la luz se muda a rojo y las bocinas no rugen más allá de lo necesario en una muestra de educación ciudadana digna de Érase una vez la vida formato seguridad vial.

Hablan de las olimpiadas 2008 como punto de inflexión a semejante alarde de civismo, patadas al estereotipario que nos define al pueblo chino por sus continuos escupitajos (escupen, y con escándalo, pero sin llegar al agravio contra el transeúnte), se quedan mirando a todo guiri que aparece (algunas fotos y algunas ojeadas, pero sin llegar a sensación de celebrity siendo un desconocido), no respetan las filas y colarse es sinónimo de aguardar cola (sin llegar a una línea de uno perfecta no hicieron falta muchos gritos para conseguir tickets o billetes). Quizá son las sensaciones aún perennes que India me dejó, y en Beijing esperaba el caos y me encontré con carril bus, aparentando haber logrado 'él gran salto adelante'' (2) que un desquiciado Mao un día soñó. 



Beijing es pasado y presente enlazado sin pasos intermedios. Lo antiguo se funde en lo moderno sin tiempo a cruzar de acera.

Sin más tiempo para reafirmar mis recién adquiridas conclusiones partimos destino Corea.

Será allí, en el país de las modernidades, donde pueda analizar si el saber estar de los chinos fue solo listones bajos o una verdad a tener en cuenta, y entonces aplaudir, lejos de prejuicios abrazando realidades. Las que descubres con tus propios ojos y no con las gafas del que cuenta.



(1) Dícese de los estrechos callejones que configuran lo que entenderíamos como casco antiguo de una antigua ciudad, formato oriental.

(2) 1958. Las comunas del pueblo, experimento económico social en donde la actividad agraria, industrial, familiar y militar se solapaban por un bien denominado común. Entre 30 y 43 millones de muertos fruto de las hambrunas provocadas por los aberrantes proyectos del Sr. Mao.




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