lunes, 15 de diciembre de 2014

AQUÍ HUELE A CACA


El entorno nos deslumbra con sus cambios, los escasos matojos de hierba han desaparecido por completo, las ligeras colinas parecen haber sido aplanadas dando paso a polvo y arena que mezcla el blanco con el ocre llegando amarillo número 8 con la firma de Van Gogh. Concluimos que nos adentramos en El Gobi. O el Little Gobi, como llaman a los orígenes del desierto que cubre el 30% del territorio mongolés. Montones de camellos, en camadas/manadas/rebaños/grupos/pandillas o sinónimo de conjunto de animales de una misma especie, nos aparecen a ambos lados del agujereado camino. 

Mongolia cuenta con una particularidad que no encontramos en ningún otro lugar hasta la fecha visitado. Todo huele a campo, que diría alguien rural. Todo huele a caca, que diría alguien de ciudad. Junto a cualquier gher, perdido en la carretera, en plena estepa o sumergido en el desierto: todo huele a materia orgánica desechada ... o a mierda de toda la vida. 

Entre olores casi familiares zigzagueamos los escasos camiones que a nuestro paso vamos encontrando. Sin miedo afrontamos cada adelantamiento dejando brotar con entusiasmo al Satanás del Infierno que parece poseernos.


El encanto del país de los tártaros se encuentra en el día a día. La ruta no es definida por museos, palacios, templos, mezquitas o catedrales. Es el entorno, su gente y sus quehaceres la que colocan el adjetivo de fabuloso al país más despoblado del planeta.


Paradas obligadas por el reloj biológico, la visita a un gher cercano o la inconfundible presencia de una bola o similar. Aún no encontramos un lugar del planeta donde el pateo al esférico sea norma sin excepción.

Acostumbrados a escasas arquitecturas que contemplar, con cierta pereza y achicharrados por un sol que hierve, caminamos por Erdenezuu, el complejo de templos budista más antiguo de Mongolia (data del s.XVI), situado en la antigua capital del Imperio Mongol, Karakorum. La ciudad acoge templos de las principales religiones del mundo en una especie de Jerusalén al estilo Khan.


Prestamos más atención a los halcones que, anudados y bajo un calor al que parecen acostumbrados, son presentados como atracción turísticas en los aledaños del recinto. Uno de los símbolos del país, la cetrería, es aún presente en las montañas de Altai donde los nómadas kazajos obtienen parte de su comida empleando a la autóctonas rapaces. Por un momento planteamos tirar millas y aventurarnos en su búsqueda, pero la inmensidad del país en nuestro rudimentario mapa, sumado a las tartaja que gastamos por motocicletas disipan nuestros amagos de hazañas y nos centran en retos más cercanos: continuar la travesía de una sola pieza, o con la simple esperanza de no perder ninguna. Ilusiones de dos jóvenes ilusos. Los augurios cobran vida y comenzamos nuestro curso acelerado de mecánica básica para adultos sin conciencia real de la distinción entre tornillo y turca. Las piedrecillas del camino son nuestros peores enemigos y en una campaña de boicot solo comparable a la del PP en la instrucción de la Gurtel se incrustan en la rueda amenazando con extorsionar el avance en nuestra ruta. Y lo consiguen.


Llega el primer pinchazo como el primer copo de nieve en enero. Las manos en jarra es nuestra respuesta a la que se intuye como el principio de la catástrofe. Contamos con cámara de repuesto y el primer coche ya se ha detenido raudo a prestar una ayuda que obviamente necesitamos. La pieza de repuesto llega con sorpresa: cinco agujeros bien identificados. Buscamos un plan B en forma de parche. Lógica solución cuando se dispone de las restantes piezas. No es el caso. El pegamento, al parecer, es imprescindible en la rutina del pinchazo y nuestro objeto pérdido en mitad de una nada que asombra. La división de funciones se antoja obligada y Ricardo se lanza a la búsqueda de un auxilio que rogamos en silencio.

A los avatares de las averías se añade un factor determinante: cualquier ayuda recibida se paga a base de chupitos. Bien vodka - insaboro pero ardiente -, bien kumis - más tragable pero con regusto a leche amarga -, son nuestros alcohólico avituallamientos en la espera de la reparación.


Recostado al pie de un camino que nunca aparentó carretera obsevo como la luz desaparece y la noche cerrada me envuelve en la intrascendente duda de si temer más a que Ricardo no aparezca o a su aparición con los chupitos de rigor.


1 comentario:

  1. La aparente nada lo acaba diciendo todo en Mongolia. Gran viaje el vuestro. Algún, cual halcón peregrino, me gustaría volar hasta allí para cazar las vivencias de ese lugar. Abrazos, viajeros.

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