viernes, 26 de diciembre de 2014

AK-47




“Mi objetivo era crear armamento para proteger las fronteras de mi patria; no es mi culpa que la Kalashnikov se haya usado en muchos lugares turbulentos. Creo que las políticas de esos países tiene la culpa, no el diseñador del arma”
Mijaíl Kalashnikov, inventor del AKA47

Mijaíl Kalashnikov era apenas un adolescente que se entretenía arreglando la maquinaria de las granjas de su pueblo cuando la Alemania nazi lanzó su gran ofensiva contra la Unión Soviética. Con una peripecia vital propia del “pequeño Nicolás”, la crudeza contemplada le incito a inventar un fusil que fuera al mismo tiempo fácil de utilizar, duradero e infalible a pesar del barro, la lluvia, los lloros o la crema de cacahuete tras untar unas tostadas. En el 47 finalizaba el diseño del arma que marcaría la gran mayoría de los conflictos bélicos hasta nuestros días. Icono de los pueblos oprimidos de Palestina o Vietnam, jefazo de las calles más violentas de Detroit, símbolo del terrorismo maldito, el que no es “de estado”, la silueta del Kaláshnikov, con su inolvidable cargador curvo, ejerce sobre la peña una fascinación que ninguna otra arma ha logrado.

Es difícil cuantificar cuántas personas han perdido la vida por las balas de una AK-47: desde las drogo-guerras en México hasta las matanzas en Siria (perdón, ya se que es Navidad y que mucha gente aún esta comiendo), pasando por las guerras civiles de Liberia, Rep´blica Centroafricana, Burkina Faso (recién sacada del horno de la indiferencia) o los enfrentamientos en el avispero de Medio Oriente. Pero sí se puede estimar que se han vendido más de 100 millones de ejemplares del arma, hasta el momento, así que no sería exagerado afirmar que millones de vidas han sido cortadas con este arma en sus más de 60 años de existencia. De esto y de lo otro, me habla Michael Hodges, mientras paseamos por San Petersburgo.
Los peinados de las rusas, y los bugas de los rusos, luciendo chasis, escote, belleza y joyas a la ribera del río Neva, dejan claro que revolución falsa es involución, que exprimir la fruta no siempre genera buen zumo Don Simón.

De zumo de limón, con menta y ron de cuba, sale el mojito ruso embotellado, embotellados nosotros en un puente levadizo que nos corta el paso, la respiración, la misma que aguantamos para visitar a nuestra querida, “¿vuestra qué?”


Los tiernos ojos que siguieron nuestra andanza por los Annapurnas himalayos, quedaron levemente decepcionados al no poder poner cara a nuestra querida legión rusa, esa que día tras día perseguíamos. Al fin, aquí está el motivo de nuestros temblores.
Hoy, ya mismo, bueno, antes, pero lo cuento ahora, nos acoge Súper Julia, la bolchevique de más abiertos brazos, que nos atiborra a salmón, caviar del falso, panes ácidos, sopas no se si solo densas o también espesas, zonas chill y bailes tradicionales.


La gran ciudad de los zares primero, de los soviets después, nos acoge con amor, cargada de oro en sus cien mil catedrales, basílicas, jardines imperiales y puentes rimbombantes. Todo en ella impregna los poros de historia, bélica pero determinante. Ese palacio de invierno, desde donde Nicolás II (difícil discernir el grado de consanguineidad con nuestro espía-deportista-de-elite), escribió una carta a su madre reconociendo “todo esta perdido, se han dado cuenta” cuando los soviets aún soñaban con una revolución a mejor.
A la vuelta de la esquina Rasputín envenenado por envenenar, y nosotros sin encontrar una jodía pachanga en la que refrigerar el recalentamiento histórico. Entendemos porqué decían que Stalin se comía a los niños vivos, cuando crujió en sus purgas a tantas familias, y a tantas ideas. 

Solito él y punzante su bigote, consiguieron deslegitimar lo que Lenin y Trotsky habían conseguido, generando el miedo del burgués al cambio, la caza de brujas anti-comunista, el anonimato de Thomas Sankara, o que hayan hecho falta tantos años para reconocer a Anguita como un sabio, y no esa mofa que hacían los medios de "El Califa".

Las rusas a nuestra vera están enamoradas de Putin, y niegan toda intromisión en el norte ucraniano; nosotros hemos comprado una botellita de vodka tamaño PreNatal, que escondemos en bolsa acartonada como los mendigos en las pelis del Bronx; discutimos entre risas para comprender porqué el AK47 se inventó acá, acá donde todo resiste, donde las mentes no se alteran ante las Pussy Riot tras las rejas, ante gays besándose bajo las porras ortodoxas, ante un Presi y un Primer Ministro jugando a las sillitas, con temazos tecno-polka sonando de fondo, y dos sillas, para que nadie se quede de pie, ¡claro! bueno, sí, solo Mijaíl Jodorkovski, expropiada su vida por exceso, mientras La Haya da la razón a Yukos, y Putin se lleva sus perros a la cumbres.


Kalashnikovs iconoclastas, amantes de lo libre y de lo bello en cada poema de Pushkin, pero letales, a pesar del frío; ese frío que congela la verdad sobre la sicariamente asesinada Anna Politkovskaya; frío de nieve, que paraliza la mente, aquí o allá, ante las mentiras de estado.



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