lunes, 1 de diciembre de 2014

A RITMO CHECK-POINT

Arrancamos en nuestro ahora nuevo hogar; un jeep bien equipado en el que las horas van pasando. La falta de culturas milenarias obliga a descender los objetivos. Jimmy nos promete vistas al escurridizo Everest. Comenzamos a frotar las gafas. Contamos con dos intentos para atisbar la cima más elevada.

La primera es un amago de descifrar cumbres nevadas entre unas nubes puñeteras. Al Everest ni lo intuimos. 

La segunda muestra la cordillera de los picos que son el techo del mundo, Lhotse (8516m), Cho Oyu (8201m), Shixiapang (8012m) y el sagrado Manaslu (8163m) se observan con claridad, pero el Everest, esa maldita montaña, aparece de nuevo escondida como la nieve en primavera.

Sin cultura tibetana ni pico plusmarquista, nos centramos en debates sobre el antes y el después de Mao y su revolución. 

"Al menos ahora las carreteras son buenas", afirma Jimmy en tono resignado, “aunque sean para expoliar los recursos de nuestra tierra”, concluye en tono cabreado. Tíbet posee uno de los únicos 5 yacimientos de litio en el mundo, y la opresión china comienza a tener mayor sentido. Llegamos a New Shigatse, más indignados que frustrados.

Hoy, según parece, tendremos nuestra primera lección de cultura tibetana. El monasterio de Tashilhumpu nos adentra en la figura del Panchen Lama, a quien ya conocíamos sin haber sido presentados. Las fotos de aquél niño desaliñado y de mejillas sonrojadas, que decoraban las paredes de la ahora lejana Dharamsala, toman nombre y apellido en una historia que merece ser contada:

En el organigrama tibetano, son tres las principales reencarnaciones lamas. El jefe es el Dalai, reencarnación de la compasión, seguido de Karmapa, reencarnación de la energía, y acompañados del Panchen, reencarnación de la sabiduría.

El Primero y el segundo habitan en un exilio obligado, en las montañas de la India. Panchen tuvo peor fortuna, y a la edad de seis añitos fue secuestrado por las autoridades chinas. Seguramente, el preso político más joven de la historia.

En un alarde de  cinismo, o casi surrealismo, el gobierno chino presentó a otro muchacho, hijo de un alto cargo, como el verdadero descendiente del Panchen Lama, obligando al atónito pueblo tibetano a adorar al impostor, falsificación china en formato niño santo. Nos puede la duda de saber quien es la gran víctima de semejante disparate: ¿el desaparecido niño original, a sus ya cumplidos 25 años?, ¿el niño fake, ahora también adulto, obligado a una vida de copia en un lugar donde nadie le acepta?  

Tristes realidades de una historia de ocupación, de genocidio cultural, de mayorías tapando minorías, de un pez grande, siempre hambriento, terminando de devorar al pez chico. Ahogamos penas como mejor sabemos: compramos un balón.

En Gyantse el cerrado programa incluye las visitas al acogedor monasterio de Phalkar Chode, donde las estupas guardan las cenizas de trascendentes ancestros, entre libros antiquísimos que nosotros traducimos como mamotretos -semántica pura, lejos de homenajes a Kiko Arguello y sus discípulos-.

Al monasterio le sigue una pagoda que precede a una nueva estupa; entre mil imágenes de Buda añoramos el viajar sin horarios, sin tours programados ni paradas obligadas. Pero esto es Tíbet, y su visita exige guía y calendario.

Al escuchar la frase “tarde libre” nos sentimos como ese niño al escuchar el timbre del recreo. Corremos a nuestra bola con nuestra bola. Dando toques subimos a la fortaleza Dzong, a la que nos han prohibido ascender. Visitamos el pueblo tirando paredes con los sorprendidos viandantes, esquivando las omnipresentes obras que todo lo ocupan, y todo lo cambian.

En un homenaje a “El día Después”, organizamos nuestro propio reto. La primera prueba exige precisión y toque. Sobrevolar el esférico por un arco centenario. Ricardo es el primer participante..., y el último. El balón sube para no bajar. La lista de bolas perdidas comienza a superar la de imputados en la Gurtel.

Nos alzamos sobre una breve cima para contemplar el atardecer. Siempre por encima de los 4000 metros, donde las nubes se divisan bajando la vista y el sol desaparece sin tiempo para un adiós.

Los tibetanos gustan de la puntualidad, y por ende, odian viajar con españoles. Madrugamos para estar a tiempo, pero alguna fuerza extraña, llamada pachanga, nos entretiene. Salimos siempre con retraso sobre el plan establecido, lo cual en Tíbet es tragedia. Se rompe el horario de paso por los check-points que inundan el camino; contamos 17 y subiendo. Pero como las parejas, nunca hay dos iguales. En unos nos piden el pasaporte y en otro que simplemente nos bajemos, en algunos no nos piden nada y en otros completar un formulario. Preguntamos a Jimmy, pero sigue mosqueado por nuestro retraso perpetuo.

Sus silencios son una sentencia a la ampliación de nuestros conocimientos tibetanos, así que nos conformamos con bordear el lago Kharola. Conseguimos que Jimmy retome la palabra, nos cuenta que sus aguas son sagradas, comentamos que nos queremos dar un baño, nos la vuelve a retirar.

A falta de diálogo, el recorrido hasta Lhasa se resume traduciendo los fonemas de nuestro querido Cicerone: “check-point - foto con yak“, “check-point - glaciar milenario”, “check-point - Jordi quiere mear”, check-point - cascada anoréxica - check-point- foto con perro gigante”, “check-point - foto con stupa”, “check-point - Ricky quiere un té”, “check-point - comer momos - check-point - Alberto quiere fumar “, “check-point - definitivamente Jimmy nos odia- check-point - llegamos a Lhasa”. 

Tanta policía, poca diversión. Tanto guión cerrado, poca improvisación.





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