viernes, 7 de noviembre de 2014

VIVAS RELIQUIAS

Era una tarde calurosa y yo en la edad de la primera comunión. Perico Delgado se coronaba en París regalando gloria a todas las personas que, pegadas al televisor, observábamos atónitos al primer segoviano copando máxima audiencia. Ese día la bicicleta dejó de ser un medio de transporte para convertirse en patrimonio local. Y así, como quien alquila un incunable, nos disponemos a recorrer el valle de Katmandú a modo pedalada.

De Katmandú se sale por el ring highway, un anillo polvoriento que impregna los pulmones como paquete de Ducados. No existen arcenes ni líneas divisorias. Los camiones bufan a su paso creando una atmósfera de suicidio colectivo, que dudas si sales de Katmandú o entras en Kanunga [1]. Es solo el comienzo. Al salir de tan tempestuosa estrada, aspirando una brizna de aire que sabe a fresco,  pensamos que lo peor ya ha pasado, y que ahora la marcha permitirá hasta disfrutar del paisaje. Y lo permite: empujando nuestra bicicleta por rampas que dejan el Mortirolo al nivel de un falso llano.

Llegamos a Kirtipur preguntando por el verdadero dueño de lo que antes eran nuestras piernas, a lo que un tipo sonriente nos responde con el precio a pagar por entrar a visitar el pirenaico pueblo. Reciéntemente leímos la historia de su revolucionaria población; cuna de protestas contra la dinastía Shah, cobijo de la -parece ser famosa- batalla de Kirtipur, donde tras veintitrés intentos, el malísimo Prithvi Narayan [2] logró asaltar la ciudad, cortando la nariz y los labios a todos sus habitantes.

Ante semejantes antecedentes pagamos los que nos indican sin rechiste, para adentrarnos en una villa colmada de templos en honor a God Bhairab, que no es otro que nuestro ya colega Shiva, en una nueva y virtuosa representación de las deidades hinduistas.


Nadie fija su atención en nosotros al saltar de uno a otro templo, no existen ojos penetrantes ni curiosos como en su vecina India. Regusto de intimidad que permite fotografía de autoreflejo rudimentario sin cabezas asomando por los indefensos costados.

A falta de unos juegos reunidos con los que mantener la mente alejada del sufrir de nuestras extremidades, nos proponemos enumerar cada uno de los restaurantes en los que desde hace ya más de 100 días nos han dado algo con lo que alimentarnos, en un alarde de memoria que ya quisiera la Infanta y sus facturas. Casi lo teníamos  cuando ya estamos de nuevo lamentando la ausencia de motor en el medio de transporte escogido. Enfilamos el tortuoso recorrido, como Urdangarín la rampa del juzgado de Palma: sabemos a donde vamos, tratando de olvidar como llegamos. Hoy, entre realezas anda el juego.


No hemos salido y ya nos estamos deteniendo. Razón de peso en forma de pachanga polvorienta. De las ricas, de las de pelota resquebrajada a pie de carretera. Nos pegamos unos chutes de nuestro particular estupefaciente, tragando arena de un camino que reza por algún día ser asfalto.

Los mercadillos de ropa falsificada nos indican que llegamos a Patan. La tarde hace un rato que pasó a ser noche, como el (des)alumbrado público se convierte en un elemento de simple decoración.

Entre penumbras recorremos lo que intuimos como ornamentales templos que, aún en tinieblas, muestran lo que es la vida en el valle alrededor de Katmandú. La población hace rutina entre patrimonios de la UNESCO y, aprovechando la benevolencia de las autoridades locales, nos acomodamos entre los sonrientes lugareños para echar el obligado pitillo sobre estas escalinatas milenarias. Estamos en territorio Malla, dinastía que gobernó esta tierra hasta el siglo XVIII, cuando perdieron su dominio tras la -ahora ya sí- famosa batalla de Kirtipur. Enlazamos pasajes de la historia a ritmo de pachangas, ante la amarga  mirada de Bartolomé de las Casas [3] allá en su tumba vallisoletana. Buscamos dientes para tanto pan...

Hace un tiempo que nuestro sentido de la vista desarrolló una extraña cualidad: gira sin petición previa hacia el lugar donde aparece un balón. Jugamos un rondo en la Plaza Durbar esquivando los inmemoriales leones, que custodian la entrada de estos templos, construidos en fino marfil de terracota.

En Patan existen muchas cosas, hermosos templos de techos escalonados y columnas de minimalista serigrafía que obligan a entornar los ojos para su verdadera contemplación; lúcidos comerciantes de réplicas que prometen ser originales, antiquísimas fuentes donde las familias recogen la aún pública agua, y un esclarecedor museo que merece ser visitado. En él cuentan -formato para dummies- el inescrutable camino de las divinidades hinduistas y budistas. Como suele ocurrir en estos casos, logras comprender las verdades de un lugar recién lo abandonaste, y es en Nepal donde finalmente desciframos quién es quién en el galimatías de santidades de la ya abandonada India. Gajes del diferido.

La visita al templo de la sabiduría nos congratula con tres conceptos que prometemos explotar en tiempos venideros: 1.- Siddhartha desarrolló todo un lenguaje de señas con las posturas de sus pies y sus manos, 2.- Para fundar una religión, los elementos fantásticos deben superar con creces cualquier concepto de realidad, y 3.- Un español con barba de dos meses puede pasar por descendiente chino y pagar la mitad del precio de la entrada.

La primera seguro que nos iluminará en el cada vez más cercano Tíbet. La segunda, como nos despistemos, es designado real decreto por el gobierno para camuflar los datos de parados de larga duración. Y la tercera es nuestro carnet de familia numerosa para crédulos guardas que valoren las dotes de originalidad.


Hay tiempo -el tiempo, ese regalo que otorgan los periodos sabáticos- para, camino Katmandú, aparcar bici y fatiga, y tirar unos caños en este enésimo templo, donde la chiquillada tira paredes entre reliquias de cultura viva, nunca inmóvil patrimonio.




[1] Jopeph Kimbwetere y sus cerca de 800 discípulos de la secta  «Restauración de los Diez Mandamientos de Dios», acordaron, en marzo del 2000, que el Apocalipsis había llegado. Confiaban en que la mísmisima Virgen descendería de los cielos para llevárselos a ellos de vuelta. Tapiaron puertas y ventanas de su iglesia y rociaron sus cuerpos en gasolina para encender entonces la cerilla que les llevaría al ansiado paraiso.  Fue en la República Democrática del Congo. El mayor suicidio colectivo de la historia.

[2] Primer rey del Nepal unificado. Sangriento como muchos y exitoso como pocos. Padre de una nación concebida a base de escudo y cuchillo.  


[3] Cronista, filósofo, teólogo, jurista, fraile dominico, obispo de Chiapas y defensor de los pueblos indígenas allá en el s.XVI . Vida bien aprovechada.  





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