jueves, 13 de noviembre de 2014

PACHANGANOVA

Ey amor, dime ¿por qué finges ser cosa de dos?
¿por qué te camuflas para que tan poca gente sepa verte en todas partes aunque estés?

Era un sueño que se convirtió en ciudad que se convirtió en museo que se convirtió en destino inesperado de otra noche sin dormir. Aterrizo en Bhaktapur como la coctelera de Tom Cruise, el traqueteo me embelesa y aprovecho el ritmo para cruzar el primer arco de este lugar sin igual. 
Me cazan y pago la entrada al pueblo ¿cómo? Sí, la entrada al pueblo, porque todo aquí es admirable, y donde en Europa hay taquilla, precinto y carteles de no tocar, aquí la gente sigue viviendo en sus casas-templo.


Amasando pan entre migas de UNESCO, cacareando siglos de historia intacta, donde orinas de perro son patrimonio con valor universal.

Vengo con tres objetivos nítidos: 1.- echar una tanda de penaltis entre templos mallas, 2.- hacer practicas de alfarero, y 3.- improvisar y olvidarme de los dos puntos anteriores.

Bhaktapur, del sánscrito “ciudad devota”, fue capital del reino Raja Malla, y se nota aún el parné. Nexo neurálgico de la ruta India-Tíbet, durante siglos venían acá los pastores a intercambiar sus ovinos por grano, azúcar y reliquias hinduistas. Construida en forma triangular, todos los barrios se almacenan en torno a los templos erigidos para adorar a Ghanesa, esa divinidad surrealista con cabeza de elefante, que como el paquidermo de los Osos Amorosos –el del yunque inscrito en la tripa- genera ternura sin atender a razones.

Paseo con la poca-calma de un hiperactivo, y pronto desecho mis 4 palabros de nepalí, pues la gente acá habla newari, dialecto local tan bien conservado como sus pagodas. Tiraremos de gestos, esperanto universal, con tendencia al malentendido.

Son 2 renacuajos y chutan sin criterio, sin criterio y sin balón, una lata de Sprite hace de pelota entre los escombros del terraplén. Tratando de retratarles, me asaltan rogando que les compre un balón, y yo, manirroto y pachanguero, tiro p´al kiosco más cercano para lograr uno de segunda-mano, abombado y con faringitis crónica, que en cada bote tose las penas de un catarro anterior.

Entre callejones surcamos con efecto bola-de-nieve, adhiriéndose más y más críos con ganas de hacer un caño al guiri desorientado. De reojo siento que el dinero de la entrada será bien usado, pues todas las casas mantienen la estructura original y son rehabilitadas con ladrillos artesanales producidos localmente, dándole un aspecto de ancestralidad a cada acera y chimenea, que embriaga los sentidos de quien sabe apreciar lo realmente autentico, y los míos también.

A pocos metros de la plaza Durbar, donde los templos sirven igual para rezar que para comer pipas viendo la puesta de sol, nos aprovechamos de los muros de un patio interior para crear un terreno de juego sideral. Los pilares son fueras de banda, y las mil miradas curiosas que asoman por las ventanas pronto se convierten en gradas enfervorizadas de muchachas sorprendidalarmadas por el derby inter-barrial que se desarrolla ante sus ojos. Me lo paso bien comprobando como los ladrillos artesanos desollan las rodillas en cada caída.


Resolvemos en penaltis un empate que se veía inamovible, por culpa de dos equipos más pendientes de las fotos y del no-perder, que del arriesgar para ganar. Filosofía fina, ninguna queja.

(…y después de los anuncios, mi incursión en el mundo alfarero para desgracia de mi maestro, su familia y su negocio).

Se abría 1992 con la fuerza de personajes cómicos como Millán Salcedo, Curro, Cobi y Samaranch, la misma fuerza que aplicaba yo al papel de regalo para desenvolver mi Alfanova. Un torno, cuatro placas de barro y a poner perdida la tapicería mientras escapaba de las garras maternas.

El Alfanova, que no era original de Mediterráneo-juegos-para-compartir, sino falso, barato y desilusionante, duró poco, como suele ocurrir cuando un pre-adolescente se pone a salir con un sistema eléctrico delicado y fabricado en Taiwán. Pero las ganas quedaron, y este viaje incluía, desde su etapa más previa de planificación, el objetivo de practicar alfarería artesanal por el camino.

Hoy, casualidad o destino, encuentro en Bhaktapur un gremio dedicado desde hace siglos al arte del esculpir, y me subo al carro como Miguel Ángel Revilla se acerca al sol que más calienta (hala! lo que he dicho!).

Entre montones de barro y hornos de cocción, conozco a Jarzaat, quien amable y bonachón me ofrece su taller y su mucho-saber para pasar unos días entre moldes y uñas negras.

Jarzaat, su esposa Marveh y su chiquito de 12 años, contemplan día tras día como mis torpes dedos desafían al lema “si-quieres-puedes”. Piso el torno como Zidane cabecea a Materazzi, desproporción de lo instintivo, y los moldes salen disparados contra las paredes de adobe, como cohetes caseros saltan de Gaza al más allá.

Sentado en este cuchitril con apariencia de buhardilla, escribo esto, espero ver al Águila Roja aparecer por el tejado de enfrente, y hago de mediador entre mi escafoides, mi pie-pisador y mis falanges, para alcanzar una tregua temporal, que deriva en la creación de elefantes, candelabros y vasijas de decente-ver.

Escribo postales, muchas, sin copy-paste, sin trampa ni cartón, y eso indica lo que me llena e inspira este lugar, que tiene más de sentir que de contar. Alrededor, enjambres de niños-avispa me utilizan para practicar su inglés, y así mejorar sus técnicas de asalto a los turistas. 

Sin derecho, pero hecho y satisfecho, cierro mis días en Bhaktapur, admirado de su gente, miradas escarlata con honestidad indiscutible, que me tratan mucho mejor de lo que merezco.


En los márgenes del templo Nyatapola, un hombre vende amor, ¿mercantilismo de lo cardiovascular, o ensalzamiento del latir?

Arriba, en la capital, me espera Alberto, que consiguió escapar de las fauces administrativas indias, y prepara el macuto para los Himalayas con la ilusión de una chiquilla abriendo su Quimicefa, o viviendo esta, su Pachanganova.




1 comentario:

  1. Alfarero, escritor,fotografo.!Vales para todo!

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