sábado, 15 de noviembre de 2014

MAL DE ALTURA


Las escenas que a continuación ustedes van a presenciar son el relato de una ascensión precaria. La historia de dos urbanitas de provincia empeñados en tocar las nubes con ropa de calle. Etapa tras etapa intentaremos rodear los Annapurnas, en los Himalayas nepalís, con tiki-taka y sin desfallecer, va, ¿te vienes?


ETAPA 1
Katmandú (1300 msnm) – Bhulbhule (700 msnm)


-       ti… titititi, titi ti… ¡apaga ese jodio despertador! Q horror tron
-       voy, voy, ufff, sueñaco, eh?
-       Va, va, corre, que hoy no nos puede pasar otra vez…

Y nos pasa. Perdemos nuevamente el bus de las 6h00 AM que nos debía llevar desde Katmandú hasta Bersisahar, la falda de los Annapurnas. A diferencia de ayer, reaccionamos a tiempo y enganchamos una buseta hasta Dumre, para empalmar dos transbordos más y así llegar al punto de salida de la ascensión montañera que tenemos tatuada en el invisible plan de viaje.

Iullia, una amiga rusa con brotes de locura ha decidido venirse desde San Petersburgo para visitarnos. La comenté que me iba a la montaña y se apuntó sin pensárselo dos veces. Tanto que ahora debe estar comenzando la ruta junto a sus compais Anastasia y Dimitri, pues ellas no perdieron el bus. Desde ya, nosotros perseguimos la cumbre, y las perseguimos a ellas, comenzando una carrera de obstáculos con pocas perdices que comer.

Tres horas después de subirme al bus en marcha mientras Alberto forcejea con el conductor para que rebaje la velocidad, nos encontramos tirados en mitad de la nada, jugando a pares y nones con la chica de la curva. El conductor gesticula epilépticamente para explicarnos que los frenos no frenan. Nosotros absortos buscamos respuestas: ¿si no frenan, como ha frenado cuesta abajo para poder arreglarlos?


Complejos mercados rurales itinerantes fuera del entendimiento de consultores del Banco Mundial, cuando una avería se convierte en una oportunidad de mercado tan apetitosa como los palos alargables para hacer selfies con el móvil.

La intranslucida ventana de la furgoneta nos muestra la dimensión de unas montañas espectaculares que susurran “vamos, pringaos, aquí os esperamos”.

Horas de espera en Dumre y Bulbule, acaban con nuestros desesperados cuerpos en un jeep tuberculoso, que pide clemencia en cada bache y amenaza con suicidarse en cada caricia al filo del precipicio. A la derecha un monje desliza su rosario entre los dedos, a la izquierda una maestra de escuela hace de interprete para lidiar en el conflicto surgido entre el cobrador de billetes y dos españoles barbudos. Los extranjeros deben pagar 10 veces más que los locales, y nos resistimos. Tras amagar con tirar nuestras mochilas fuera del carro, y ojiplaticarse con nuestra parsimonia modo “hey, don’t worry, be water my friend”, fijamos un precio intermedio, con impuesto revolucionario e insatisfacción para ambas partes.

De noche, con más ilusión que aliento, llegamos a una posada en Besinsahar, comienza el frío, comienza el yo-qué-sé, comienza una noche desesperada por el mañana.




(continuará…)





ETAPA 2
Bhulbhule (700 msnm) – Jargat (1330 msnm)


La caza al ruso se ha desatado. Por si las motivaciones por hacer cumbre fueran pocas, encontramos en errores logísticos un empuje que nos lleva al acelerón. Luchamos contra el tiempo, el que hemos perdido y el que nos encargamos en perder. El despertador de todo montañero que se precie exige respeto y atención. No es nuestro caso. Nos desperezamos cuando los poblados grupos de pseudotrekers ya avanzan en el camino.

Continuamos con la rutina-despropósito y saboreamos desayuno observando el marchar de unas horas que ya no volverán. La caseta de control de los permisos de entrada nos aparece cerrada, comenzando nuestra indocumentada marcha a paso ligero y con objetivos cortoplacistas: necesitamos un balón como compañero de viaje. La tarea se complica y en la tienduchas que encontramos se vende casi de todo, menos pelotas. Nos planteamos seriamente sobornar a un inocente niño que disfruta de la infancia a toque de balón, ofreciendo una cantidad desmesurada por el preciado objeto. No temas al PP, teme al PP que todos llevamos dentro.

Controlado el ademán corrupto continuamos la caza del esférico olvidando donde en verdad nos encontramos. Las prometidas cumbre nevadas siguen siendo objeto de postal. Nos conformamos con los tremendos puentes colgantes que, enlazados entre cables, facilitan una ruta hasta hace poco impracticable.

Cada puente colgandero es sinónimo de desamparo, de temores e impaciencias, de confianza en unos desconocidos que un día colocaron allí la destartalada estructura y se marcharon confiando en su funcionamiento.

Pero nosotros queremos un balón, y es un balón lo que encontramos. A falta de humanos proponemos pachanga con las cabras. Transcurridos veinte felices minutos desde la bendita adquisición, observamos frustrados como nuestra amada bola se despeña en un viaje sin retorno. Menos que Simancas en la presidencia de la Comunidad. No dio tiempo a suspirar.

Pies de gominola, piernas de plastilina. Sensaciones plastidecor con el paso de las horas. Partir sin planes establecidos otorga libertad a las indefinidas paradas. Tres guiris que, entre cabras balompédicas, lograron adelantarnos, marcan el lugar donde pernoctar: Jargat.

Son veinteañeros y nos comentan que trabajan en los Cuerpos de Paz -leyendas dicen que en realidad son espías de la CIA camuflados-, compartiendo con nosotros un secreto que recibimos con un maligno entusiasmo: los voluntarios no pagan permiso de admisión. En un instante legalizamos nuestra situación autoproclamándonos protectores de la paz en un territorio sin guerra. Chupitos de raki cierran el telón de esta nueva jornada. Pero ¿dónde están nuestras rusas?. Meditamos entre brindis al pie de unos desaparecidos Himalayas.

(mañana más)




ETAPA 3
Jargat (1.330 msnm) – Timang (2.710 msnm)


-       “hoy sí, hoy les pillamos fijo”
-       “ya, bueno, eso decíamos ayer…”
-       “joé, es que si hubiera wifi, les pegábamos un watsapp a las rusas y listo”
-       “¿un watsapp?, chato, recuerda donde estás”

Y recordando nos ponemos en marcha, casi temprano, y envueltos por el dolby surround de ríos y cascadas que remojan el camino y refrescan el espíritu.

El destino es incierto desde que desechamos la ruta recomendada por Lonely Planet para montañistas amateur y decidimos ir por donde surgiera, correr cuando quisiéramos, y descansar cuando nadie nos viera.

La mañana transcurre voraz, 6 horas de trote cuesta arriba nos obligan a tocar y retocar temas de conversación desgastados como fichajes del verano, ministros incompetentes y concursantes de Gran Hermano que han posado en Interviú o Crónicas Marcianas.

Aldeanos y aldeanas transforman nuestras bocas en buzones postales y nuestros ojos en radiadores descontrolados; suben lomas con la elegancia del gamo cuando corteja, con kilos y kilos de víveres en sus macutos, usan cintas de cuero ceñidas a sus frentes para aliviar un poco el peso y caminar; ritmo soso, constante, que no permite desfallecer.


Nosotros les seguimos, les adelantamos y les admiramos hasta que nos vuelven a adelantar durante nuestras paradas; perdido su rastro, seguimos las flechas rojas que colorean solitarias rocas, pensando que así, nuestra perdida será culpa del camino, y no del desatino.

El rugoso camino de tierra se convierte en pedregal primero y en gimkana rocosa después. Ya no andamos, saltamos, subimos rocódromos naturales y descendemos en cuclillas para no besar suelo. El oxigeno mira el reloj, se le hace tarde, o se le hace alto, no lo sé, pero comienza a despedirse sin besos ni abrazos; promete volver a vernos cuando crucemos el pico Thorong La y comencemos a bajar. La presión en nuestras cabezas se acopla en la rutina del respirar jadeando.

Paramos para comer, nos hacemos un ovillo bajo el fresco manantial para tranquilizar a nuestros pies, y tras reponer fuerzas a base de dahl bat –plato combinado nepalí basado en lentejas, judías, arroz y pan chamuscado- proseguimos la ruta.

Hoy es el gran día, nos hemos propuesto fluir hasta que enganchemos a las bolcheviques, o hasta que la luna diga basta y espante al sol. Desgraciadalarmantemente sufrimos la primera pájara seria del camino, nuestros gemelos pesan toneladas, y las correas de las mochilas juegan con nuestras axilas a moros y cristianos.

-       “ufff, trons, ¿cuanto quedará? Estoy roto”
-       “calla, calla, y tírame una piedra en la cabeza, porfa, algo que me deje inconsciente y esfume este sufrimiento”

Dando más pena que compasión, llegamos a la siguiente aldea, donde la caseta de la guardia forestal nos invita a mostrar nuestros documentos y licencias. No tenemos todo. Nadie dice nada. Callamos. Salimos rápido y dubitativos, tras comprobar en un mapa pseudoficial que quedan 3 horas hasta el próximo apeadero.

Subimos el ritmo gracias a la inercia del que va por el corredor de la muerte, y nos cruzamos con una pachanga improvisada, estamos salvados, ¿de qué?, de todo, es ver un balón y borrar la agonía, en 30 segundos estamos jugando entre barro y charcos himalayos. Un 4x4 osa descargar su mercancía en mitad del camino, que es la cancha de juego, y poco dados a dar buen ejemplo, proponemos un concurso de “vaselinas” a ver quién es capaz de picar el balón por encima del jeep. ¿Resultado?, parabrisas a Parla, y balón a la huerta más lejana. Dantesco, sí, pero aquí se ha reído hasta el conductor del buga.

Renovado el cerebro por el balompié alpino, salimos chutando, y se pone a llover, “corre, corre, que oscurece”, frío del serio, del de los mayores, y nosotros bloqueados por un camión que descarga material de construcción para un puente, que en el futuro permitirá a los oriundos cruzar la cascada, pero que ahora a nosotros nos corta el paso.

Los puentes de Madison son hoy de Halloween, con menos amor y más susto, buscamos un truco para pasar sin mirar al vacio.

Esperamos y reanudamos, nos han dicho que quedan 45 minutos hasta Timang, genial, llevamos 11 horas de pateli, y reclamamos la legalización de la eutanasia en Nepal. No son 45, son 2 horas más, pero llegamos, sí, salvados e hipotérmicos, estamos en Timang y la niebla nos hace la cama para seguir soñando cosas bonitas.

(of course que continuará…)




ETAPA 4
Timang (2.710 msnm) – Pisang (3.190)

Amanece. Un resplandor se cuela por los resquicios de la ventana, pero nuestras piernas se niegan a despertar. Un mal dolor que se camufla en agujetas agarrotando tronco y extremidades.

El frío llegó como acostumbra, sin llamar. Continúa la duda que ya en Katmandú comenzó, ¿compramos abrigo o tiramos a pelo?, una parte de nosotros, agarrada el sentido común, pide sin rubores una cazadora que evite tiritonas, otra, más orientada al dejar estar hasta mañana, se muestra reacia a cualquier nueva adquisición. Las rupias escasean y en los pueblillos montañeros el dólar no es moneda tramitada, preguntamos por banco o librecambista entre burros de carga y niños de mejillas quemadas. Nos indican que allá justo al frente. No acreditamos. Veinte habitantes y una ametralladora kalashnikov es la población de la aldea sucursal bancaria.

Preguntamos si venden preferentes y su no sonrisa nos deja con la duda.

Los alrededores toman formas de difícil descripción. Las faldas de las montañas mil metristas se dibujan como rampa de skate sin explotar. Aparece el hielo, como si de un Buendía se tratase, sin pelotón de fusilamiento de por medio, aguardamos con asombro la señal de que continuamos en la senda cierta: seguimos ascendiendo.

Animales sin pelo dejan de ser aptos. Las vacas se muestran cada vez más peludas: aquí llegó el frío, pero no Corporación Dermoestética.

Se nos plantean dos opciones de donde pasar la noche: Pisang bajo o Pisang alto. Escogemos Pisang mega alto. Nos alzamos a las nubes que encontramos a nuestros pies. Tan altos nos sentimos que, al descansar ya sin mochilas, una alemana de buen ver nos señala el ventanal para mostrarnos lo que entonces entendemos es el techo del mundo. No lo es. Es solo el Annapurna HI. Roza los ocho mil pero no llega a alcanzarlos. Avistado a escasos metros cuesta imaginar una montaña mayor. Continuamos conversando con la bella alemana fantaseando con un romance alpino. La pobre anda regulera del estómago y aprendemos una interesante lección: los malos olores bloquean tajantemente el ascenso de la lívido. Distendimos el ambiente dejando que caiga la oscuridad ocultando ante nuestros ojos la majestuosidad de los Himalayas. Ya de noche, nos volvemos a preguntar: pero, va, en serio, ¿dónde están nuestras rusas?

(continuará…)



ETAPA 5
Pisang (3190 msnm)  Manang (3540 msnm)

Buenos días nos dé Dios le digo al sol, que nos despierta goloso y con media sonrisa, impaciente porque vayamos al salón y veamos lo que nos han traído los reyes himalayos.














Las legañas saltan de sus cuencas como resortes, enfrente el Annapurna 2 y sus 7.990 metros, limpio, neto, nítido, sin más nubes que ésta en la que nos sentimos subir. Desayunamos hipnotizados, glaciares que te dejan tonto como la marea o el fuego, empaquetamos todo y salimos fuertes, ya estamos cerca, que siga el juego.

La pregunta es ¿por arriba o por abajo? y sin dudarlo escogemos el camino chungo, el que oscila entre los 4.200 y los 5.100 metros, para disfrutar del tramo más bello hasta el momento; delante, a 9 horas de buen ritmo, espera Manang.

Acariciamos las campanas tibetanas que custodian la entrada y salida de cada aldea, girando a su alrededor para dar gracias por estar hoy, aquí y así, felices, tanto como si estuviéramos allí y asá, la vida es un regalo.

Subimos haciendo eses, trazando caminos en zig-zag que evitan las pendientes más pronunciadas, aún así, derrapamos constantemente, clavando nuestras uñas de yak en la arenisca que se desprende colina abajo. Alberto Wagner me hace los coros, en esta mi Tchaikovskiana melodía de jadeos y suspiros; el oxigeno dice ahí os quedáis y tontos del esfuerzo, nos enamoramos del paisaje.


Alrededor de los altares improvisados, líneas de banderines multicolor adornan el alma; estas puyas representan mantras budistas, voces ondeadas por el intenso viento para representar el ascenso de las plegarias al cielo.

Nos sobrecoge todo, mucho, tanto que derivamos bebiendo té junto a una bella anciana, que nos inspira y cuida sin ser sus nietos. Charlamos de la vida y la muerte, y pienso muy guapo debe ser algo para sentirme tan incapaz de explicar por qué es tan guapo.

Y ahí, flow annapurno, cada uno con su walkman, uno de rap, el otro de rock, meto la quinta y acabamos mandando un watsapp a Paco Lobatón. Le sale doble tick azul, lo ha leído fijo, pero el zorro no contesta, así que tenemos que encontrarnos nosotros solos a costa de dar vueltas y marcha atrás.

Bajamos el valle, verde a dolor, me atrevería a decir que incluso más bonito que Cantabria (nunca había dicho esto antes), y nos sentimos como Canesa y Santiago, los protagonistas de Viven cuando, descendiendo en improvisados trineos, vislumbran por primera vez un poblado chileno.













¡Salvados!, Alberto tiene tiempo de introducir nuevas tecnologías en este sub mundo de paz, aunque nuestro amigo Sheeren ni se inmuta con los beats del mp3 que inundan sus oídos.

Proseguimos hasta Manang en un final de etapa similar a un paseo de sobremesa por el pueblo para bajar la comida un domingo cualquiera.

Manang es el lugar recomendado para estar varios días, aclimatando el cuerpo a la altura extrema que viviremos a continuación, ¿cuánto tiempo creéis que decidimos quedarnos? Efectivamente, planificamos salir a la mañana siguiente, cuando de repente escucho:

Ricaaardo, I hate you, I kill you, fuck you Ricardo!

(sí, así de lindo fue el reencuentro, hemos alcanzado a las rusas, mañana más...)


ETAPA 6
Manang (3540 msnm) - Thorong Pedi (4420 msnm)

Comienza nuestro día de aclimatación y lo celebramos continuando sin descanso. Cargamos los macutos con chocolatinas variadas. Sabemos que éste es el último día previo a la gran ascensión y en las barritas energéticas buscamos la energía que creemos nos faltará. 

Iniciamos la marcha acariciando tantas campanas tibetanas como nos vamos encontrando, rezamos a un dios aún por inventar, por el buen fin de un viaje aún por viajar.

El corazón palpita acelerado, lo asociamos a la emoción de hallarnos donde estamos, nunca a la altura ni a su mal. En el camino van quedando, cual zombies defenestrados, grupos de indios poco entrenados junto a aspirantes a Edmund Hillary –el primer extranjero en coronar el Everest- muy equipados por fuera, nada coherente por dentro.

Distrito marcha a velocidad de crucero con la motivación por motor. De nuevo andamos por detrás de nuestras furtivas camaradas soviéticas. Las alcanzamos a las puertas de Thorong Phedi. Lugar de descanso previo a la batalla final.

Ya en el refugio, pasamos el tiempo con una partida de parchís de reglas adulteradas, las que nosotros inventamos. El juego se convierte en un correcalles donde se comen fichas al mismo ritmo que los intereses de la deuda se funden el futuro de los españoles.

Dejando que el dado decida quién se libra y a quién le toca, coincidimos con los Goldenberg, familia que en breve nos adopta; Daddy, el patriarca, experimentado en el arte de la montaña, plantea expedición de reconocimiento para acondicionar el cuerpo al esfuerzo que aguarda mañana. Aceptamos la propuesta. Más por acompañar al joven anciano que por aclimatar cuerpo o alma.

La subida es un calvario. El terreno se torna vertical, obligando a tirar por tierra la geometría básica aprendida: la línea recta deja de ser el camino más corto para dejar paso a continuas eses entre traspiés y derrapadas. Al vía crucis del momento se suma el factor psicológico del mañana, cuando tendremos que volver a repetir las mismas exactas pisadas.

Regresamos al refugio aturdidos por el esfuerzo, el frío y el espasmo de conocer nuestro futuro más cercano. Los grupos marcan las 4 de la mañana como hora de partida. Atónitos nos miramos. Nosotros decidimos salir a las 8. Atónitos nos miran.

Envueltos en tres mantas luchamos contra un frío que obliga a aguantar la meada. Mantenemos la mente distraída en contenciones miccionarias, lejos de los 5.632 metros que nos aguardan impacientes al despertar.

(¿continuará? continuaremos…)


ETAPA 7
Thorong Pedi (4420 msnm) – Muktinath (3800 msnm)

“uahhh…” (bostezo paralizante)

El campo base es un solar. Los grupos de alpinistas y no-tan alpinistas han salido 4 horas antes, obsesionados con llegar al paso de la montaña Thorong La al mediodía, cuando el sol aún calienta y la nieve no atiza los sentidos.

Nosotros, ilusos y flipados, desayunamos con tranquilité y reencendemos varias veces nuestros pitillos de liar ante la falta de oxígeno que obstruye su combustión. Hoy es el todo o nada, y no hay marcha atrás.

El primer tramo, la gran pared, es solventada con el mismo dolor que la tarde anterior durante el ensayo. 15 pasos, y 15 segundos de parada para recuperar el aliento. Nos hemos acostumbrado tanto al sufrir, que ya solo disfrutamos.

Una vez arriba nos desviamos del camino para recorrer un desfiladero en la cara oeste de la montaña. En la punta, un formidable cementerio tibetano, creado a base de rocas, nos regala un momento “magia pura”.

Estos pequeños altares son creaciones vivas, dónde los peregrinos depositan pequeñas piedras permanentemente, de manera que su forma y altura no cesan de variar.

Del altar se extienden líneas de puyas, como tendales de mantras rojo-blanco-azul-verde-amarillos, que colorean el valle, mientras tratamos de imaginar con qué tipo de catapultas han logrado conectar este pico con las montañas colindantes.

Retornamos la ruta original, vamos últimos y sentimos que llegaremos los primeros, aunque no tenemos ni idea de lo que nos espera.

Curva cerrada hacia la izquierda, giramos y “flash!” nos quedamos hipnotizados por un paisaje lunar que lo baña todo. Campo de Venus, nieve y piedras, ni un helecho en las orillas del camino, el oxígeno se divorció del cielo y se lo llevó todo en cajas de cartón, ni vegetación, ni olvido, ni custodia compartida ni perdón.

Paradójicas pisadas en camiseta de tirantes pese al hielo alrededor, la cadencia de avance ha bajado a 10 pasos, 20 segundos de respiro stop-and-go.

Nos congratulamos mutuamente al percatarnos, por primera vez en tantos meses de viaje, de un indicador de madurez conseguida, sin necesidad de madres ni novias, llevamos crema solar y nos la aplicamos con regularidad suficiente, ¿será que se acabó el patriarcado de los hombres no autosuficientes? Aún falta mucho, y lo sabes.

Gírome y tengo que genuflexionar la mirada para ver a Alberto, a quien, solo 15 metros por detrás, la pendiente lo coloca en otra dimensión, repartiendo el peso con Dante, mientras yo, Sísifo, empujo la piedra sin poder avanzar. En 5 horas hemos ascendido lo que se preveía en 8, estamos que nos salimos, aunque podríamos desmayarnos en cualquier momento. A 200 metros el Thorong La, fulminante, bellísimo, reconfortante.

Esto es el Mustang, como evocaba Tiziano Terzanni, palabras mayores my friend, la NASA sin cohetes.

Cerca de los 6.000 metros sobre el nivel del mar, contemplamos el lago turquesa formado al final del glaciar. Fotos y frío, saltos y pulmones haciendo cola en el INEM. La satisfacción es gorda, mórbida, y aplastante.

Sin equipación, sin preparación, simplemente siendo cabales y sensatos en rutas y horarios “todos podemos ser héroes de nuestras pequeñas aventuras”.

Acechados por la nieve y nuestra falta de cazadoras, bajamos los siguientes tres valles como Alberto Tomba, saltos en zig-zag desesperados por encontrar su esguince perdido, vamos sorteando sherpas porteadores y mamuts patrocinados por Columbia y North Face.

Como un gamo, vuelo hasta Muktinath, más fresco que nunca, exaltado por lo visto, lo sentido, lo pisado para nunca jamás olvidar. Duchados, y juntos todos y todas de nuevo, nos abrazamos en un mar de endorfinas, celebrando haber conquistado esta cima, aunque fuera sin balón.

(continuará, aunque tal vez no debiera…)



ETAPA 8
Muktinath (3800 msnm) – Jonsom (2.710 msnm)

En formato gran familia comenzamos a descender en este nuevo día. No estamos todos. Nuestras perseguidas rusas optan por avioneta para emprender un camino de vuelta al que ahora nos enfrentamos.

Atrás quedó el invierno y llegó de nuevo el verano en unas altitudes que ejercen de improvisadas estaciones. Caminamos por una arena blanca que en la lejanía simulaba ser nieve, llegando a simple cal. Los kilómetros no cobran su factura y aceleramos en el piñón fijo que hasta aquí nos ha traído. Unos cánticos nos distraen y atraen, somos Ulises y acudimos a nuestras sirenas.

Un tele predicador formato Buda reparte consignas divinas a un público entregado. Seguimos a lo nuestro, caminando con la barbilla siempre empinada mientras preguntamos al viento si alguna vez conoció paraje más hermoso donde resoplar. El entorno nos seduce, nos embriaga, y nos pierde. Literal.

La ya familiar flecha roja hace un rato juega al escondite, y está ganando la partida. Aparecemos en un templo custodiado por un perro que nos ladra, por rutina, sin grandes amenazas ni amagos de ataques inminentes. Goa aparece como flashbacks en el horizonte y con esfuerzo logramos contener el llanto[1]. Un denso río nos separa de lo que intuimos es la civilización, pero de nuevo el camino se bifurca y tenemos que elegir. Dejamos la decisión a la experiencia que hemos adquirido con el paso de los días: nos lo jugamos a piedra, papel o tijera.

Vemos como un inocente japonés opta por seguir nuestra ruta. Japón caminando al rebufo de España. Definitivamente los Annapurnas no son parte de este mundo.

Encontramos el puente que cruza el río que nos separa del camino que nos lleva a Kagbeni, que es donde queremos ver anochecer. Apenas es mediodía y buscando un lugar donde almorzar aparece el símbolo de la resistencia de los pueblos rurales contra el imperialismo agroalimentario: Yakdonald´s. Su variado menú nos lleva a dudar entre la sopa de yak, la ensalada de yak, la hamburguesa de yak o el asado de yak. El paraíso del vegano.

Aparece nuestra familia americana y es tiempo para las despedidas, decir adiós con la mano y hasta luego con el corazón. Hemos decidido alargar la meta diaria y continuar hasta el fin. Kagbeni nos despide mostrando los orígenes del porno tridimensional, aquello no es una estatua en forma de falo es un falo hecho estatua. Motivador sexual en épocas de escasa natalidad.

Los últimos pasos de nuestra andadura himaláyica se están dando. Al humo de un doble piti que soñamos es eterno reflexionamos mirando hacia atrás, viendo que ya no queda nada hacia delante.


(pero queda…)



ETAPA 9
Jonsom (2710 msnm) – Pokhara (820 msnm)

Se acabó lo que se daba. Emprendemos el viaje de vuelta a la civilización, y haciendo los macutos siento que no hay espacio para tanta vivencia y recuerdo de paisaje.

Esperando al autobús oímos las hélices furiosas en cada despegue. A nuestras espaldas, una diminuta pista de aterrizaje que, sin coña, cabría dentro de un avión comercial, hace de lanzadera para avionetas, que, valientes, deben sortear ese increíble Annapurna, que mostrando sus 8.100 metros de fauces, amenaza por el horizonte.

Espero que el convoy ruso haya llegado, sino sano, al menos salvo, a su destino.

Nepal finura, “plofff!” se pincha la rueda en este viaje capicúa. Acabando como empezamos, con avería; esta vez surge un autobús de repuesto, que nos recoge, y nos permite cambiar de asiento en una maniobra de Alberto que dejaría a cualquier funambulista de circo en aplicado estudiante de derecho.

Y sí, ¿por qué exagerar?, ¿por qué minimizar?”, tras años en tierras que en materia de infraestructuras viales no tenían vergüenza ni la conocían, hoy nos atrevemos a decir que esta es la peor senda jamás transitada. Los baches, todos, los precipicios, míticos, los encajonamientos cuando nuestro jeep –uno de los tantos que cogemos- se cruza con otro de subida, indescriptibles, y sobre todo, la amargura, el dolor de perdernos un paisaje que se antoja lindo y sobrecogedor, pero que nuestros antebrazos, agarrados con fuerza a la asidera, como abuela en adelantamiento, nos impiden ver.

Con las venas bailando lambada entre mi cúbito y mi radio, enfrentamos el último tramo en la parte posterior de un destartalado Land Rover, y hacemos tantas migas con una madura pareja de nipones que, sin saber si ahora ellos hablan español o nosotros japonés, se confirma la universalidad de los idiomas cuando hay voluntad para entenderse.

Estamos en Pokhara, al fin, y mientras nuestro cerebro se abraza e intercambia regalos con el oxígeno pródigo, nuestro corazón mira de vuelta a las montañas, y echa de menos los días allá arriba, los días sin respiración.

Fin





[1]Para comprender los orígenes de nuestra perrofobia, leer “Remedios ayurvédicos”


3 comentarios:

  1. Hasta que altura??? espero que muy alto, para que no acabe el report :D, queda el descenso también!!!!! Comprasteis al final abrigo?? o así como unos machos ibéricos subiendo bajando la Annapurna??

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    1. a pelo cantabro-segoviano! un chubasquero y auto-mentirnos q hace calor, la única solución (sin solucionar nada). hons de anh

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  2. Pues, a mí me gusta pensar que habéis preparado conciente e inconcientemente, y quizá la preparación inconciente aquella sea más larga que días de aclimatización, con mayor intensidad y firmeza que aquellos mamut por dentro y por fuera. Porque si no, mñn esta caneja se vuelve mamut y pallá va..Cuando mamá dijo que habíais subido en Nepal, pensaba que hasta los 3 mil, como el Fanxipan y volvíais.. Y sí, como es díficil de creer, veo el video ahora :D

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