martes, 4 de noviembre de 2014

INTROSPECTERRR...


auufffrrffff!!!
(Salgo boqueando a la superficie, como pez atrapado en red, respiro hiperventiloso tras el accidente de tren y la vuelta a lo mundano, me toco, todo esta en su sitio, camino, no contento pero erguido)

Sin más premio que la vida, derrapo en la línea de cal que separa India de Nepal, faltan 10 minutos para el cierre de la aduana, y los labios del visado nepalí sellan un áspero beso en mi pasaporte, ¿Julia Roberts o Vito Corleone? aún no lo sé, pero entramos en el país de los gurkhas con ganas de amarlo, con el Himalaya enfrente, y mis rodillas tan temblorosas como hambrientas de meterle el diente.

El pasaje fronterizo hasta Lumbini me lo salto para no tener que recordar ese vía crucis que incluye: crisis claustrofóbica, salto en marcha, testimonio de acoso y me-muero-por-llegar.

Estoy en shock por no estar en shock, me abruma tanto whatsapp preguntándome “¿qué tal?” tras el accidente, y no acierto a saber si hay experiencias que, aunque te curtan y hagan crecer, es mejor no tenerlas que experimentar.

Entre skypes y mosquitos acabo sin dormir, y cuando sale el sol ya es mi cumpleaños; aquí estoy, raro, sólo, con Alberto tratando de lograr un permiso oficial para salir de la India y, por primera vez desde mi partida el 1 de enero, con muchas ganas de estar en casa.

Pero no lo estoy, y hay que tirar para delante. Lumbini, 4 calles polvorientas y muchas reliquias para la masa peregrina, que llega hasta este rincón, queriendo visitar el punto exacto de nacimiento del príncipe Siddhartha Gautama, Buda para los amigos.

El príncipe, harto de vivir entre lujos mientras la desigualdad social mataba el espíritu humano, decidió exiliar su alma y meditar hasta encontrar alguna verdad. Y entonces se iluminó, alcanzó el nirvana, y estableció unos principios tan fundamentales entonces como necesarios hoy en día: la vida es deseo, los deseos son sufrimiento, si eliminamos los deseos eliminaremos el sufrimiento.

Todo esto suena hardcore y ultra asceta, pero no es broma. Cuanto más sabe uno, más siente que aún no sabe casi nada, cuanto más tiene uno, más añora lo que le falta, y así nos encontramos a chavales tan felices jugando con un balón de trapo, y a niños llorando desconsolados porqué se les ha rayado el CD de su último videojuego de playstation.

Alrededor del árbol bodi donde Buda compartía sus enseñanzas, junto a la poza donde su madre lo bañó nada más dar a luz, se ha levantado un gigantesco complejo de templos y pagodas, honrando a Buda a base de mármol y pan de oro. Cada país ha montado su altar, a cada cuál más grande, en una competición de feligresía que roza la locura.

¿Qué Tailandia ha construido un templo nuevo con garzas endémicas? Entonces llega Birmania y remodela el suyo, ¡no vaya a pensar Buda que le veneran menos que sus vecinos thais! Y yo desencajado, pedaleo mi bici del siglo XIV en busca de algo que me haga sonreír; me siento solo, porque estoy solo, me siento leve, porqué pasan los años, y me siento raro, porque ayer fui Bruce Willis en una nueva versión de “El Protegido”, y aún no sé como tomármelo.

Como la crisis en Españistán, no hay mal que por bien no venga, y finalmente las cosas recuperan su sentido. Surco maleza tratando de llegar al templo construido por los vietnamitas, intuyendo que allí encontraré algo perdido.

A mi entrada clandestina se presenta una novicia budista, que desfallece en lagrimas y aplausos cuando un barbudo con las ojeras más grandes del país, le cuenta en fatalmente-pronunciado vietnamita,  la historia de su vida en Vietnam, del distrito y de cómo la vida guarda sorpresas chulas sin que las esperes.

Salen el resto de monjes y hacemos piña; creo que he roto su voto de silencio, pues la alegremocionada vidriosidad de sus ojos crece en sintonía con su afonía.

Cierro así un ciclo, el de mi affaire con Vietnam, de donde tuve que salir mal, enfermo, con prisas y sin tiempo para agradecerle al siempre-ausente sol de Hanói, los mágicos días y personas que allí disfruté. Como fiesta, una braga, pero como cumple así rollo espiritual, joder que bien.

Remotivado, reconectado con el viaje, con la vida y la pachanga, me zambullo en callejones y huertas. Esto es aún India, las faces, los gestos, la tierra yerma y la higiene del mercado, no muestran diferencias con la patria de Gandhi.

(¿he dicho higiene? Perdón, aún no me manejo bien con  este teclado)

-       “Hey, sir, sir, please…”

Entre sollozos y una chiqui-crisis de ansiedad, me asalta un renacuajo de por lo más 6 años; no hace falta ser pobrezálogo, para ver en él otro ejemplo de la injusticia divina y aleatoria, que a unos nos hace nacer entre comodidades y opciones, y a otros les pone la vida cuesta arriba desde el mismísimo principio.

Un coche acaba de pasarle la rueda por su mini pie, y lleva dedos, uñas y empeine destartalados, apenas camina, apenas habla, pero sus ojos expresan más que Iglesias frente a Inda. Nadie alrededor parece dar importancia a su mala suerte. Lo cargo al hombro y buscamos un ambulatorio cercano. Betadines, gasas y pomada son despachadas escépticamente por un farmacéutico que, demasiado concentrado en su viejo televisor, parece reprobar cualquier ayuda a un paria.

Iluso yo, insulso él, y alegre el enano, vamos a pillarle unas chanclas que erradiquen su descalcez. En lo que se tarda en decidir las azules o las marrones, me encuentro con una fila de limosneros y limosneras, altos, bajos, feas, guapas, gordos, flacas, así, asa, de todos los colores, extendiendo el brazo de sus miradas para pedir cita en esta barra libre del calzado. Pillado por los crótalos, acabo recibiendo de manos del vendedor una placa al “mejor cliente del año Lumbini 2014”.

Con el monedero en coma, me rio solo y pienso que no es mala forma de celebrar un día más con vida que disfrutar, y viendo como coquetean con sus nuevos modelos de zapatería, convierto el momentazo prêt-a-porter en mi regalo.

Es la hora. “Snif snif”, olfateo pelotas y el sol baja tan lento como dorado, “aquí hay juego”, como budistas en mis retinas, y bocadillos en el recreo.
Al final del camino me saluda un bosque, voy, le guiño un ojo, y me choca sus cinco. Aquí esta todo el estrato poblacional de Lumbini entre los 3 y los 15 años; su centro de gravedad es un balón tan pinchado que en vez de girar se arrastra en cada puntapié.

Yo flipo con ellos, ellos flipan conmigo, y hacemos de los árboles las mejores porterías. Aritméticos ellos, hacen nuevos equipos y calculan fríamente que el extranjero equivale a 7 locales, así acabamos jugando un 15 contra 3.

Se pierden en el caos de la novedad, y yo trato de soplar las velas en cada remate, aunque siempre se me adelanta el viento, esta brisa que muchas veces te confunde, pues no sabes si andas, o si te dejas volar.

Intoxicado por la inconsciencia de los kids, me repito en voz baja “de mayor quiero ser pequeño”, y acabamos montando un campeonato de saltos y volteretas sobre montones de heno.

Meditado en cada templo, y recuperada la sonrisa que nunca se acabó de perder, extraigo dos lecciones que nunca nadie debe olvidar: 1.- “vive como si no hubiera un pasado mañana”, y 2.- “en Nepal, si dejas un paquete de galletas abierto durante toda la noche, asegúrate de que no ha sido invadido por hormigas rojas asesinas, antes de comer”.




1 comentario:

  1. "...aunque siempre se me adelanta el viento, esta brisa que muchas veces te confunde, pues no sabes si andas, o si te dejas volar." <3

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