viernes, 28 de noviembre de 2014

GURKHALAND


''Antes morir que ser un cobarde vivo''.
Lema sellado a fuego en el orgullo de los Gurkhas.

El escuadrón de Gurkhas del Honorable Ejercito Inglés es la unidad de combate más temida del mundo. Lo confirman los argentinos que lucharon contra ellos en Las Malvinas. Lo corroboran los alemanes que les padecieron en ambas guerras mundiales. Lo afirma el Sultán de Brunei quien les tiene por su guardia personal. En realidad, los Gurkhas nos son un ejercito regular; los Gurkhas son mercenarios. Defienden con un valor extremo los colores de unas banderas que no les pertenecen. Mueren por unas patrias que no son las suyas.

Pokhara es tierra de Gurkhas, o de aquellos que aspiran a un día serlo. Las calles de la tercera ciudad de Nepal, aquella que nace al pie un valle rodeada de ocho miles, se pueblan de miles de jóvenes cuyo sueño (o única esperanza para salir del círculo de pobreza en el que son ahogados) es ser uno de los escasos escogidos para servir en una unidad cuyo salario es 30 veces superior a la media del país.

http://www.theguardian.com/world/2011/nov/10/gurkhas-mod-cuts-end-role
Cuando aparecemos en la región no es tiempo de recolecta de valientes, pero basta con asomar la curiosidad a las tiendas de utensilios del lugar para descubrir que el objeto estrella son unos cuchillos curvados que hacen llamar kurkis.

Cuesta mantener la atención en el corto espacio, en la piedra que vas a pisar o la rama que debes esquivar, el inconsciente, en un ejercicio semi autónomo, te obliga a alzar la vista para contemplar sin descanso alguno de los imperiales picos que comandan la región. Peligro inminente. 

Ricardo y su bicicleta dan fe. En un arrebato Jordi Tarrés a la cántabra se lanza sin temores a un puente cuyo final simula ser el fin. Vuela 360º y el desenlace de la arriesgada maniobra es besar el polvo sin cariño ni cortejo.  

En ningún lugar del mundo las montañas se levantan con tanta rapidez, en 40 km, desde los mil metros hasta los más de ocho mil del Dhaulagiri, Annapurna y Manaslu. Majestuosas, con sus cumbre de nieve perenne y escarpado acceso, muestran su estatura como un reto a la ascensión.

Procuramos pachanga. Descalzos sobre pedregal adornado con punzantes matorrales el partido se convierte en un baile de imitadores de Chiquito que da para pocos lucimientos.

Entre los contendientes nos encontramos con el sevillano Juan Manuel, o es así como nosotros le llamamos, quien aporta nuevos puntos de vista a las conversaciones socio-políticas que nos acompañan, como rutina de cada cena en taberna ibérica, repasando la indignante prensa nacional.

Comienza a diluviar y dudamos de la existencia de un mañana. Debatiendo de si aquello es el Apocalipsis, y todo fue bonito mientras duró, oteamos los alrededores esperando el paso de Noé y su zoo-itinerante. Finalmente escampa y proponemos paseo en balsa para homenajear al bíblico patriarca.

Paleando nos adentramos en el lago Phewa Tal para cerciorar que el agua no es nuestro medio. Los círculos que describe nuestra balsa así lo corroboran. En el horizonte asoman cientos de parapentes de los que nuestros vértigos nos mantienen alejados.

Notamos que nos distanciamos de los Annapurnas mientras planeamos los 200 km (ocho horas en el idioma de las infraestructuras nepalís) que nos llevarán de vuelta a Katmandú. Atrás quedará el exitoso logro de nuestro mini reto para comenzar uno mayor: ascender el Tíbet en siete días logrando no quedarnos siete años.

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