lunes, 10 de noviembre de 2014

GIVE PEACE A CHANCE

Nepal eres tú o nadie
Nepal sos y en Nepal me convertiría
Cuanto más te digo te quiero, más se disfraza de verano la pasada primavera

Llegué como un tiro, como dos, uno de escopeta y otro de farlopa, rebotado por un accidente de tren que me dijo “corre y vive”; entre así medio tembloroso, era el camino rugoso, todo baches desde Lumbini hasta la capital. El jeep de 10 pasajeros se hizo de 26, aquel coche de 5 se hizo de 11 y el último paso, en buseta de 30, se hizo de “rodea-el-congreso-el-senado-y-las-ventas”.

Era junio de 2001, cuando el rey y su familia fueron asesinados durante una cena palaciega, en lo que se conoce como el episodio “what-the-fuck-parricide”, la versión oficial apunta a los maoístas, la pseudo-oficial a su propio hijo, el príncipe heredero, y la más verosímil, a una conspiración[1]. Poco tiempo después los comunistas tomaron el poder a través de la lucha armada, en una guerra que condenó el país, ya en el calabozo, a cadena perpetua.

Hoy Nepal es el segundo país más empobrecido de Asia en términos de renta per cápita. Su ubicación entre las nubes dificulta la conexión entre sus gentes, sus productos y sus servicios. Lógicamente el gobierno trata de alinearse con la tendencia mundial y hace todos los esfuerzos posibles por corromperse. A veces la falta de suministro falla, y entonces, vuelve la luz.

Pregunto “Hey Katmandú! What´s going on?”, y desenrolla su alfombra granate para poder yo pasear sobre ella.

Acogedora como la señora Doubtfire, sus calles recargadas no paran de contar secretos, susurrando a voces las leyendas montañeras más increíbles, el escalón de Hillary, la genética de los sherpas, las chupas North Face de segunda mano, los antrazos donde antaño hippies ortodoxos y neo yonkis hacían del LSD su dieta básica, el hinduismo nepalí y sus templos reinventados.

La mano de Shiva sostiene souvenirs manufacturados en Guanzhou, y menores de edad estudian las leyes de Adam Smith entre sacos de especias y cereales, haciendo evidente que la mano invisible del mercado azota a los más débiles con la fuerza de un ciclón.

Deambulo híper motivado, me falta carrete, me falta objetivo, me falta dedo índice para clickear cada estampa, norte, sur, este, oeste, todo ruido y trajín. Llueve y, en mitad del gran charco por el que nado, a veces se forman pequeñas islas de barro sobre las que resbalar.

Mujeres más que hombres, ofrecen sus puyas –plegarias con flores- a los dioses horadados en cada muro de arenisca. Oigo unos gritos, no son de auxilio, son de alegría; atravieso un pasadizo y el balón me pega en la frente, no les culpo, es demasiado amplia como para esquivarla.

Niños y niña, descalzos y con tacón, jugamos un partidín entre leones, altares y un patio de vecinos bendecido por el sol reciente.

Metro de Tokio, hora punta, prisas fenicias de vendedores ambulantes, guiris disfrazados de Juanito Oiarzabal, guiras disfrazadas de Yoko Ono, todos juntos en la cama y en trance cantamos “all we are saying, is give peace a chance”, pero el carrito de los helados me acribilla los pies y me devuelve a la realidad.

Spain is different! Y aunque sea igual, no importa, cuando más apátrida quería ser, me secuestra el más patriotic-minute de mi vida, a mi derecha banderas desechadas por un nefasto mundial cobijan a lady-gaga sin mucho afán, enfrente San Miki, la espumosa española más bebida en el extranjero, y aquí, abajo, sin esperarlo, Inditex trata de perseguir las falsificaciones, luego es normal que no tenga tiempo de tributar en España sus ventas hechas por internet[2].

Sigo descendiendo, más vencido al magnetismo que al racional mapa que nunca llevo, atraco mi barca en la plaza Durbar, me derrito, me deleito, y Cupido apunta su flecha directa a mi sien.

Mágicos, templos, apiñados, cochambrosos pero dignos, esbeltos, orgullosos de ser hoy del pueblo. Construidos con madera y apostados sin martillear un solo clavo, estas estructuras no se cansan de ver pasar el tiempo, se abrazan los pilares entre sí, frisos que se quieren, arquitrabes también, Shiva mira a Ghanesa y dice “vamos a pasarlo bien”.

Katmandú entera se sube a las escaleras para tomar masala chai – té indio, con leche y jengibre- y contemplar a Cristiano Ronaldo meter goles de maíz en porterías de palomas.

Una maraña, queremos subir los Annapurnas, hay que darse caña, va, necesito encontrar una agencia que encuentre un conseguidor que encuentre en la embajada china la forma de permitir a estos dos chicos cruzar el Tíbet ocupado.

-       “¡¿qué dices? al Tíbet solo se va en avión y con billete de ida y vuelta!”.

Le contesto con ojos de loco, para confirmar que sí, que no estamos cuerdos, pero tampoco tontos, por eso debemos evitar Pakistán o Afganistán en los tiempos del cólera, y Tíbet parece el camino más propio de este surrealismo mágico que ejerce distrito pachanga.

¿Lo lograremos? Ya sabes, no cambies de canal.

Va, Katmandú, quiero más, suelta de eso que tú nos das, “hey, my friend, some weed? Cocaine? May be some hash?”, camellos precarios en cada esquina, Ámsterdam oriental, plis plas, abastecen de tóxicos a hebreos buscadores de aventuras, meto gas, y mis ojos buscan la cúspide del templo xxx, allá en lo alto, donde las nubes se pegan el palo con los banderines budistas que ondea el viento.

¿Altos en el camino? Unos cuantos, convertimos un partido de cricket en el gran circo mundial, dos porterías, un regate y me crecen los enanos.

Qué giro, qué alegría. A 10 horas de la frontera India me sorprenden los puestos callejeros, tirados, sí, pero limpios y ordenados. Una mosquitera improvisada protege los trozos de pollo sobre la mesa, se alejan las moscas, se relajan los sistemas inmunitarios, tiembla mi lacrimal y se derraman gotas de alegría por el tramo que une mis ojos y mi nariz. Ahora sí, this is Nepal, no India anymore!

Bertín Osborne anuncia que “esta noche Ricardo se va a convertir en… Rocky Balboa” y subo los 700 escalones de 6 en 6, agitado, desgarrando chancla para encaramarme a la cúpula de Swayambhunath, templo okupado por monos, monos ocupados en evitar los flashes de cámaras, tantas cámaras que me rodean, mientras como plátano, fumo piti y observo el infinito valle de Katmandú que, coqueto entre la niebla, me chiva al oído “corred, coged la vida, y no paréis hasta haberlo conseguido”.




[1] Parqueados en un escalón, ebrios de falsa ginebra e inundados por la lluvia, Alberto y yo escuchamos atentos la historia de Javreesh, quién busca comida para su hijo, quién nos revela que todas las personas en Nepal saben que no fue el hijo quién mato al padre, sino el tío, quién tras el suicidio del hijo se aupó al poder; teoría conspiratoria contada en voz muy baja, las paredes hablan, los oficiales espían y las historias que no se cuentan, son historias que nunca ocurrieron.
[2] Las ventas virtuales en Irlanda son gravadas tan ligeramente que a Inditex le parece bien declarar todo su volumen de ventas on-line en Irlanda, aunque la prenda se haya cosido en Orense, y la hayan comprado desde un ordenador en Huelva.



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