domingo, 30 de noviembre de 2014

7 DÍAS EN EL...


Siguiente paso, ¿adónde vamos? Extendemos un mapa y observamos que el camino de la izquierda cuenta con unos cuantos países-tanes (Pakistán, Afganistán) que podrían provocar algún cisma familiar. Venimos del sur, luego solo nos queda el camino hacia el norte, y así aparece Tíbet en nuestras vidas, tratando de evitar muertes por disgusto.

La primera escena del guión de un viaje al Tíbet consistiría en una visita a la Embajada China en tu país de origen donde, es de esperar, te concedan el visado sin problemas aparentes. Una vez con el sello de la República Popular, alguna agencia especializada en tours a territorios ocupados se encargaría de obtener el permiso especial requerido, cerrando así las primeras tomas del ansiado film. Lo nuestro, claro está, es un largometraje a la improvisación: estamos en Nepal sin visados chinos ni permisos especiales (tras un intento fallido de lograrlo en New Delhi, donde la embajada exigía billetes de avión, mientras nosotros nos exigimos viajar sin despegues).

Preguntamos aquí y allí y todos nos mandan de allá para acá. Los precios que nos plantean no se cubren ni con tarjeta black: esta a punto de caer un mes de presupuesto en el peaje hacia la tierra del Dalai. Intentamos el arte del regateo, y mostrando cintura de culebra logramos una rebaja que hace menos doloroso el marcar el pin de la tarjeta. Las dos tramitosas semanas de espera estipuladas fueron invertidas en bordear los Annapurnas, ahora, ya de vuelta, toca recoger nuestros brillantes pasaportes que, como pulserita en Varadero, nos dan barra libre hacia el cercano oriente.

Salimos aún de noche, no hay nadie por las calles en un ambiente clandestino de novela policiaca. Ahora somos tres. A la causa se une el Sr. Romo, alias Jordi, a quien su vuelta al mundo pedaleando le ha situado en mismo espacio/tiempo/destino que al distrito. Nos arrejuntamos como familia y comenzamos el trayecto a ritmo de check-point.

Al inicio, apenas saliendo de Katmandú, encontrar puestos de policias-militares que, armados y equipados, que solicitan pasaporte y charlan con el conductor y guía, tiene hasta su toque. Según intentamos avanzar, entre con check-points cada vez menos distantes, el toque desaparece y a medida que aumenta la sentida sensación de falta de libertad.

La frontera que separa Tíbet de Nepal está en Kodhari. Cruzarla es dar el paso de un mágico desorden a lo puramente articulado. Tíbet es ahora China y sus autoridades así quieren demostrarlo. Disipan toda duda sus semi-inertes soldados, la desmesurada bandera colorada, y el cuadriculado puesto fronterizo. Prohiben tomar fotografías así como detenerse a contemplar las estatuas y carteles explicativos que adornan el lugar. Colocar carteles y prohibir que sean leidos. Nos adentramos en un nuevo mundo regido por una nueva lógica que por ilógica nos atrae.

El que parecía nuestro guía deducimos que no lo es, nos despide en los puestos de control sin volver la vista atrás. Una hora más tarde, que puede que fueran dos, aparece un chandal de tactel amarillo que lleva dentro a una persona dentro. Es Jimmy, tibetano de origen y tibetano de corazón - pero eso aún no lo sabemos (atención: spoilers) -, y es, para alivio grupal, nuestro guía.

Hemos hecho los deberes. De Tíbet hemos leido hasta la marca del incienso que queman en los templos. Así que llegamos con la batería cargada de preguntas sobre que fue del Gran Tíbet y que será de él. Tanteamos a Jimmy con comentarios inocentes, evitando los tabús de ocupación, Dalai o revolución. Muestra sus cartas sin haber envidado. Despotrica de los chinos sin miramientos.


Recalca, en un inglés mejorable, sus orígenes y cultura, y como el trabajo de guía le permite revindicar su verdad a los recién llegados, eso sí, siempre dentro del coche, donde solo nosotros le escuchamos.

Nos adentramos en lo que llaman la carretera de la amistad, oda al eufemismo en formato mandarín. Poco queda de lo que un día debió ser Tíbet. El desarrollismo oriental ocupa hasta donde alcanza el horizonte, solo en determinados pueblos, rodeados de tiendas que para nosotros serían un todo-a-100, encontramos pequeños resquicios de arquitectura tibetana. Casas de adobe tiñen sus paredes de blanco, adornando puertas y ventanas con colores cobrizos que funden con amarillos; su forma trapezoidal da un aspecto único a estas joyas en en peligro de extinción.

Encontramos placas solares allá por donde pasamos. Energías renovables completan la renovación cultural. Si no te cuentan que estás en Tíbet dificilmente lo deducirías.

Zhangou, donde llegamos, es un pueblo en construcción. Grúas y camiones otorgan al paisaje un aspecto de boom inmobiliario. Huímos del pueblo sin encanto, y desempolvando espíritu trecker, trepamos por un amago de colina que promete llevarnos a ningún lado.

Montoncitos de piedras apiladas, rodeadas de trozos que intuímos por huesos, nos muestran lo que investigando desciframos como entierros zoroastraticos. Secta discípula de Zaratustra, desplazadados desde Irán cuentan entre sus creencias el entregar sus muertos a los buitres, rapaces capaces de rebañar el tuétano y dejar caer los huesos para su fragmento contra la rocas. Envueltos en mantas nos zafamos del frío aguardando un mañana que nos regale un poquito del lo que debe ser el auténtico Tíbet.


(zzz…)



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