jueves, 2 de octubre de 2014

SLUMDOG FOOTBALLERS

“Sé el cambio que quieres ver en el mundo”.
Mahatma Gandhi

Desde que Ana Torroja decidió que pagar impuestos era de vulgares, ya nadie la hace los coros, y la canción que ahora suena es Hawái-Bombay en mi loro.

Una bomba pero también un intento de ciudad, alocado, barroco rococó, ya estamos en Bombay, slumdogs footballers.

Era 1978 y Stanley Kubrick buscaba exteriores guapos para rodar “El Resplandor”. Hoy subo yo esas escaleras, decrepitétrico, “welcome to Lawrence!” un psicópata que se hace pasar por pensión. Lonely Planet dice “si quieres ahorrarte una pasta y no te importa ser prejuzgado por sus dueños, este es tu sitio”. Pasillos pálidos con neones a intervalos, el recepcionista es jefe y esclavo, nos vigila, nos espía, es Anthony Perkins en Psicosis, se disfraza de madre e imagina que nos acuchilla en la ducha. Los objetos han cambiado de lugar cuando regresamos. Así que volamos para, sin que nos vea, entrar de madrugada por la ventana, toreando palomas como matador José Tomás.

Que sí, insisto, Bombay es la bomba y esta activada; lista para estallar en este cisco, un circo, un cristo, mercados colibrí, revolotean a tu alrededor, desde la colina Salsette hasta el puerto, gritan “faif-jandre-rupi!”, me encanta, ¿me están diciendo el precio antes de señalar el articulo[1]? Nos timan, nos soplan, nos rifan, nos inflan y deshinchan, mientras moscas kamikaze se aparean con piezas de sandia cortadas al oxido de algún machete.

Entramos en materia, 5 y ¡acción! esto es Bollywood, las cámaras de travelling nos hacen pase al hueco y de rabona salimos como extras por el Arco de Victoria, signo colonial de antaño, hoy lugar de paseo para hombres con el bigote bien recortado y litros de colonia, Brummel sigue mandando, aunque pasen los años.

Doblo la esquina, aquí plató de rodaje Scorsese, taxis negroamarillos de espíritu neoyorquino, chuto el balón como toro salvaje, y me acosan Goodfellas sin freno, unos venden matuja y otros placas de hash, el mercado esta bien repartido, cada uno en su lugar. Las calles están llenas de lobos y maleantes, pero Bombay, sin coña, tiene aires de grandeza, marca pisadas elegantes.

Curiosos nosotros, entramos en los juzgados y nos echan sin explicación, secreto de sumario, abrimos a banda y escondida en tímida callejuela encontramos la casa de Gandhi, Mahatma “el líder espiritual”, icono indiscutible de la rebeldía pacífica[2] y la contracultura beligerante.

Cogió una vara y comenzó a andar, buscaba la costa, buscaba la sal, esa que los ingleses explotaban, esa que representa para los indios y las indias una forma de sobrevivir, el sodio que conserva los alimentos, la blanca que potencia sus sabores. Se unieron a él por miles, y llegaron, recibieron disparos y cayeron, pero las balas de entonces, como las de hoy, no pueden matar ideas, y al final triunfó.

Primero te ignoran, después se ríen de ti, luego te atacan, entonces ganas
Gandhi, vigésimo primer día de ayuno

La sangre de Mahatma, dicen, es como la bandera de India, naranja de sacrificio y coraje, verde en su fe y su fuerza, blanca la paz y la verdad, y una rueca en el centro, la carkha, hilandera del vestir, del proteger, de algún sueño llamado porvenir.

Las vacas pastan a las puertas de la catedral de San Pablo, el Banco Estatal de India impera en la plaza, mientras enfrente, el único wifi (con rayitas) del lugar, le pertenece a Starbucks; acelerado, cargo fotos y videos, bebo un café a disgusto y pago la abultada cuenta, mientras jornaleras en Etiopia venden sus granos a un precio injusto.

Película de Antonioni, Bombay es infinita. Playa cerda, mar sucio, donde solo se bañan niños y niñas con pedir-limosna como oficio. Nos adentramos en el suburbio más grande del planeta, Dharavi, mucho slumdog y poco millionaire, los chavales hacen caballitos con bicis destartaladas para impresionar al forastero. La Gran Muralla de Bombay, con sus coloridos 600 grafitis, delinea la silueta de un barrio diferente, divergente, donde se expande la miseria mientras el gobierno indio invierte 73 millones de euros en mandar una sonda a Marte, tal vez allí encuentren vacunas contra la indiferencia y bocatas de chóped a medio dólar.

Sacamos el spray y DistritoPachanga campa a sus no-anchas por estos callejones de barro, gritos y charcos de auxilio.

La barriada nos acoge bien, unos juegan acá y otros allá, juntamos peña y proponemos algo juntos. Emocionados se resisten, unos chavales se niegan a mezclarse con el resto, reflotan las castas.

Guays contra pringaos, niños-bien contra macarras, historias para no dormir siempre presentes. Nos disfrazamos de adultos y fingimos enfado “el fútbol no es linaje, si quieres jugar, corre, chuta, que hay que remontar”, y les mezclamos, equipos mixtos de hambrientos y muy-hambrientos, okupamos un colegio y casi rompemos las vidrieras con mas fallos que aciertos.

Se ríen tan juntos que parecen siameses. En seis patadas y una segada olvidan a sus padres diciendo “ya sabes que está prohibido juntarte con parias”, y gozan, y gozamos.





[1] Yo lo llamo apraxia, como lavarse los dientes con un zapato castellano y usar dentífrico de tippex.
[2] En efecto, en el distrito no hay disparo recto, ni tampoco el ser perfecto. Fuentes contrastadas nos cuentan cómo atizaba Gandhi a su mujer y a sus hijos, cómo discriminaba a los negroides nativos durante su época sudafricana, y cómo impidió que administraran penicilina a su mujer durante la pulmonía que acabó con su vida, ya que ésta era medicina extranjera; sin embargo, cuando la malaria se apoderó de su sangre, no tuvo problemas en atacar el plasmodium con malariones europeos. Fuente: Erikson, On Gandhi’s Truth.
Nada de esto quita su mérito y coraje, pero si cuestiona su santidad.



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