sábado, 18 de octubre de 2014

FRATICIDING

Equipazo: el Jalber, la Mari, el Rics y el chicken tika masala, todos listos, aseados y bellos para trasnochar hasta Amritsar, en el Punjabi indio, y acariciar ese templo dorado que si lo tocas se rompe, pero si lo notas, se siente.

Nacido del nihilismo más reflexivo, el gurú Nanak decidió a inicios de 1600 que el genuinamente cruel sistema de castas hinduista no podía ser el peaje en su camino hacia la felicidad. Cruzó piernas, mojó pluma y plasmó en su libro sagrado, el Granth Sahib, las directrices del Sijismo, otra religión, por si no había suficientes, rechazando la adoración de ídolos y promoviendo la rectitud como forma de vida.

En esta tierra, ocupada por mongoles, afganos y después comprada por Mr. Sarovar –Pocero de antaño- al precio de 700 rupias de entonces -9 euros de ahora- se construyó el Templo Dorado, oasis espiritual metamorfoseado en parque de atracciones fervoroso donde la comunidad sij rinde plegarias y saca los tupper-ware a pasear en días de verano.

- Mmm… ¿has dicho un sij?

- Ah, sí, perdona, un sij, eh, bueno, es un tipo considerado santo y soldado…

- ¿Cómo?

Bueno, sí, personas siguiendo los preceptos del gurú, lo que incluye nada de fumeque, bebercio u otras drugs; además consideran a todos los seres iguales, sin categorías, son incluyentes, practican el “lagar“, compartiendo comida y suelo con todos los visitantes del templo. Son fáciles de reconocer a través de los cinco “kakkars” o emblemas, como la barba y el pelo sin cortar, una peineta para aguantar tal despropósito cabelludo, la "kaccha", un calzón rapero, que representa la modestia aunque este bordado en hilo de plata, el "kirpan", un sable-espada, que representa la dignidad y acojona en las distancias cortas, y el "karra", un brazalete metálico como signo de valentía (esto abriría nuevos mercados a Tous).

En definitiva, si ves un león disfrazado de guerrero, es un sij, tiende mano y no huyas.

Echamos las horas entre marabuntas de religiosos y cámaras réflex sobre escafoides japoneses; el lago central, “El estanque del néctar de la inmortalidad”, lo refresca todo, sus cuerpos y nuestro mirar, mientras cadenas de hierro en sus bordes impiden su hundimiento a los bañistas sin manguitos.

Los voluntarios sacan bandejas de guarnición, zafarrancho de combate, armonía del compartir. Ceniza sirve de Fairy-limón, en Villarriba y Villabajo, aún nos queda mucho que aprender.

Historias impactan nuestros oídos vulnerables. Este pueblo fue, es y será una fogata con brasas sin apagar. Limítrofe con Pakistán, el sijismo es jamón y queso en este sándwich hindú-musulmán. Subidos en la alfombra voladora de sus libros sagrados, en 1984 Jarnali Singh Bhindranwale, líder del grupo sijista Taxsal Dami, lideró la proclamación del estado independiente del punjabi.

Indira Gandhi, presidenta entonces y mito hoy[1], levantó el dedo pulgar y la operación Blue Star desembocó en 3 días de tormenta de balas, nacidas en los kalashnikovs del ejercito indio, y enterradas en los cuerpos de más de 500 civiles apostados en el templo como símbolo de resistencia y dignidad.

En estos tiempos de autodeterminaciones y consultas, cada historia nos muestra la particularidad de cada caso y las 28000 caras de cada moneda, la fuerza de la identidad cultural, la perversión del control de recursos, las ansias de poder de los bandos, y siempre, el teje-maneje de las personas, que luchan por saber hacia que lado deben luchar, sin que nadie sepa gritar “¡no existe una única verdad!”.

Nos quitamos el turbante, requetelavamos nuestros pies y toxicómanos de la emoción, montamos en una furgoneta tuberculosa hacia Wagah, el borde con Pakistán, donde nos han soplado que esta tarde hay jaleo.

- Mmm… ¿has dicho jaleo?

- Sí, y lo repito. 

India y Pakistán, primos-hermanos, sobre todo primos, merecen un especial en la teleserie “¿por qué nos gusta más odiarnos que querernos?”. Desde la independencia de Buckingham en el 48, sus enfrentamientos semanales dejan de ser noticia para ser ir-a-comprar-el-pan. La disputa por la zona Cachemira en el norte, sus armas nucleares listas (diría tontas) para intimidar y la desesperación de familias quebradas, se representa teatralmente en este esperpento del nacionalismo vital.

Espabilados venden banderas, pins, chapas y pinturas verde-naranja-blancas para plasmar banderas patrias en los carrillos de la exaltada plebe. Sentados en unas gradas contemplamos la Super-Bowl de las banderas:

(baja lentamente el micro hasta mis dedos)

A la derecha del ring, con 1400 millones de habitantes, 12 violaciones oficialmente reconocidas al día, un 26% de extrema pobreza y muchas ganas de creerse la mejor, ¡¡¡¡laaaa Iiiiiiiindiaaaaa!!!

A la izquierda de este crudo cuadrilátero, con talibanes compinchados con el ejercito, con mujeres secuestradas en burkas del todo-a-100, con pastunes matando a cooperantes extranjeros por tratar de vacunar a niños y niñas contra la polio, y más pobreza pero menos desigualdad que su oponente… ¡Paaaaa-kisssss-táaaannnn!!!!

El combate dura lo que Poli Díaz a Whitaker, indios indias, chiquitines y carrozas, todos siguen la infantil estela del MC, un animador disperso en chándal de táctel (sospechoso cuando menos) exige a la grada repicar sus gritos de guerra “¡¡¡Hindustáaaaannnn!!!!” mientras la foto de Mahatma, ojiplática y descolorida por tanta excéntrica puesta de sol.

Soldados sacados del tetris elevan sus botas militares hacia el cielo, resonando el eco de sus súper-pisadas contra el cemento aterrado, enfrente, hombres y mujeres pakis separados en diferentes gradas, tratan de corear lo que aquí ni se oye ni se escucha.

Entre cierre de verja, subida-bajada de banderas y demás parafernalia militronchi, las mujeres indias bajan al raso para bailar los hits del momento (véase Gangnam Style y David Guetta) demostrando a Pakistán lo liberadas y felices que están. Los hombres no pueden pisar la pista, pues la testosterona es aquí indomable Will Hunting, pues no hay sudor sin frote, ni respeto contra el azote.

El caos del ego injustificado, aquí representado, como teatro del absurdo de Boris Vian. Todo lo nuestro es de la patria, y la patria es… mmm, la patria es de quienes tienen todo lo nuestro.



[1] Indira fue asesinada en octubre de ese aciago 1984 por sus dos guardaespaldas sijs. Un fotograma más en la dramática historia de la saga Gandhi, en la que sospechosos accidentes aéreos y asesinatos a sangre fría, han forjado la versión asiática de “Los Kennedy”. Eliminando mitos, el apellido Gandhi no implica parentesco sanguíneo con Mahatma, mera coincidencia.




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