viernes, 24 de octubre de 2014

¿CÓMO HEMOS CAMBIADO?


Recuerdo un día, un antes de ayer del que pasaron ya 9 años, en el que llegamos a India casi sin querer. Pero no recuerdo haber salido. Aterrizamos en India sin saber apenas situarla en un mapa, y hoy intuímos casi sin esfuerzo los nombres de sus provincias, climas y hasta religiones. Cada persona tiene un punto de inflexión, un lugar-instante-experiencia-momento en el que se produce el antes y después de lo que sucede en adelante. El nuestro fue en India, sin yoga, meditación, ayurvedas o psicotropía, un trocito de nosotros aquí quedó, y pensamos que quizá tocaba venir a recogerlo.

Buscando en fotos ya antiguas los retratos de unos recuerdos aún recientes, con miedo a estropearlos con el regreso al lugar donde sucedieron, lo que encontramos son unas caras de primos asustadizos que mandan al traste cualquier intento de misticismo.


En Delhi encontramos, mejor que en ningún otro lugar del subcontinente, la fusión de las dos indias, la del progreso desmedido y la de la pobreza más inhumana, que de entrelazadas casi cuesta distinguirlas. Dando por sentado que en estos años tuvimos un tiempo para madurar, o perecer de tantos amagos, ahora intentamos llegar a un lugar conociendo con antelación un pasado que nos ayude a comprender mejor el presente. Mejoramos sin esfuerzo.

Ayer, por visa entendíamos tarjeta de crédito que tiene la gente con mucha pasta, y con ese concepto nos plantamos en el aeropuerto de Estambul (el cómo llegamos allí sería un paso atrás en la búsqueda de un significado al cómo aquí terminamos), aquel agosto de 2005, muy sonrientes y pizpiretos, con nuestros billetes para India recién impresos, y allí nos quedamos tres días más, entendiendo nuevas acepciones de la palabra visa tras alguna súplica al jefe del consulado. Hoy, perdemos el pasaporte, la visa y la paciencia. Pero no suplicamos. Realizamos intentos de diálogo. Y nos quedamos diez días más. Distintas tácticas con dispersos resultados.


Ayer caminábamos por los bulevares de la recién conocida Delhi en busca de algún encantador de serpientes con turbante, flauta, y si fuera el caso, alfombra voladora. Nos enseñaron a soñar, y nadie parecía pararnos... ni nos paró. Hoy, disfrazados de culturetas, nos empapamos de datos, historia y batallas que nos sirvan de contexto de aquello que nos vamos encontrando. Nos perdemos. De tantos intentos por retener fechas, nombres y sucesos nos encontramos mezclando lo que antes sabíamos con lo que ahora creemos saber pero ya se nos olvidó, terminando por saber menos que al principio sabiendo que irá disminuyendo respecto al final. Nosotros tampoco lo comprendemos.

Ayer, montábamos en los destartalados rikshaws tras un penoso regateo en el que siempre te sabes perdedor. Cuando, en una de esas veces que ocurre lo extraño, el taxímetro se activaba comenzando un vertiginoso ascenso digno de los intereses de la deuda externa, optábamos por apagarlo en mitad del trayecto, provocando la rabia del atónito conductor. 

Hoy posponemos la negociación hasta el fin del recorrido en una táctica autoproclamada como eficaz: una vez en el destino el servicio ya quedó facilitado y con la distancia calculada es más simple estimar el precio a pagar. Las discusiones se vuelven más violentas por unos céntimos de ahorro ante el, de nuevo, pasmado conductor. Lo empírico nunca fue nuestro fuerte ni los conductores de rikshaws invitados potenciales a la cena de navidad.

Ayer las noches en los trenes siempre fueron en segunda, rumiando entre lo mullido de las literas lo que entonces denominábamos auténtico. Hoy cumplimos nuestra promesa de viajar siempre en tercera dejando que overbookings y pestilencias nos muestren la realidad que un día creímos saborear.

Ayer nos cruzábamos con eunucos que nosotros llamábamos travestis, observando atónitos sus danzas al repicar de las monedas en sus cuencos de hojalata. Hoy la perplejidad se transforma en curiosidad y procedemos a investigar el origen y destino de aquellos que algunos encuadran en el universo de las castas.  

Ayer, buscando lo verdadero en formato tour operador, terminamos entre camellos y diarreas tras paso previo por el Taj Majal. Hoy, con sinónimas diarreas mudamos de escenarios, y de majestuosos mausoleos pasamos a imperiales basureros descifrando aquello que por el medio nos fuimos dejando.


Hoy, como ayer, en Old Delhi nos perdemos entre sus miles de callejones. Envueltos en distintas basuras de olores semejantes, comprobamos que el paso del tiempo no inmuniza ante imágenes que deberían haber, hace ya mucho, dejado de aparecer. Donde antes se entendía pura pobreza ahora distinguimos políticas públicas inexistentes o mal gestionadas, ramalazos profesionales que se confunden con proceso de maduración.  

Ayer, aterrizamos directos al hogar del bueno de Jali quien, en una alarde pachangero, se nos plantó en el aeropuerto el día que no era. Hoy, María nos acoge dejándonos saborear por unos días el casi olvidado sabor a hogar. Distintas épocas, distintas personas: pero siempre gente maravillosa.


Ayer, jugábamos pachangas con conocidos en horario establecido. Hoy, viajamos sin destino en busca de pachangas con extraños, usando el balón como un reflejo del paso del tiempo para terminar por concluir: ¿y qué nos ha pasado?... y como hemos cambiado.





 

1 comentario:

  1. Qué bonito es echar de vez en cuando la vista atrás y ver lo disfrutado. Cuánto tiempo ha pasado y qué poco ha/hemos cambiado, la esencia perdura. Gracias por las alusiones, ya sabéis que en mi casa siempre son bien recibidos amigos de gran corazón y barba a lo Chacho. Seguir contándonos vuestro día a día con esa frescura que os caracteriza. Me voy a la cama que ya es tarde y mañana toca pachanga fresquita y tarde de mocitas madrileñas. Se os quiere, besos y abrazos, por supuesto con los pantalones hasta los tobillos

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