miércoles, 22 de octubre de 2014

CITA CON EL DALAI

En 1949 Mao Zedong decide que aquél inmenso país llamado Tíbet debe convertirse en una nueva provincia de  su neonata república popular. Como en toda expansión geográfica que se precie, los tanques ejercen de diplomáticos y Tíbet, con apenas 4.000 soldados que lo defiendan, cae sin remisión dos años después.

Los tibetanos no andaban muy contentos  con su nuevo estatus de ciudadanos chinos y comienzan a organizar revueltas a modo de protesta. China, como buen pueblo invasor, busca un enemigo público a quien culpar de tanta insurgencia, y es el Dalai Lama el escogido. Su Santidad -como es conocido el XIV Dalai Lama-, ante el peligro inminente de secuestro o encarcelamiento, huye por las montañas hasta India, donde obtiene asilo político en la ciudad de Dharamsala.


Y es a Dharamsala donde llegamos, tras abandonar un tren rojigualda que nos hizo realmente empatizar con el transporte de ganado, en busca de la brisa de los Himalayas y un poco de divinidad tibetana para celebrar un nuevo año en este mundo.

¿Un cumpleaños con su Santidad? llegamos sin buscar su presencia y resulta que esta semana anda por su forzada casa. Solicitamos audiencia, soplando por si suena una flauta que algunos llaman flor, y nosotros persistencia, para poner un balón bajo el brazo del Dalai; al indicarnos que las citas se realizan con un mes de antelación, nos retiramos con el buen sabor de quienes, de nuevo, intentan un imposible. 

Cuentan guías y viajeros que la cultura tibetana se saborea en su mayor esplendor aquí, en el noroeste de India, más incluso que en el mismo Tíbet. Visitando el Palacio de Gangchen Kyishong, actual residencia del Gobierno del Tíbet en el exilio, se puede apreciar a simple vista que, dentro de las divergencias que muestra cada provincia de India, este lugar es tan diferente a lo visitado hasta ahora que la sensación es realmente de un país dentro de otro.

Los monjes visten túnicas granates lejos de las habituales anaranjadas, debaten en las tardes a golpe de palmada las enseñanzas recién aprendidas. En sus paredes aparecen fotografiados los rostros de aquellos que decidieron prender fuego a su cuerpo y su alma, reivindicando la causa de un país hecho provincia. Y descubrimos por primera vez la foto de un niño, algo sucio y con las mejillas quemadas por el helador viento de los Himalayas, que nos acompañará en el camino por largo tiempo[1].

Cubierto el cupo de cultura tibetana decidimos inspirar el aroma de las montañas, aquellas que copan el techo del mundo y se presentan con sus picos nevados cada mañana. Llegamos a Baksu, diminuto pueblo tomado y/o diseñado por/para neo-hippies que, huyendo del mundo capitalista, se han montado un  capitalismo propio cambiando las chaquetas y corbatas por pareos y pies descalzos.

A cada paso un nuevo cartel aparece ofertando cursos de meditación, reiki, yoga, tantra o similar, todos ellos ofrecidos por extranjeros que buscan aislarse del mundo, de lo material y de las modas, vistiendo todos iguales y montando su mini-negocio; con amor libre y sustancias psicotrópicas todo resulta mucho más guay, más cool, más no-somos-como-el-resto, somos mucho más auténticos, originales y geniales y yo aún me pregunto "¿qué manera de cambiar el mundo es esta?" mientras termino mi plato de momos, al son de los cánticos guturales de un japo que se presenta como maestro/músico/gurú, cuando la gente se levanta de sus cojines y comienzan a danzar estilo "contact" en un éxtasis que por poco me pongo a buscar el látigo de Indiana Jones para cubrirme el corazón.

Es importante mantener la mente abierta: cae sesión de reiki para mimetizar con el contexto.

Con los chacras resplandecientes nos lanzamos a un trekking -lo que viene a ser un paseo por la montaña de toda la vida- hasta el pico Mudassar. Ante la falta de un digno entrenamiento previo, o un gran pasado montañero, la caminata se plantea como una prueba de dolor, sufrir, resoplar y sudar, donde la cima es cada paso que antecede al siguiente. Pero el contexto es nuestro aliado y te regala cascadas de cristal que adornan el frondoso bosque, sacando la poesía de garrafón del urbanita recién llegado al campo.

Menos alaridos de los esperados nos acompañan al alcanzar la cumbre quien, a modo de agradecimiento, nos regala las vistas de un glaciar que bien mereció el esfuerzo. 

Preguntamos por unas porterías y casualidad o destino, hay campeonato nacional a la vuelta de la esquina. Equipos indios divididos por comarcas y uno de refugiados tibetanos del que nos hacemos fans incondicionales sin conocer el color de su uniforme. Solicitamos pruebas de nivel para formar parte en la contienda y jugar, pero la información que nos llega es tan confusa que valoramos como gran victoria lograr descifrar el calendario del evento.

En todo acto público asiático que quiera ser respetado, bien sea deportivo, político o lúdico-festivo, la ceremonia de inauguración es el inicio y el fin en sí mismo. Discursos interminables intercalados con bailes tradicionales que bien dan sensación de chiquilicuatre en pleno Eurovisión.

El semi-estadio luce ambiente de gala : más gente en la zona VIP que en las poco pobladas gradas. Los partidos comienzan con dos horas de retraso, el tiempo que tarda en desaparecer nuestra motivación por el evento.

Los chavales corren, luchan y hasta la tocan. El partido se presenta entretenido hasta que descubrimos que un juez de línea desconoce las reglas del juego. Pita un fuera de juego en el saque de banda y otro más en una cesión del defensa a su portero. Nadie parece protestar. Ni el público ni el delantero. Será que en India juegan con reglas NBA, y nosotros sin saberlo. 

45 minutos después estamos buscando cuatro ruedas que nos devuelvan a nuestra comunidad de la eterna felicidad, aquella que encontramos en Dharamsala, donde 80.000 refugiados tibetanos encuentran cobijo, obligado resguardo al pie de los Himalayas. Aquí asientan sus hogares temporales que duran ya sesenta años. Dudan que algún día puedan regresar, o simplemente ir, al país que un día dejó de serlo y que quizá ya nunca lo vuelva a ser.



[1] Próximamente en distrito pachanga: "Tibet: vaya tela"




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