viernes, 5 de septiembre de 2014

YO QUERÍA...


Yo…
Quería ir a Bangladés, quería contar algo de miseria, distrito, reacción y urgencia.
quería pasarlas más putas que Caín para mostrar que en realidad, lo mío, el viaje, no es ni Abel ni Abraham descabellando al hijo.
Quería bucear en el país más superpoblado del mundo, 160 millones de seres humanos en un espacio equivalente a Andalucía y Extremadura, excluyendo Gibraltar.
Quería ver si realmente los meandros del Ganges y el Brahmaputra hacen de su delta un lugar riquísimo en limo, en sedimento, en vida, vida ya agotada.
Quería llegar y escuchar la historia viva de quienes lucharon en el 46 con la liga musulmana en el “Día de Acción Directa”, los que en el 47 dijeron a Gandhi que “a chuparla” y los que en el 48 se pensaron libres sin serlo, los que vivian con su cabeza en West Pakistan y el corazón en East Pakistan, hasta que en el 71, Bangladés paso a ser libre de políticos ajenos, para pasar a ser controlado por empresas extranjeras.

Plof!!!

Quería recordar que el 24 de abril del año pasado murieron 1127 personas al derrumbarse el edificio Rana Plaza, en las afueras de Daca. foto: Pavel Rahman, Associated press.

Quería empujar a la memoria de las fallecidas, sí, plural y femenino, porque prácticamente el 90% de las esclavizadas eran mujeres.
Quería sentir lo profundo de una masacre así cuando aún quedaban 300 cadáveres sin identificar, sin familias que les llorasen, sin flores que regar.
Quería ir y confirmar que el Corte Inglés, Primark, Mango, Zara, Sears, Mark & Spencers, Benetton o GAP encargaban sus prendas a empresas establecidas en el Rana Plaza[1].
Quería averiguar qué tienen de realidad los códigos de buena conducta y buena voluntad, suscritos por las empresas tras la catástrofe.
Quería rascar por aquí por allá hasta poder encontrar alguna trazabilidad entre las tiendas de mi barrio y este dolor, aunque muchas no tengan el valor de hacer publicas sus listas de proveedores.
Quería gritar que Bangladés no es un detalle excepcional, es una pieza más, como China u Honduras, en esa greca que globaliza las ganancias, deslocalizando las responsabilidades.
Quería entrevistar a Mohammed Mosharuf Hossain, a Jim Yardley, a Aminul Isnam, de Phantom Tac, quién cosía las prendas para Mango[2].
Quería entrar en la cárcel de los presos libres, con Miguel Blesa y Pepiño Blanco, para entrevistar a Mohamed Sohel Rana y conocer cómo logro la vista gorda de los técnicos municipales encargados de aprobar la construcción.
Quería ver al admirado Mohammed Yunus, decirle que se me olvidó su libro en un taxi quiteño, y preguntarle por qué habiendo 14 federaciones de sindicatos en su país, solo hay un 1% de afiliación; quería preguntarle qué le parece la idea de someter el comercio transnacional a los Tratados Internacionales[3] para el respeto a los derechos humanos y laborales, que ya existen.
Quería conocer supervivientes y contrastar sus mínimos salarios, el acoso sufrido, la explotación de menores, el precario estado de los edificios, las nulas vacaciones, las interminables jornadas laborales, el miedo a sindicarse, la discriminación sexual, el día a día, que pese al accidente, sigue volviendo a amanecer.
Quería ver si siguen las protestas para exigir indemnizaciones, como en noviembre pasado, cuando la policía decidió reprimirlas a balas.
Quería entender como esa suma de talleres patada, decrépitos y destartalados constituyen la segunda industria textil más fuerte del planeta, generando 22.000 millones de dólares por año.

Quería saber como se reparten esos beneficios entre sus 5400 talleres de costura, sus 4 millones de trabajadoras. foto: G.S. eldiario.es)

Quería frotarme los ojos de incredulidad si realmente Inditex, tan patriota y altruista como es, delega sus compras en su filial ITX Trading, domiciliada en el fisco de Friburgo, en Suiza, el cantón con mayores rebajas fiscales de la zona.
Quería ir y evaluar el impacto de los programas de desarrollo comunitario que Inditex revela haber financiado en Bangladés.
Quería contar con los dedos y que no me saliesen las cuentas, cuando una trabajadora gana 48,50€ al mes por trabajar 28 días del alba a la luna.
Quería horrorizarme con las múltiples historias de mujeres atrapadas en el velo musulmán, en el esclavismo textil y en esa locura transitoria que son los ataques con ácido, ese ácido usado para teñir los tejidos, ese tan a mano y accesible.
Quería abrazar el trabajo de las organizaciones locales[4] que permiten a cientos de mujeres recuperar su piel tras despellejarse la vida.
Quería chequear la esperanza de los damnificados tras los compromisos y acuerdos que IndustriALL, WRC y la campaña “Ropa Limpia” han logrado arrancar a las empresas extranjeras implicadas en la cadena productiva de cada camisa o pantalón.
Quería ponerme orden en el caos mental ¿por qué Benetton ha dicho que pagará por su cuenta y no firma los compromisos comunes[5]? ¿por qué la Unión Europea, tú, yo y ellos, hemos liberado las importaciones de productos textiles de Bangladés suprimiendo cualquier tipo de arancel o cuota? ¿por qué sí se prohiben los productos birmanos debido al incumplimiento de derechos humanos por su gobierno? ¿por qué las muertes bangladesís no afectan tanto?




Quería traducir la investigación[6], donde se relata como el edifico Rana Plaza fue construido sobre un pantano, relleno con arena y basura, con cemento de mínimo coste y sin cumplir la legislación vigente. Foto: Der Spiegel.

Quería flipar al escuchar que las personas trabajando en las decenas de talleres del edifico vieron como se abrían las grietas en las paredes los días previos al derrumbe.
Quería indignarme al comprobar que los mismos capataces que conectaban el generador eléctrico que provocó las grietas con su vibración, son los mismos que obligaron a las trabajadoras a entrar al edifico la mañana del 24 de abril, pese a su resistencia por el miedo a las grietas que se multiplicaban.
Quería alegrarme la pena con la nueva ley que permite a las trabajadoras bangladesís sindicarse sin solicitar permiso al empresario, un cambio que establece la constitución de un fondo asistencial para victimas de accidentes laborales, con los beneficios generados en la asfixia del taller.
Quería llegar a Daca durante el mundial de fútbol, para comprobar la histeria colectiva de los bangladesís, que lincharon a un ministro cuando, durante el mundial de Sudáfrica en 2010, se negó a cortar el suministro eléctrico de las fábricas para que los futboxicómanos pudieran encender sus televisores.
Quería pensar que España ganaría el mundial, para al fin ver a la gente sin compromisos salir a la calle a manifestarse.
Quería que España no pasase de octavos, para que Adidas necesitase buscarse otra selección a la que vestir con ropa esclavizada.

El plan del yo quería:
Quería meter el balón entre los pasillos de las maquilas y jugar de reportero defensivo, con llegada por la banda, sin dorsal, sin tapujos, con pachanga.
Quería entrar con la cámara en el pecho, asomando su objetivo disimuladamente entre los botones de mi camisa.
Quería grabar un vídeo, cortito, 2 minutos nada más.
Quería que mi hermano HecPas entrase en el H&M de Gran Vía y grabase unas tomas comprando una camiseta de 3,99€.
El guión quería empezar hablando de las bondades del libre comercio y la deslocalización de empresas, una mina que permite a los gobiernos locales generar empleo y recaudar impuestos, que permite bajar costes y minimizar responsabilidades a las empresas multinacionales, y que desemboca en menores precios y nuevos diseños para los consumidores, “¡joder! Esta-to-guapo, santo chollo! quiero que mis hijos estudien multinacionalogía!”
Quería exponer un escenario mágico con ponys rosas que vuelan, donde todo funciona… y si algo falla, ¿quién lo querría cambiar?
Quería frenar en seco la imagen y contar brevemente cómo una camiseta hecha a 12.000 kilómetros de distancia puede costar menos que el sello para enviar una postal a la fábrica donde fue hecha.
Quería desglosar los costes de producción de una fabrica gallega y una fabrica bangladesí como las instaladas en el Rana Plaza…
y al llegar al apartado de mano de obra, frenar de nuevo en seco, hacer zoom en la mirada, y gritar que no es verdad eso de que “la mano de obra es más barata porque los salarios son más bajos porque el país es pobre y a tomar por culo la bicicleta”.
Quería soltar solo una idea: el concepto de trabajo en Galicia no es el mismo que en Bangladés, aunque se usa la misma palabra, nos estamos refiriendo a dos conceptos diferentes.
En un lugar trabajo significa contrato, salario, seguridad social, IRPF, vacaciones, “¡couf couf! hoy estoy enfermo”, mi taquilla se respeta, hay luz, casco, guantes, dignidad[7].

En el otro no.

Quería un vídeo que provocase a la gente decir: “vale, muy bien, que le jodan a H&M y así se morirán de hambre todos los trabajadores en la calle, ¿es eso lo que quieres?”

Quería poder contestar: “no, no es esa la solución, dejar de comprar no sirve y no basta, que un boicot[8] puede ayudar a que las empresas reaccionen, sí, pero que la clave es informarse del origen de nuestras cosas, y exigir a las empresas que se lucren con honestidad, que paguen impuestos e indemnizaciones, que supervisen toda la cadena de valor, que no se laven las manos Pilatos, que sean responsables de las lágrimas derramadas en cada botón”.

Quería expresar que una multi no es algo guay y exitoso, mientras seguimos quejándonos de los “putos-chinos”, que absorben nuestro pequeño comercio y se saltan el horario comercial, esos llamados parásitos currando de sol a sol; Quería ayudar a sentir la realidad, que el petróleo es de los argentinos, y no de Repsol.

Quería recordar que cientos de trabajadoras siguen en la calle, sin poder pagar médicos que atiendan sus heridas, unas discapacidades que las imposibilitan para trabajar, acabándose el único sueldo que entraba en la casa, esa casa que no tienen.
Quería hacerlo en verano, cuando empiezan las rebajas, y aprovechando que este año, al fin, se acaban los pantacas de pitillo, vuelven los rapers y las patas de elefante, quería gritar muy bajito: “¡va, compremos, que cuesta menos que protestar!”

Quería hacerlo pero…

Llegué a Calcuta, y sacado ya mi visado para Bangladés, con todo listo, documentado, tembloroso y en llamas, fui a comprar el billete de bus, al abrir las mochilas para sacar el pasaporte de Alberto, no lo encontramos, no estaba, perdido en algún lugar, me derrumbé, se jodió el plan, sentí que por algo pasaban las cosas y decidí seguir.

Yo quería contar algo de Bangladés, pero no pude, una pena, un dolor.



[1] Fuente: “War on Want”, Laia Blanch.
[2]Bangladesh rotten-mango crisis”, New York Times.
[3] Hoy por hoy las empresas producen de forma fragmentada, un hilo en cada lugar, de forma que la aplicación de la legislación nacional solo se puede hacer de forma fragmentada. Es la metáfora del buque de George Soros en Inside Job, pero en vez de con activos financieros, con responsabilidades.
[4] SODESH, SHARP, ACCA y de la Acid survivors network.
[5] La extraterritorialidad de los pecados, el viva-la-vida de las empresas, capaces de matar allá sin enfrentar responsabilidad civil o penal, por ser de acá. Fuente: “Diccionario critico de empresas multinacionales”. Juan Hernández, Erika González, Pedro Ramiro, HEGOA.
[6] Entrevista a Mainudehin Khandaker, funcionario del gobierno de Bangladés. Diario Der Spiegel.
[7] Cada vez menos, cierto.

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