viernes, 26 de septiembre de 2014

TOCAR LO INTOCABLE

Sin “chuuu, chuu…” ni maquinista con gorrilla, de nuevo nos subimos en un tren que, de tan familiar, ya merece nombre y apellido. El galimático sistema de reservas para comprar billetes de tren en India nos tira la casa por la ventana y caemos en un vagón aristocrático con aire acondicionado; la sábana sin pelos ajenos, las bandejitas con té, arroz salvaje y pollo cartilaginoso, nos provocan una sensación de jet-set que ya quisiera Gunilla Von Bismarck. Nos dirigimos a Andhra Pradesh, India profundísima, donde un par de nuevos transbordos nos soltarán en Anantapur, ciudad adoptiva del ex-jesuita y semi-santo, Vicente Ferrer.

Nuestro viva-la-vida, sospechosos malentendidos y retrasos inoportunos, nos plantan en el pueblo caída ya la media noche. Los conductores de rickshaw no dudan: “Sir! Sir! Taxi to RDT[1] office?” e insisten en llevarnos al campus de la fundación, pero nosotros fingimos no querer molestar, y acabamos en un motel que huele a cañería y cabra muerta.

Llegamos. Anantapur se presenta como un secarral, tierra áspera de arena y cal, donde solo crecen las ilusiones de sus casi 4 millones de habitantes, adoptados por el microcosmos creado por la Fundación Vicente Ferrer, en su lucha por hacer funcionar lo que antes sonaba a utopía mesiánica y hoy es realidad plausible.

Sus ojos turquesa son tan verdes, que empezar de cualquier otra forma menos ñoña sería un atraco a la verdad. Se llama Sharamila[2], musulmana suní, habla mejor castellano que Luis María Ansón, y nos acompaña entre estos pueblos camuflados del mundo.

Gritan telugu, susurran hindi y chapurrean urdu, rezan a Buda, a Brahama, a Cristo y Alá. India caleidoscopio, pillas una gema y flipas en este crisol de cultos, lenguas, etnias y tradiciones.

Campo de dálits, las parias, las nadie, personas despersonificadas por un despiadado sistema de castas[3], ilegal pero extendido. El último peldaño, el subsuelo, “no la toques que se rompe”, pero no, ellas ya están rotas, por décadas de opresión social que las aplasta, engulle y filtra sin compasión. Las intocables, no es sueño ni poesía, es triste realidad, no pueden compartir vaso, deben comer en el suelo, e incluso hay quién evita pisar su sombra para salvaguardar su pureza y dignidad.

Vicente, un flacucho de Gandía sin miramientos, puso este mundo patas arriba, rompió puertas y pasó sin llamar, pilló una batuta y tocó lo intocable, con la fuerza del violín en un verano de Vivaldi.


1 Alma rural en suelo inerte. 
“Aliméntate bien y en tu lucha vencerás”

Siete de cada diez personas en Andhra Pradesh se dedican a la agricultura. Dependen del agua y el sol para sobrevivir. Lorquiana tierra, castas en casa de Bernarda Alba y tierra yerma, ni gota, mirando al cielo los campesinos y campesinas esperan el milagro. Vicente, su mujer Anna, y su zahorí de confianza, decidieron acortar la espera.


El programa de agricultura sostenible es el eje vertebrador de todo desarrollo rural. Frente a las piedras de arenisca, embalses artificiales riegan la zona y mojan la desesperanza. Paneles solares activan bombas hidráulicas para endulzar los mangos, que este año, de nuevo, padecen raquitismo. Tanques biodigestores alimentan con gas las cocinas más humildes.


2 Salud es virtud. 
“No todas las personas son pacientes, pero todos los pacientes son personas”

“Siempre hay alguien peor que tú” frase recurrente de consuelo al inconsolable. Trazando un hoyo de tristezas que profundiza en las miserias de lo humano, muy cerquita del fondo, encontramos a los niños y niñas con discapacidad en un lugar empobrecido. Los inexistentes de entre los indefensos, atendidos hoy en estos centros residenciales, donde entre coloridos murales admiramos un inmenso trabajo creador de sonrisas, carcajadas, lágrimas y sollozos. Gimnasia, pintura, música y deporte, terapias dando autonomía y oportunidades académicas a quienes les fueron negadas.


3 Las Mujeres Poolan Devi[4]
“Mientras aquí mueren de hambre, allá mueren de anorexia”

Anapurna, la diosa de la comida, es mujer y es dálit. Nació en un lugar donde estos dos factores condenan su vida a la marginación y la pobreza. Analfabeta, dependientes de su concertado marido siendo aún adolescente, condenada a pagar la deuda para cubrir la inevitable dote, su futuro no alcanza miras más altas que el plato en la mesa cada mañana.

Anapurna es miembra[5] de un shangam –un grupo de mujeres organizadas- dónde recibió formación como costurera junto a otras diez compañeras; ahora goza del primer microcrédito para comprar una máquina de coser y comenzar su pequeño negocio. Ya no se arruga, sube la frente y tensa mentón. Su empoderamiento cambia el futuro, “nada de casarse antes de los 18”, ahora sus hijas estudian enfermería y magisterio; también ellas son dálit y mujer, pero en su vida se asomó la esperanza y la agarraron con fuerza.


4 PAHG (Plataforma de las Afectadas por la Hipoteca Genética)
Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure la vivienda” 
Art. 25.1 Declaración Universal de los Derechos Humanos

Los hombres espían tras los barrotes de las ventanas “joder ya están aquí otra vez esas lunáticas por la igualdad”. Escuchamos sus historias, llenas de verdad.

El derecho a una vivienda digna resuena a leyenda urbana a los oídos de cualquier lector, en eso la Ley de Suelo contribuyó a sentirnos un poco mujer dálit, quienes hasta hace poco tenían  vetado todo derecho a la propiedad.

Ratnama significa diamante. Ella pasaba por la vida en cuclillas. “no des de mamar a tus hijos, que perderás las belleza” la decían mientras planificaba huir a la ciudad. Ahora posee una vivienda, un título de propiedad a su nombre, “¿y quién repudia ahora?”, preguntan el techo de uralita, el suelo de autoestima y las paredes de dignidad.

“Va ¡dale! “¿qué? ¿aquí?” “claro, levanta!”, no hay tragedia sin comunes, ni distrito sin pachanga. Hacemos equipo, la tropa de la fundación y otros despistados, vamos todos juntos, con fuerza, como los trabajadores de Panrico. Porterías de-aquella-manera con tubos de PVC tirados en la obra de al lado. 4 pa 4, el termómetro marca 41º grados, ¿es él, o soy yo el estropeado?

Poca virguería, intentos vanos de tuya-mía, y una roída pasarela de cemento que divide los campos, que rompe el flow cuando casi se alcanza, llama al fontanero, que desatasque estos poros, sudor y polvo, risas y rondos. El empate nos lleva a la tanda de penaltis y su lotería, donde baja tanto la calidad, que al escribirlo en mi cuaderno cometo faltas de ortografía.

Unos lo criticaron y otros lo criticarán, “este proyecto es artificial e insostenible, no hay dios que se lo traspase al gobierno local, es una relevación de las competencias públicas, es pan para hoy y hambre para…” ¿para mañana? Todo es cuestionable, como también Vicente y Anna debieron preguntarse en su día “¿y si no nosotros, entonces quién?

Este artículo no es un panfleto ni es marketing publicitario, esto es distritopachanga en Annantapur, donde un sueño se convierte en un quehacer diario.





[1] Rural Development Trust, nombre originalmente registrado por Vicente y Anna Ferrer y comúnmente usado a nivel local.
[2] Gracias gordas a la peña de RDT, Sashi, Marivi, Nina, África, la cantina crew, Ali-ausente, Rosana, Montse, todos y todas, haciendo suave lo áspero.
[3] Varna se refiere a la creencia de que muchos humanos fueron creados a partir de diferentes partes del cuerpo de la divinidad Púrusha, y la parte de la que cada varna fue creada define el estatus social de una persona, por ejemplo con quién puede casarse o qué profesiones puede desempeñar.
[4] Política india que alcanzó un sitio en el Parlamento, aunque inició su carrera como una especie de figura Robin Hood que robaba a los de castas altas para dárselo a los de castas bajas. Fue secuestrada y violada repetidas veces por hombres al mando del terrateniente local y posteriormente se vengó matando a muchos de sus violadores. Murió asesinada cuando era todavía congresista.
[5] Distritopachanga tampoco esta en el diccionario, seguimos esperando.







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